"No estoy seguro de que los relatos
se originen en cosas de la vida.
Es más bien al revés: la vida
se forma a la medida de ellos".
Osvaldo Soriano

Era una vieja deuda. Una de esas promesas que nos hacemos a nosotros mismos en determinado momento de nuestras vidas. Tipo "voy a dejar de fumar", "no volveré a beber un trago", "me someteré a una dieta para adelgazar". Promesas que nunca cumplimos, pero esta tenía algo especial para llevarla a cabo. Había más. Casi que un pacto entre un escritor que despuntaba para más y un lector venido a menos. Un pacto de letras.

Osvaldo Soriano era él. Y aunque parezca paradójico, lo conocí, o mejor, supe de él, de su existencia, de su obra, debido a la noticia de su fallecimiento que se publicó en el diario matutino. De eso, de su muerte ya pasaron ocho años. En eso pienso, mientras camino por una solitaria calle Paraná en busca de cualquiera de las bocas que alimenta al subte, en Buenos Aires.
Precisamente el pacto, si se puede decir así, era visitarlo en su tumba para agradecerle por personajes como Bill Hataway, el extravagante jugador de básquet de La hora sin sombra; Julio Carré, un espía en desuso a la espera de cualquier misión que vive en las páginas de El ojo de la patria; el cónsul Bertoldi, improvisado funcionario olvidado por el mundo y por su país que sobrevive en A sus plantas rendido un león, y tantos otros que surgieron de la imaginación de este hincha del fútbol, furibundo por el San Lorenzo de Almagro.

Lo único que sabía era que 'el Gordo', como lo llamaban sus amigos más cercanos, había sido enterrado en el cementerio de la Chacarita, en la capital argentina. La verdad, lo que me animó a hacer la visita, además de la admiración que sentía por sus libros, fue que esa mañana encontré en una vieja guía de Buenos Aires las líneas resaltadas del subte. Y justo, descubrí que la línea B termina en Federico Lacroze, enfrente del mismísimo cementerio.
Sin dudarlo más, me sumergí en el metro. Bajé, pagué setenta centavos y vi cómo mi rostro, en el vidrio de la ventana, reflejaba la imagen de un personaje de Soriano, en cualquiera de sus libros, de camino al punto final.
Así, pasaron una a una las estaciones: Uruguay, Callao, Pasteur, Pueyrredón, Gardel, Medrano, Gallardo, Malabia, Dorrego... hasta que por fin pude leer el letrero de Lacroze.

Emergí otra vez a la superficie y el sol que abandoné al tomar el subte ya no estaba. Un cielo gris y el viento frío de un otoño que no quería despedirse de Buenos Aires no podían ser aviso sino de la lluvia.
-¿Flowers, flowers? -me ofreció una señora que chupaba mate creyéndome de no sé qué país. Ni siquiera respondí. Seguí.

La idea que tenía me resultaba fácil, solo era entrar, preguntar y caminar unos diez pasos. Pero cuando crucé las columnas del portal y estuve dentro del cementerio empecé a creer lo contrario. Ante mí, aparecieron mausoleos con apellidos alemanes, ingleses, belgas, franceses, rusos e italianos. Toda Europa enterrada en tierra argentina. Vi un Ferrari -¿será qué don Enzo está aquí?-, Calonni, D'Alambro, Fassini. Mausoleo tras mausoleo, después de veinte minutos, tomé la decisión de preguntar.

-¿Soriano? Me mataste
-respondió uno de los empleados con ese acento porteño, sin saber de quién le hablaba y menos del lugar dónde podía estar.
-¡No sé! -finalizó, después de mirar al cielo y buscar una respuesta que quizás las nubes grises no le dejaron ver.

Un grupo de barrenderos que discutían, sin ponerse de acuerdo, por el último River-Boca, me envió a la cripta de la Sociedad de Músicos y Compositores de Buenos Aires. Antes de que pudiera aclararles que no era músico sino escritor el oficio del muerto, llegué hasta donde estaba situado el mausoleo. Tenía una pequeña cámara en el subsuelo. Me dio miedo bajar, quizá la puerta se cerraría y yo quedaría allí para siempre siendo otro más de esta eterna sociedad.
Empezaba a perder la esperanza. Seguro que ya lo habían desenterrado para poner sus huesos en otro lugar. Además, el cementerio desbordaba todo tamaño. Era muy grande para recorrerlo todo en una tarde. Quizá se necesite toda la eternidad de la muerte para caminarlo. Sin darme cuenta, un empleado con pinta de tanguero de San Telmo se me acercó.

