Todo lo que rodeó a esa selección de El Salvador en el Mundial 82 fue poco serio. Los dirigentes de la asociación se preocupaban por el dinero que podía ingresar antes que por el equipo. La prensa salvadoreña escribía que podíamos ser campeones del mundo y la gente se lo creyó. Viajamos a España cuatro días antes del comienzo de la competencia en un vuelo que hizo escala en Guatemala —donde dormimos—, Panamá, Santo Domingo y de ahí a Madrid.  Estuvimos en el aire dos días completos y llegamos a Alicante (la sede del grupo)  liquidados físicamente y con el desfase del reloj biológico de nueve horas adelante que tenía Europa. La noche previa al debut no podíamos pegar los ojos y al mediodía siguiente nos estábamos cayendo del sueño.

De Hungría, nuestro primer rival, no conocíamos nada. Pero lo peor de todo fue la táctica que propuso nuestro técnico  Mauricio Rodríguez. Salimos a atacar a los reyes del contraataque, a una selección que venía de ganarle a España y a Alemania en los amistosos previos. Claro, en el primer tiempo ya perdíamos 3 a 0, ¡y yo en el arco! Nosotros creíamos que estábamos jugando bien y no nos dábamos cuenta de que Hungría nos regalaba el balón para que fuéramos al frente  y aprovechaba cada espacio que le concedíamos para masacrarnos con el contragolpe. Nuestra ingenuidad era tan grande que durante el descanso el entrenador nos dijo que había que anotar un gol lo más rápido posible para retomar el partido y yo estaba con esa ilusión. Pero en los primeros diez minutos del complemento la cosa se puso 5 a 0.

En ese momento, seis minutos del segundo tiempo, desde el banco de suplentes me informaron que me iban a cambiar. Yo estaba sorprendido por la decisión, pero tranquilo, porque no me sentía responsable de la goleada. Pero el cambio nunca se realizó. Después supe que el arquero suplente, Julio Hernández, se negó a reemplazarme por temor al ridículo. Cuando mi compañero Luis Ramírez convirtió el 1-5, pensé que todavía podíamos empatar. Yo era un muchacho de 17 años, el arquero más joven que participaba en una copa del mundo con un  entusiasmo y una ilusión enormes de clasificar a la siguiente ronda. No tenía  dimensión exacta de lo que estaba sucediendo dentro del campo.

 El sexto gol fue el más doloroso para mí, porque fue el único en el que tuve toda la responsabilidad. Lazar Szentes envió un centro y cuando salí a buscar el balón choqué con un compañero y el rebote le cayó de nuevo al húngaro, que convirtió con el arco vacío. A partir de ese momento todo se fue desdibujando, ya no veíamos perspectiva, no tenía  protección y los húngaros llegaban a mansalva, con holgura, con tiempo para  fusilarme. Después entró un delantero, Kiss, que me hizo tres goles en cinco minutos. A esa altura del partido, el apoyo inicial  que nos dábamos entre los compañeros se había transformado en insultos y reclamos. Pero los reproches no eran para mí sino que se cruzaban entre todos. El equipo estaba descontrolado y nervioso. Pero el detalle que más recuerdo es que los jugadores con más experiencia del plantel se quedaron callados  en el momento más difícil, cuando perdíamos 10 a 1. Ellos eran los líderes, sus palabras eran órdenes,  y cuando más los necesitábamos nos quedamos sin brújula. Me parece que ellos fueron los primeros que se dieron cuenta de que habíamos entrado en la historia de los mundiales, pero de la peor manera.

Lo que me dolió fue la reacción de todo el país a nuestro regreso. En las eliminatorias yo recibí un solo gol y mi actuación fue la matriz del pasaje a España. Después de los diez goles, me convertí en el enemigo público número uno y en el peor arquero de la historia de El Salvador.

Con el tiempo, el aficionado se dio cuenta de que yo no fui el único culpable de semejante catástrofe. Mi carrera se extendió durante veinte años y soy uno de los jugadores que más partidos disputaron con la selección.

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