Nos tenían miedo. No querían que Chile fuera al Mundial de Italia. Nosotros sentíamos que estaba todo en contra nuestra en esa eliminatoria. La FIFA nos había suspendido el estadio Nacional por incidentes en el encuentro de ida con Brasil, los árbitros pitaban cosas extrañas y nos expulsaban jugadores claves. En esos momentos (septiembre de 1989), yo jugaba en el São Paulo y notaba un ambiente muy agresivo hacia nosotros antes del partido decisivo contra los brasileños. Si ganábamos en el Maracaná clasificábamos, cualquier otro resultado nos eliminaba.
Por eso, unos días antes de ese juego hablé con Fernando Astengo, zaguero de esa selección chilena y que estaba en Gremio de Porto Alegre. Ambos sabíamos que de ninguna manera Brasil nos iba a dejar ganar ese partido. Nosotros no podíamos quedarnos quietos sin hacer nada ante tanta injusticia. Acordamos que a la primera de cambio, a la primera cosa rara que pasara en el partido, nos retirábamos. Si le pasaba algo a él, yo retiraba al equipo y si me pasaba algo a mí, lo retiraba él. Lo único que yo quería era clasificar a Chile al Mundial de cualquier manera: por las buenas o por las malas y como las cosas por las buenas no estaban caminando. Ahí el hombre comete los mayores errores, cuando busca un objetivo de forma afanada, muy impetuosa y se complica la vida.
Ese día (3 de septiembre de 1989), dos horas antes del partido, el kinesiólogo del plantel, que ya sabía del pacto con Astengo, me alcanzó un bisturí en el vestuario, forrado con tela adhesiva y yo lo escondí en mi guante de arquero.
Cuando faltaban 20 minutos para terminar el partido y Brasil ganaba 1 a 0 pensé que era el momento de actuar. Taffarel sacó largo desde su arco y yo sentí que una bengala había caído cerca de mí. Ahí mismo me desvanecí y me corté el sector izquierdo de la cara con el bisturí. Recuerdo que Astengo me dijo: "Échate para atrás porque te va a caer en el ojo". El árbitro argentino Loustau se acercó a ver qué pasaba, pero los médicos me llevaron de inmediato al vestuario, donde se desató el caos. Yo escuchaba gritos, discusiones entre dirigentes y compañeros, insultos de los hinchas brasileños. El ambiente estaba tan caldeado que nos demoramos cuatro horas para salir hacia el hotel.
Mientras estaba tirado en una camilla con la cara ensangrentada, Astengo me sacó los guantes con el bisturí y se los dio al utilero, que los retuvo quince días en su casa. Apenas una semana después, y debido a una secuencia de fotos que tomó un fotógrafo argentino de la revista El Gráfico, se comprobó la farsa. La FIFA me suspendió de por vida y la Selección de Chile quedó afuera, no solo del Mundial de Italia, sino también del de Estados Unidos 94.
Yo me guardé la mentira durante ocho meses, pero a la larga tuve que admitir todo, porque cuando uno tiene conciencia, la mente se vuelve inmanejable. Si yo no fuera un hombre de conciencia, estaría ahora viviendo como Pinochet u otros personajes que cometen atrocidades y nunca lo han asumido públicamente. Yo tuve el coraje de hacerlo, sobre todo pensando en mis hijos, Paulo César y Paz Belén. Si no hubiese aclarado el tema, ellos me podrían decir a mí: "Sabes, papá, vete a la punta del cerro y no me vengas a exigir buen comportamiento, que tu cometiste ese error y no lo asumiste".
Cuando confesé todo, me di cuenta de que es bueno tener detractores, porque eso hace que te superes. Los incondicionales fueron el pueblo futbolero que entendió que lo que hice fue solamente para intentar beneficiar a mi país. Los que te juzgan y critican son los que no entienden si al fútbol se juega con una pelota redonda o cuadrada. Esas personas (periodistas, políticos, etc.) se pusieron a hablar de falso moralismo cuando ellos son los peores. Entonces lo que hice fue hacerme fuerte y sacar lo mejor de todo eso para mi vida. Busqué la reivindicación, primero con mi esposa, María de los Ángeles, luego con mi familia y amigos y por último con la sociedad.
Un error, por más grave que haya sido, no puede hundir tu vida para siempre. Me costó cuatro años recuperarme de eso, pero gracias a Telé Santana pude volver a trabajar en el São Paulo como entrenador de arqueros y luego llegué a dirigir el equipo de primera división.
Este triste capítulo de mi carrera se cerró definitivamente en la despedida de Zamorano hace tres años. En ese partido jugaron Ronaldo, Gamarra, Zanetti y otras figuras internacionales. Cuando entré a la cancha para atajar en el equipo de Iván, el estadio se vino abajo. La verdad es que no esperaba esa reacción del hincha chileno y lo tomé como un reconocimiento a las cosas positivas que dejé como jugador, como una prueba de que el tiempo ha ido cambiando las cosas y la gente fue entendiendo que el error fue enorme, que ya lo pagué y que ahora estoy en otra etapa.

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