-¿Soriano, Osvaldo Soriano? -le pregunté, pero hizo cara de no saber nada.
-No, che, pero si caminás por ese pasillo y doblás a la izquierda, media cuadra, encontrarás la tumba de Juan Domingo Perón.
-¿Perón? ¿El general? -me olvidé del cementerio y pensé que era como estar en un mercado. "No hay manzanas, pero aquellas peras están en promoción, ¡llévelas!".
-¡No!, quiero a Soriano, al escritor y no al presidente Perón. No vine a un cementerio, tan lejos de mi casa, para visitar la tumba de un militar -dije mientras le daba la espalda, presto a salir, pero la voz del tanguero de San Telmo me detuvo como un bandoneón detiene a los clientes de un bar de mala muerte.

-Si no te gusta Perón, también tenemos a Gardel, 'el Zorzal Criollo' -expresó con orgullo, pero al ver mi cara de decepción añadió:

-Averigua por ese Soriano en la oficina -me impulsó, cuando las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Por último, señaló la dirección que debía tomar y se perdió.
Entré. La oficina era lúgubre. Más fría que los mismos pasillos del cementerio. Cada una de las personas que atendía tenía ese dejo que denota la muerte en el rostro. Caras de muertos.

-¿Y si lo son? -me pregunté a mí mismo. No sería raro, en últimas estamos en un cementerio y qué más hay en un cementerio sino muertos. Escogí al menos difunto para hacerle la misma pregunta que les había hecho a los demás.
-Mirá, che, tenés que ir al archivo. Seguí derecho, tomá la vereda y doblá a la derecha -dijo el menos muerto, quizá con el último hálito que le quedaba de vida. Caminé, paso a paso miraba los escritorios a lado y lado y, de verdad, las personas parecían estar en el país del ir y de no volver nunca jamás.

Salí. Tomé la vereda y doblé a la derecha. Una puertita de metal abierta me recibió, pero una barra de madera atravesada en el marco me impidió seguir... Allí, entre estantes y miles y miles de defunciones estaba el archivo. Cada hoja representaba una persona, una historia de vida, dolientes, lágrimas, deudas. Había miles, cientos de miles. Por mi mente pasaban imágenes de funerales. Pensaba en las flores, en las familias. En los duelos, cuando apareció una señora que no tenía muy bien definido el color de su pelo. ¿Rubio?, ¿blanco?, ¿gris?

-¿Qué necesitas, muchacho? -preguntó.

-Busco a alguien... bueno a alguien que fue, mejor dicho, estoy detrás de una tumba... se llama... -le iba a decir el nombre, pero interrumpió de manera brusca.
-Nombres, no -añadió. ¿Sabe la fecha de su muerte? ¿Sabe exactamente la fecha del funeral?

Claro, "nombres, no", qué iban a saber de Soriano. Osvaldo Soriano, pensé en decirle, el mismo que escribió Una sombra ya pronto serás; Triste, solitario y final. El mismo que se inventó al míster Peregrino Fernández, un técnico de fútbol que era tan ofensivo a la hora de jugar, que cuando se armaba una pelea en la cancha, aprovechaba para meter otro par de atacantes, para jugar con trece en su equipo. "Siempre a ganar". El mismo Osvaldo Soriano que acababa de firmar con editorial Norma y que era Nobel seguro en unos años. Ese mismo, pero miré y me di cuenta de que sería muy difícil hacerla entender.

-Creo -respondí, al mejor estilo porteño- que en mil nueve noventa y seis o noventa y siete. Enero.

-¿Seis o siete? Bueno, tendré que preguntarle a mi jefe.
Se perdió. No la vi durante algunos minutos. Sólo escuchaba voces. Palabras que discutían. Volvió.

-Si tiene paciencia podremos encontrarlo. Es que hay que buscarlo en todo enero. Día por día -explicó.

