No sé por qué extraña deformación, quizás originada en las páginas de Dickens o enquistada en las novelas costumbristas del tipo de Tomás Carrasquilla, hacer una entrevista a un profesor del colegio supone que quien la realiza va irremediablemente a encontrar a una persona encorvada por el peso de los años sumida en la banca de algún inquilinato de tierra caliente, compartiendo una alcoba de cuatro metros cuadrados con tres colegas de similar condición, todos ellos tocados ya por la amnesia, la alopecia o la afasia, y que, por último, esa persona a la que se le va a pedir que por media hora se ponga de acuerdo con sus recuerdos, va a sacar de un bolsillo una foto y, señalando temblorosamente con el dedo, nos mostrará el lugar que ocupaba en la celebración de las bodas de oro del plantel.
Nada de eso pasó cuando por fin pude encontrar a la profesora que más quise del colegio: actriz de renombre, docente en activo, intacta en su belleza expresiva y en pleno ejercicio de sus poderes. Y como si fuera poco, feliz habitante del apartamento más hermoso de Teusaquillo, rodeado por decenas de plantas que parecen ser tratadas con el mismo esmero que les prodigaba a sus alumnos. Al verla veinte años después, me volvió a sorprender su amplia sonrisa repleta de dientes, al decir del historiador Estrabón, sus grandes ojos fijos, al decir del centenario Neruda, sus cejas pobladas como un par de cuervos negros -frase con atribución pendiente- y, sobre todo, el inalterable brillo de nácar de sus orejas.
Espero que esta última comparación de poeta modernista no sea disonante o parezca decadente. Por el contrario, es absolutamente necesaria ya que gracias a Rubén Darío descubrimos, de un día para otro, la grandeza insuperable de la literatura. Pero no vayan a creer que nos quedamos contando cisnes de encorvado cuello al paso de los tristes y errantes soñadores. Con Carlota y Rubén empezó todo.
Pero vamos por partes. Como si estuviéramos en clase de teología, partamos de una verdad irrefutable: un buen profesor nunca se olvida. Y si este profesor resulta ser profesora de literatura y si ostenta un nombre de resonancia germánica, y si además el alumno estudia en una especie de reformatorio bilingüe y vagamente militaroide donde las matemáticas priman sobre las demás materias, las cosas están dadas para que suceda el milagro.
Y el milagro sucedió gracias a la aparición en quinto de bachillerato de Carlota Llano, una caleña egresada del colegio Belalcázar -"Tensión y ritmo", como rezaba su máxima, la cual parece más adecuada a una escuela de equitación que a la de un colegio de señoritas del occidente colombiano-. La vimos llegar un buen día caminando por los potreros del colegio cubiertos de niebla y de boñiga, y también un buen día nos cambió la vida para siempre. Lo que nunca supimos es que estaba recién casada con Jorge Plata, actor del Teatro Libre, que quiso estudiar medicina para ayudar a la humanidad doliente y que se envolvía en trapos de variados colores para engañarnos acerca de su verdadera edad, dato que, de haberlo sabido, habría provocado un motín: si pasaba de los veinte años estoy exagerando. De manera que en medio de un sadismo exacerbado por parte del cuerpo docente, su sola clase de literatura fue como una especie de tabla de salvación, tabla que nos sirvió para soportar el paso de las semanas, las cuales, para nuestro suplicio, se prolongaban hasta la una de la tarde de todos los sábados de nuestra infancia y desabrida adolescencia. Por eso verla los lunes, miércoles y viernes eran motivo suficiente como para llegar a creer que la vida valía la pena.
Las clases empezaban desde los escalones de piedra donde Carlota arrojaba la colilla de su Pielroja entre las matas y se prolongaban 45 minutos después en el mismo lugar donde, con gesto furibundo, encendía su cigarrillo con esos fósforos que nunca pierden la cabeza, haciendo un hueco en sus manos como si describieran un nido, un nido iluminado, y frunciendo el ceño -"este par de arrugas que tengo en la frente me las gané por poner cara de grande", según me acaba de confesar- aguantaba con suma cordialidad nuestra andanada de preguntas que iban desde la cuaderna vía de El libro del buen amor hasta el narrador omnisciente en los cuentos de García Márquez.
Todavía recuerdo el análisis de la teoría del cuento de Poe y de Cortázar, la teoría del iceberg de Hemingway, las inolvidables lecturas de Emma Zunz de Borges, de los cuentos de El llano en llamas de Rulfo, de El almohadón de plumas de Quiroga -el que se atreviera a toser se ganaba un puñetazo-, las luciérnagas fantásticas del Nocturno de Silva y la lluvia cayendo sobre los tejados de zinc del Nocturno de Mutis, y un larguísimo etcétera que no hicieron más que poner las bases para lo que vendría después.
Pero con ella no todo era literatura. Era la mejor clase en el mejor momento, en medio de ese magma espeso que es la adolescencia, y más en el altiplano cundiboyacense de finales de los años setenta. Yo tendría 16 ó 17 años cuando Carlota, con ese nombre que parece ya de por sí un aumentativo, a su vez nos aumentó nuestro parco horizonte estudiantil, reducido a comentar la carnicería que se repetía en los informes mensuales de nuestras calificaciones. Muchos fuimos los que caímos felizmente en sus redes. Hasta el sol de hoy. Y muchos fuimos los que nos dejamos llevar por el huracán apasionado de su voz, por su entrega incondicional, como se comprueba en la gran cantidad de participantes que aparecieron en las dos publicaciones que por primera vez salieron en el colegio: Escrito con tiza y Verso, prosa y juventud.
