Todos somos Calamaro, o, por lo menos, todos queremos ser Calamaro. Y cantarle al fútbol y escribir cien canciones de una sentada, y tener esa voz afinada entre noches de humo. Todos queremos ser Calamaro, porque ya no necesita nombre para ser; le basta el apellido y lo que lleva en la cabeza. Todos queremos, como Calamaro, que nos amen por vivir haciendo lo que nos da la gana, bajo nuestras propias reglas... reglas de conducta y de métrica. Y que cuando esperen de nosotros un disco con música que fustigue a la beautiful people y repleto de nuevas alabanzas a Diego Armando-y-fumando Maradona, publiquemos El cantante, una colección de piezas no-nosotros, con asomos de tango, música de Gardel y Lepera, boleros originales de Novarro (cuidadosamente desluismiguelizados), historias de arrieros soñadas por Yupanqui y algo de Lavoe firmado por Blades. Lo haríamos tocando nosotros la guitarra y los teclados, y supliríamos nuestras carencias instrumentales invitando a amigos como el guitarrista Niño Josele o el acordeonista Javier Colina. Tendríamos tanta tranquilidad de alma con este disco, que si no se vendiera y no se peleara con los de Vives y Juanes en las listas de Billboard, no nos trasnocharíamos. A menos que estuviéramos en vela tomándonos unos tragos con los músicos que van a acompañarnos a grabar el próximo álbum. Otro disco para nosotros, y para quienes entienden cómo somos. Esa gente que nos para en la calle para decirnos: "Oye, Andrelo, tú estás hecho: siempre con hembras y en fiestas".
El cantante
ANDRÉS CALAMARO
K DISCOS/WEA

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