-Tengo todo el tiempo del mundo -repliqué, al tiempo que el chubasco se convertía en tempestad- Qué suerte, al menos no me mojaré -añadí.

La lluvia no dejaba de parar. Me acordé de Esneda, mi madre, que de niño me decía que cuando llovía no se podía visitar un cementerio, pues los vapores que soltaba la tierra podrían enfermar y hasta matar a alguien. Temí por mi vida. Paseaba por los recuerdos de esas jornadas de domingo en el panteón central de Palmira con Pini, mi padre, para visitar la tumba de la abuela Flor, cuando la señora de color de pelo indefinible ¿rubio?, ¿blanco?, ¿gris?, regresó.

-¡No!, revisamos y no encontramos nada -me dijo orgullosa de su labor-. Tanto en 1906 como en 1907 y no hay nada...

-¿Cómo dijo? ¿1906, 1907?

-Sí, esos fueron los años que usted me dijo.

-No -le respondí, con la esperanza de vuelta a mi cuerpo-. Enero de 1996 ó 1997. Veintinueve de enero para ser más exactos.

-No, usted me dijo cero seis y cero siete.

El asunto se había convertido en una discusión sin fondo ni forma. Estoy seguro de que le dije la fecha exacta. ¿Cómo no saberla? Es Soriano, quizá usted no lo conozca, pero yo sí. Y precisamente fue el día de su muerte. ¿Cómo olvidar? Ella no quería reconocer. Ahí fue cuando entró en el pasillo un gordo que no caminaba sino que arrastraba su pierna derecha, como los arqueros cuando marcan el área de la cancha antes de un partido. La única diferencia es que este lo hacía hacia adelante.

-Sabés una cosa, pibe -dijo, sin perderme de vista-. Dejá la fecha exacta y te tendremos una pronta respuesta.

-¿Pronta respuesta?

-Sí, mira, che, con suerte pásate en tres meses y seguro ya lo habremos encontrando.

-¿Tres meses?

-Ahora, si no sabés la fecha exacta, podés ir hasta el edificio del Congreso y seguro ahí te la dan.

La promesa convertida en un pacto imaginario se convertía en problema. No hubo tiempo de decirle que estaba de paso. Que en tres meses estaría en otro lado, quizás muy lejos de la Argentina. Tal vez vio cómo se transformaba mi cara y me dijo que iban a revisar los folios de enero de 1996 y 1997. La señora hizo un gesto de desaprobación. Los dos se perdieron mientras ella decía que yo había cambiado las fechas. Estuve próximo a decirles que si el trabajo era buscar, yo lo podía hacer. Tiempo tenía de sobra. Afuera todavía llovía. Y la lluvia me permitiría esa bondad.

Esperé. Pasaron quince minutos. Un anciano apareció en el pasillo. Caminaba tan lento, que se tomó todo ese tiempo en cruzar el metro y medio que tenía el ancho entre los estantes. Nos miramos y cada quién le preguntó al otro mentalmente "¿qué haces aquí?". No hubo respuestas. Al final, el tipo que arrastraba su pierna derecha, dejando una línea a su paso, me dijo que tenía suerte. Que lo habían localizado.

-Sección 7E, manzana 1, tablón 19, sepultura 1 -dijo, mostrándome un papelito amarillento con el sello: INFORME ARCHIVO. -Fue enterrado el 31 de enero de 1997. Está en tierra y no en bóveda -terminó de decir-. Y como no dejaban hacer preguntas, sino que interpretaban los gestos de mi cara, ¿habrá asistido a algún curso o será uno de los requisitos para el puesto. Hasta pensé en un aviso clasificado: "Se buscan tipos para trabajo en archivo. Único requisito, saber leer la cara", prosiguió: Está bien lejos -con esa frase interrumpió mis pensamientos.

-Caminando le tomará mucho tiempo, además te podés perder. Así que es mejor que en la entrada, pasando las columnas, debajo del arco, esperés una combi que te lleva hasta allá.

-¿Una combi? ¿Servicio de buses dentro del cementerio? ¿Tan grande es? -recalqué.