En ellas sobrevive contra nuestra voluntad un buen número de textos firmados por personas que darían lo que fuera -incluyéndome a mí- por borrarlos de la faz del planeta. En las páginas de Escrito con tiza, el mejor nombre jamás inventado para una publicación colegial de carácter literario, publiqué mi primer poema -¡horror!-, Mario Mendoza su primer cuento -uno muy en su estilo titulado Pesadilla-, Mauricio Vargas hizo lo propio y se despachó con tremendo soneto -Llegaste como el mar a mí, triste de espuma- junto con un cuento llamado Adagio con trascendental cita de Nietszche y muchas otras personalidades que hoy en día son beneméritos abogados, lúbricos doctores de cirugía estética, sin menospreciar a aquellos insignes propietarios de talleres de latonería o dueños de misceláneas. Carlota guarda ese par de tesoros con el fervor de una octogenaria, y los muestra a los interesados haciendo guardar la debida distancia, temiendo que sus incunables publicaciones puedan sufrir algún tipo de embate alevoso por parte de los avergonzados publicandos.
Era tal la capacidad que tenía Carlota por trasmitirnos todo lo que sabía y tal nuestra devoción por lo que decía que aun hasta el más reacio -o arrecio- a las finas letras acabó escribiendo en Escrito con tiza o en la posterior, Verso, prosa y juventud, título este sí lamentable pues parece el más adecuado para el órgano de difusión de la falange franquista o el cuadernillo literario de asociaciones como Tierra, Patria y Potestad. Su vitalidad era absorbida por todos los alumnos que creímos que nuestra verdadera vocación no podía ser otra que empuñar la pluma contra viento y marea. Tanto es así que un alumno suyo, Jaime Esper, quien escribía poemas empleando recurrentes figuras de carácter galáctico, es hoy en día un destacado ingeniero de la NASA. Como se puede ver, cada uno ha ido cumpliendo su destino poético.
Pero no vayan a creer que todo era dulzura. Sus regaños también eran toda una lección de retórica. Como entonces preparaba su papel en El Rey Lear, al detectar cualquier signo de insurrección en su clase, ahuecaba un poco más la voz y con el dedo señalando a los impostores empezaba una feroz retahíla que cortaba la respiración: "Cote y Baraya, par de sanguijuelas del peor lodazal, suturen sus deformes gargantas y amarren la torpe lombriz de sus lenguas antes de que mi vara mortífera haga brotar sangre de sus cráneos execrables". Ante esa diatriba de odio contra un par de alumnos sentados cualquiera permanecía en silencio.
Por lo general sus clases empezaban con el ya clásico "Buenos días, muchachos", pronunciado con un ligero acento paisa que no sé de dónde lo sacaría. Y terminaban con el también ya inolvidable "Muchachos, tres cosas para el viernes...". Hasta tal punto llegaba la fascinación de sus 'muchachos' que varias veces fuimos a verla pisar, no las tablas endebles de nuestro salón, ni las odiosas tablas de multiplicar, sino las ilustres tablas del Teatro Libre de Bogotá. Primero en El Rey Lear, en el papel de Regania, y luego en el de Cordelia, como después en La agonía del difunto y posteriormente en Los andariegos. Sus hinchas salíamos orgullosos como pavos indultados en Navidad a coger la buseta en la Caracas con 63. Y ya que no hablamos del drama en general, sino de dramaturgia en particular, Carlota recuerda con la cara iluminada de alegría las obras que ayudó a montar: La tinaja, de Pirandello, y el Retablo de las maravillas, de Cervantes, entre otras, de manera que el que no se atrevía a escribir un soneto tenía que actuar a como diera lugar en alguna de las obras, so pena de recitar delante de todo el colegio Los camellos de Valencia.
Lo reverencial y un poco pestilente a naftalina que puede parecer este tipo de encuentros maestra/alumno quedó suprimido desde el primer momento en que entré a su apartamento al comprobar que, paradójicamente pasados los años, el alumno parece más viejo que la maestra, ya que mientras al primero le salen canas a borbotones, la segunda sigue teniendo unas manos prodigiosas que con esas falanges tan bien marcadas enumeraban las sílabas golpeándolas contra la madera de los pupitres. Al ritmo de sus dedos, contar las catorce sílabas del alejandrino y festejar la justicia perfecta del endecasílabo en algún soneto de Quevedo -"polvo serán, mas polvo enamorado"- era toda una fiesta.
Gracias a mis dudosas habilidades académicas fui uno de los alumnos que prolongaron su estadía en el colegio por varios años más, haciendo un sonoro doblete en quinto para rematar posteriormente con un exitoso triplete en sexto de bachillerato, con lo cual casi me tienen que sacar en silla de ruedas y con respirador artificial. Últimamente he llegado a pensar que semejante récord con el que casi me gano el galardón al alumno vitalicio, lo hice a propósito para no perderme ninguna de sus clases.
Viéndola ahora reírse a carcajadas entre los ventanales de su apartamento, suprimido ya el Pielroja de sus hábitos y ajena a los trapos fluorescentes, comprendo que lo que tiene es cuerda para rato. Y que sí la tiene: en este momento dicta clases en la licenciatura de artes escénicas de la Pedagógica y talleres de comunicación en Los Andes, toma clases de Tai Chi y de piano y, como si fuera poco, se va con su señor marido, Fernando Montes, de gira por Grecia con Mujeres en la guerra, obra donde Carlota, siendo la única actriz, se desdobla en varios personajes. El día en que ella se detenga es porque le enyesaron las piernas.
Oyendo su voz en la grabadora así como en el contestador telefónico de su casa - "Hola, si desea deje su mensaje después del timbre. Gracias"- no puedo llegar a otra conclusión: fui un afortunado por haber tenido como profesora a Carlota Llano, la única profesora de literatura en el mundo que tiene las orejas de nácar. Y la mejor.

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