Los ortodoxos de la música recomiendan llamar las cosas por su nombre, y por eso aconsejan que no se dude un instante en señalar a Doctor Krápula como un grupo de ska. Con tan exótica etiqueta los padres del Pibe de mi barrio se han abierto espacio, primero, en la escena bogotana y, ahora, en un país que no está como para sentarse a discutir si son los abanderados del ska o de qué.

Conviene mejor aceptarlos como rockeros, porque se nota en lo que escriben y en lo que cantan que están en este negocio precisamente para no entenderlo como un negocio. Entienden y nos presentan a Colombia como un diario hervidero de dolores, pasiones, temores, malquerencias y sinsabores. Cantan lo que ven, pero —y ahí parte del encanto— lo envuelven en un finísimo humor propio de mentes superiores. Por eso llaman a este disco que gira alrededor de la incredulidad Sagrado corazón, por eso exponen en una canción las similitudes que ven entre el hombre despechado y el ilegal indocumentado, por eso escogen las palabras bam bam para que en ellas descanse todo aquello que nos aterra, nos arrincona, nos asquea y nos amenaza.

Humor por la gracia, humor por la buena disposición para hacer música que algo dice, humor por la agudeza de sus letras… Son humoristas en todo el sentido que puede admitir la Real Academia de la Lengua. Y de la lengua viven, tratando siempre de que las ideas no se les diluyan en el sonsonete y comprometidos en que todo lo que nos revuelve las entrañas a los colombianos no se quede sin ser contado… o, al menos, cantado.

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