-Che, es el más grande de la ciudad, uno de los más grandes del mundo. Tenemos cien mil sepulturas, diez mil bóvedas privadas, trescientos cincuenta mil nichos. Además, dentro del cementerio hay otros dos cementerios, el alemán y el británico, eso sin contar el crematorio de la ciudad -me dijo todo esto sin respirar. Orgulloso. Argentino.
Caminé. Seguí las indicaciones. La lluvia era llovizna, pero el agua corría libre por la calle como riachuelos. La camioneta llegó. Era blanca y de vidrios oscuros. Una señora y yo fuimos los únicos en abordarla. Adelante, el conductor se quejaba.

-No puede ser. Ayer alguien se orinó dentro de la camioneta. Son unos vándalos -puntualizó.

Quería conversar. No le presté atención.

-Sección 7E, manzana 1, -le confirmé sin responder a su queja.

-Llevo 32 años aquí -volvió a murmurar- y siempre fuimos caminando. Deberían quitar este servicio y que lo hicieran como siempre... llegar hasta la última tumba del cementerio, caminando.

No paraba de hablar, de refunfuñar. Seguía diciendo cosas mientras nos miraba por el espejo retrovisor. La señora cayó en la trampa de la conversación, quizás por temor a que nos dejara allí tirados, en medio de La Chacarita, sin saber a dónde ir. Teniendo la muerte como único seguro.

-Sí, mirá vos, ¿qué sentido tiene hacer cosas cómo esa?

-No sé, ¡viste! Y eso no es todo. Cortan los asientos, los rayan. Falta que hagan eso conmigo y ya.

-¡Vándalos! Eso es lo que son.

-Sí, ¡la puta que los parió! Fue lo último que dijo. No más. Se tranquilizó y se concentró en la ruta. Al cabo de diez minutos se detuvo.

-Sección 7E, manzana 1, -casi que gritó-, vamos, pibe, que no tengo todo el tiempo... la muerte no espera -bromeó irónico.

Con pasos cortos me acerqué al lugar. No había mausoleos, solo cruces y cruces. Quizás todas las cruces del mundo. Nombres, fechas y dedicatorias. Tumbas.
"Aquí descansan quienes nos precedieron en el camino de la vida. Este es un lugar respetable, que debe ser respetado. Por favor, no fije carteles ni inscriba en las paredes". Ese es el mensaje que se lee en varias partes, al entrar en el cementerio. Pero ¿quién escribiría? ¿Quién fijaría un cartel? Pensaba en eso cuando miraba una a una las tumbas en el suelo. Estaba cerca. Lo sentía, por eso cada paso era una aventura. Una aventura en pos de cumplirle la promesa-pacto al 'Gordo'.

"Está en tierra", me había dicho el tipo que arrastraba la pierna. ¿Será que fue un pedido especial del escritor? Llegué a urdir una frase que me imaginé salir de los labios de un Soriano moribundo.

-Quiero que me entierren en Chacarita. Nada de mausoleos ni tumbas ostentosas. Solo algo sencillo. Entre más simple, mejor.

"Entre más simple, mejor", como su literatura, seguro dijo eso y murió. Así lo imaginaba. Con Catherine, su mujer, al lado de la cama. Esa era la imagen que tenía en mi cabeza mientras caminaba. Mientras estaba más cerca de mi destino.
Sección 7E, manzana 1. Tablón 19, sepultura 1. Allí estaba. En tierra. No había cruz, solo una placa de mármol que muestra su nombre: Osvaldo Soriano. Fecha de nacimiento y muerte: 5/1/1943-29/1/1997.

Una alfombra verde de una planta que algunos conocen como "uña de gato", de hojas y pequeñas flores rosadas, más descuidadas que otras tumbas, lo arropaba. No había más flores. Había algunos tallos secos y pétalos quemados.

Entonces bajé mi cabeza. Y en ese "encuentro obligado", como dice el tango que es la muerte, cerré los ojos. Y sentí que Bill Hataway, Julio Carré, el cónsul Bertoldi, Coluccini y hasta míster Peregrino Fernández estaban más vivos que nunca. Vivos en cualquier lugar del mundo, como esos perdedores simpáticos que fueron, son y serán.

¡Vivos, gracias a Soriano!

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