Caperucita Roja trabajaba en una multinacional bajo las órdenes de Fabiola Gris, una jefe de recursos humanos lesbiana que llamaba Roja a Caperucita, no porque la secretaria cultivara ideas progresistas, sino porque se le había entregado con desenfreno con apenas una breve insinuación.

Un día, Fabiola Gris llamó a Caperucita y le dijo:
-Lleva estos papeles a Helena Fucsia, la pobre Helena está muy deprimida por aquel asunto amoroso que sabemos y yo estoy haciendo parte de su trabajo para que no pierda el empleo. Eso sí, llévalos discretamente y no dejes que los vea nadie, para que no vaya a correr el rumor de que Helena no está cumpliendo con sus deberes profesionales.
Caperucita guardó los papeles en una discreta carpeta, se asomó a la puerta de la oficina, revisó que no hubiera nadie sospechoso en los pasillos del edificio y, al ver despejado el camino, salió a entregar los documentos. Iba disimulando, mirando hacia el suelo para no caer en la tentación de hablar con alguien y contar lo que le estaba pasando a Helena cuando, unos metros antes de la oficina a la que se dirigía, se atravesó a su paso el Alonso Verde, el presidente de la compañía.
-Caperucita, preciosa, ¿para dónde vas tan decidida y afanada?
-Al baño -mintió Caperucita.
-Pues has equivocado la ruta, los baños quedan en la otra ala del edificio -dijo muy amable Alonso Verde.
-Huy, qué despistada estoy hoy -dijo Caperucita.
-¿Qué llevas en esa carpeta? -preguntó de nuevo Verde.
-Nada, las fotocopias de una novela que me quiero leer...
-¿Una novela erótica? -sonrió Verde.
-No, señor, ¿cómo se le ocurre? -contestó Caperucita.
-Se me ocurre -murmuró Verde y arrinconó a Caperucita contra la pared.
-Si me dejas leer esa novela, tal vez... -insinuó Verde.
-Tal vez... ¿qué? -empezó a coquetear como siempre, Caperucita.
-Tal vez te ganes un ascenso -dijo Verde y puso una mano en la estrecha cintura de Caperucita.
-¿Un ascenso?
-Sí, un ascensito -insistió Verde y su mano abandonó la cintura de Caperucita y empezó a rozar los senos de la secretaria.
-No, no, no -susurró Caperucita con voz entrecortada.
-¿No quieres un ascenso? -preguntó, insinuante, Verde.
-Un ascenso sí, pero...
-Pero, ¿qué? -insistió Verde.
-Pero no quiero ganármelo en este corredor -sonrió Caperucita.
-Tienes razón, este es un lugar muy peligroso para resolver asuntos de trabajo -afirmó Verde.
-Exacto -dijo Caperucita.
-Hagamos una cosa, déjame leer al menos una parte de esa novela y la comentamos dentro de un rato en mi oficina -sugirió muy entusiasmado Verde.
Caperucita estuvo tentada de entregar los documentos a Verde, pero le ganó el miedo que tenía a las pataletas de Fabiola Gris.
-No, pídame lo que quiera, menos esta carpeta -dijo aún más coqueta Caperucita.
-Okey -dijo, muy comprensivo, Verde-, olvidemos ese aburrido libro y mejor ve a mi oficina y dile a mi secretaria que aplace las citas que tengo, quiero dedicarte la tarde entera.
Caperucita miró los ojos insaciables del presidente de la compañía y dudó en confirmar la cita pero, inmediatamente, recordó a varias de las secretarias que habían ascendido de la misma manera y pensó que mientras Verde no descubriera los documentos de la carpeta no estaba haciendo nada malo.
Animada, Caperucita pensó que era su día de suerte y corrió a trasmitir a la secretaria la orden que le enviaba el presidente de la empresa. Mientras tanto, Verde, que sospechaba que lo que tenía Caperucita no era ninguna novela, sino las pruebas que necesitaba para despedir a Gris y a Fucsia, dos mujeres que le disputaban poder dentro de la multinacional, corrió a la oficina de Helena Fucsia y, antes de que ella pudiera decir algo, le ordenó que se tomara la tarde libre.
Helena, que estaba deprimida por un amorío que había tenido con el mismo Verde, salió despavorida del lugar.
Cinco minutos después, llegó Caperucita.
-¿Quién es? -preguntó una voz dentro de la oficina de Helena Fucsia.
-Ábreme, Helena, tengo que entregarte un encargo de la señora Fabiola.
-Empuja, no puedo ni moverme de la depresión que tengo -contestó la voz.
Caperucita entró, vio a Helena y dijo:
-Huy, Helenita, qué ojeras tan tenaces tienes.
-Es de tanto llorar -contestó Verde.
-Huy, Helenita, qué pelo más despeinado y descolorido tienes.
-Es que la ansiedad no me deja ni ir al salón de belleza -dijo Verde.
-Huy, Helena, qué manos más desarregladas tienes -insistió Caperucita.
-Es para coger las carpetas mejor -dijo Verde y de un manotazo agarró los documentos que llevaba Caperucita.
El movimiento fue tan rápido, que el improvisado disfraz que tenía encima Verde se deshizo y Caperucita descubrió que había sido engañada por el maquiavélico presidente de la compañía.
-Ay, doctor, usted no puede ver esos papeles -gimió asustada Caperucita.
-Yo puedo verlo todo -sonrió triunfante Verde mientras revisaba los documentos.
-Y, ¿ahora qué va a pasar? -preguntó muy nerviosa Caperucita.
-Lo que tenía que pasar -dijo Verde, salió de detrás del escritorio y empezó a besar a Caperucita.

