Martirio tiene el irresistible encanto de rodearse de productores y músicos que la socorren en la tarea de acercar el repertorio popular de estas tierras americanas a los sabores del jazz. Lo ha vuelto a hacer, ahora con la producción de Nat Chediak y la mano ejecutiva del director Fernando Trueba. Martirio es hoy bolero, pero no bolero "lugar común", sino colección de piezas que Chediak describe, en su mayoría, como correspondientes a la segunda y tercera generación del bolero (comienzos de los años cuarenta y bohemia "filinera" de los cincuenta). Martirio sin Manzanero, Martirio sin Somos novios, Martirio sin madrigales, Martirio sin Los Panchos y Martirio sin todos esos lugares comunes que amamos y respetamos, pero de los que estamos invadidos en docenas y docenas de álbumes homenaje al género del amor.

"El bolero tiene para mí —dice Martirio— una calidad de gran valor terapéutico. Es como un espejo que refleja, a veces con precisión de dardo, tus más íntimos sentimientos, y que acompaña, consuela o calienta el corazón". Dice bien y canta bien.

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