Aceptado. Los rockeros envejecen. McCartney oculta con un chaleco las redondeces abdominales, la cara de Jagger no aguanta un trasnocho más, Bowie está a punto de convertirse en Peter O'Toole y Collins no tiene un pelo que perder. Los rockeros envejecen. Lo que no envejece son sus álbumes, que están allí, gritándonos desde la repisa de la fonoteca, que el tiempo no les pasa; que no se arrugan, ni acumulan grasa, ni dejan la juventud enredada en la peinilla. Todo lo contrario: cada tanto salen de la cámara hiperbárica con las pieles remasterizadas, remezcladas, redigitalizadas? ¡desvinilizadas! Vale. Sobre todo si los tratamientos de rejuvenecimiento son tan confiables como el que un grupo de ingenieros acaba de hacerle a The dark side of the moon.

El álbum envejece en reversa: cumple 30 años pero parece de 15. Los fanáticos de Pink Floyd dirán que no es tan comercialmente explosivo como The Wall, algo menos arriesgado que Meddle, no del todo cercano al carácter melódico de Wish you were here y menos significativo que The piper at the gates of dawn. Cuestión de óptica? ¿o de acústica?

El 'nuevo' Dark, dependiendo del equipo en que se escuche, ofrece atractivas mezclas compatibles con los sistemas SACD (super audio CD) y 5.1 surround. Habrá quien diga que prefiere el vinilo original, y que el trabajo de los ingenieros no pasa de ser un proyecto comercial con visos de sacrilegio. Y habrá quien, con sana indulgencia, lo entienda como una decorosa edición de aniversario que atraerá la atención de millones de personas sobre el sonido de Pink Floyd. Un desembrutecedor único. Un Diablo Rojo para oídos taponados de pop barato.

Quienes no lo conozcan, o solo hayan oído alguna de sus piezas (quizás Money) usada como cortinilla de programa de televisión sin presupuesto, deberán aprovechar la oportunidad de acercarse a este nada oscuro Dark, aunque sea solo por la curiosidad enfermiza de saber por qué diablos (¿rojos?) un álbum logra mantenerse casi 600 semanas en listas Billboard.

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