Al comienzo, Caperucita se opuso a las caricias de Verde, pero alcanzó a comprender que debía ser complaciente, no solo porque aún quería el ascenso sino porque, con la carpeta en manos de Verde, corría incluso el riesgo de perder el empleo.
Caperucita se relajó, ayudó a Verde a quitarle la ropa y usó toda su sapiencia amorosa para pasar un buen rato. Verde también puso de su parte y ambos fueron tan hábiles que quedaron satisfechos y remataron el polvo con un abrazo que, rápidamente, se convirtió en un profundo y tierno sueño.
Dormían como angelitos, cuando entró a la oficina Ramiro Negro, un mensajero que siempre había sido aliado de la senadora Gris en la empresa y que, además, vivía enamorado de Caperucita. Al ver a la pareja semidesnuda sobre la alfombra, Ramiro, indignado y muerto de celos, sacó una cámara desechable de fotos que acababa de comprar por encargo de otro ejecutivo de la multinacional y empezó a disparar el obturador de manera frenética.
-¡Por fin te pillé, viejo bribón!, ya no podrás seguir acostándote y haciendo sufrir a todas las mujeres de esta empresa y, mucho menos, convirtiendo en cornudos a nosotros, los pobres y humildes trabajadores -gritaba feliz el mensajero cada vez que la cámara hacía clic.
Fue tanto el ruido que hizo Ramiro Negro, que la mayoría de empleados corrió a ver qué estaba pasando en la oficina de Helena Fucsia y todos terminaron por ser testigos de la torpeza con que se vestía Caperucita y del afán con el que Verde se subía los pantalones.

Al final, y ante la magnitud del escándalo, Alonso Verde fue despedido, Fabiola Gris fue ascendida a presidente de la multinacional, Helena Fucsia fue nombrada vicepresidente y Caperucita se quedó sin trabajo. Sin embargo, no todo fueron tristezas para la promiscua Caperucita; con algo de paciencia y maña, consiguió convertirse en amante oficial de Verde y disfrutó hasta el final de sus días de la jugosa indemnización que este cobró antes de abandonar la empresa.

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