Mi hermano mayor fue siempre un tipo serio. No parecía acosarlo la impaciencia y en nuestra casa nunca lo escuché hablar demasiado ni discutir con fastidio cualquier problema. Era buen estudiante y en el colegio nunca tuvo conflictos con los profesores ni con los curas. Durante esos años le conocí pocos amigos, dos o tres del mismo barrio que lo invitaban, los sábados y en vacaciones, a jugar fútbol, ir a cine o pasar las tardes en algún billar del centro. Después, ya en la universidad y cuando estudiaba biología, alcanzó a tener una novia, una muchacha de pelo corto y cara bonita, con la que fue a comer un par de veces a la casa. Con mis padres se mostraba cariñoso y en casi todas las fiestas le gustaba poner la música, bailar y tomarse algunos tragos. A mí, sin explicaciones, me dejaba de vez en cuando libros para que leyera, historias de aventuras y viajes, y con tolerancia casi compasiva me ayudaba a resolver intrincados problemas de matemáticas.
Como muchos, con los años se volvería taciturno y aunque adquirió una discreta desconfianza por los demás, como si presintiera algún potencial abuso, odiaba todas las formas de agresión. Desde su juventud lo irritaban algunas cosas, como hablar mal de la gente o tonterías como que nos dejara el bus del colegio por la mañana o que lo agarrara algún imprevisto aguacero en mitad de la calle. Sin embargo, en ningún momento se mostró como un hombre infeliz o de corazón amargo y duro. Por lo general sostenía conversaciones parcas, acompañadas de sonrisas moderadas, pero, cuando se lo proponía, podía llegar a ser simpático y encantador con cualquiera.
Las pocas veces que lo oí decir, tarde en la noche, cuando aún vivíamos en la misma casa, en voz baja, en la oscuridad del cuarto que compartíamos, la cara de frente a la pared, que soñaba con irse lejos, internarse en alguna selva remota o llevar una vida nueva en algún territorio alejado de este país, me acosaba el miedo. Yo sabía que hablaba para él, con seguridad reproduciendo o inventando en su mente una larga lista de paisajes secretos, probablemente extensos y luminosos como los que se describían en los libros que me prestaba, y donde sin duda se convertiría en un hombre libre, un individuo que podría encontrar entre bosques o tierras calientes que alguien lo amaba o que podría llevar una vida fácil, sin tropiezos desagradables. A pesar de que yo supiera que se trataba de arrebatos esporádicos, escasos para sus años de adolescente, me alarmaba y entristecía sin embargo la decisión, la frialdad con la que marcaba las palabras y, como si en esos momentos de desahogo me convirtiera en el silencioso guardián de su ánimo disgustado, solo me podía dormir cuando por fin escuchaba la respiración pausada de su sueño profundo.
Tal vez por los hábitos de la educación que recibimos nunca me dijo directamente que me quería. Yo tampoco llegué a encontrar las palabras precisas para afirmar mi amor y, en muchos casos, mi admiración o envidia. Parecía suficiente que estuviéramos cerca, bajo el mismo techo, probando los mismos platos de comida, leyendo los mismos libros, viendo los mismos programas de televisión, compartiendo la oscuridad y el silencio del mismo cuarto. Después descubrí que a mi hermano nunca lo cansó esa existencia común y, más adelante, el recuerdo de esos días sería de los pocos que encontraría digno de una evocación dichosa, sin los engaños de las nostalgias elementales.
Difícil afirmar que mi hermano alguna vez me haya considerado un tonto y si hubo, de parte suya, burlas o desplantes ofensivos nunca fueron importantes o verdaderamente dolorosos. Aun así, y aunque no nos separaran más de tres años, siempre me pareció trabajoso, como si de nuevo me enfrentara a un axioma o postulado matemático, encontrar la manera de ser amigo suyo. Como le sucedería a cualquier otro, me acostumbré a que no me tuviera en cuenta para sus planes, a que, por ejemplo, no se sentara conmigo en los recorridos del bus del colegio o que no considerara necesaria mi presencia en las tardes con sus compañeros. Pero por mí tuvo su primera y única pelea.
Fue a finales de año, por noviembre. Yo estaría en primero o segundo de bachillerato y aún cargaba con la mirada de un niño frágil o excesivamente emocionado. Dos semanas antes, el día de mi cumpleaños, había recibido de regalo unas sorprendentes láminas de animales, una especie de bestiario que combinaba mamíferos, anfibios y peces. Confiado y orgulloso, las había empezado a llevar casi todos los días al colegio y, en los recreos y trayectos del bus, se las enseñaba a mis compañeros o las revisaba siempre maravillado como un zoólogo estudiando especies nuevas. Eran relativamente fantásticas, tamaño carta e impresas en Viena, y traían, entre muchas, raros ejemplares de ranas en colores imposibles de frente a ruinas griegas, peces voladores con alas transparentes como de libélula o felinos de grandes orejas y rostros humanos. Por el asombro de los otros yo sabía que ninguno había visto nada igual en su vida. Nunca supe decir dónde las había conseguido mi padre.
Una tarde, mientras detallaba en el bus una luminosa pareja de simios sonrientes, un tipo de último año pasó a mi lado y burlándose me arrebató un par de láminas. Por recuperarlas las rompí y con rabia le escupí en la cara. Con una cachetada y un empujón el otro me sentó y me dejó llorando. Supuse, sin mucha certeza, que mi hermano, siempre en los puestos de atrás, había observado con atención la escena. Sin embargo, esa tarde no reaccionó y de camino a la casa se mantuvo en silencio. Aunque por la noche me ayudó a pegar las láminas, no dijo, como yo hubiera querido, que me defendería.
Solo una semana después me enteré de que mi hermano se había puesto una cita con el otro en el Parque de las Flores, un sitio a unas diez cuadras de la casa. Sería, como siempre, un viernes. Yo no sabía si él quería que yo asistiera a la cita pues no me comentó nada.
Por fortuna esa otra tarde no impidió que yo también me bajara en el parque. Éramos cinco o seis y, como en un espejo, al otro lo acompañaba, además de un compañero de curso, su hermano menor. Aún ignoraba que pudiera resultar o definirse como una ironía que ese otro niño, pálido y abrazado a un grueso Atlas del Mundo, se convirtiera con el tiempo en uno de mis mejores amigos. Cuando ya estuvimos en el parque mi hermano me pasó con lentitud los libros y la chaqueta de blue-jeans. Hizo un rápido círculo con la cabeza y enseguida hubo un silencio que pareció detener los ruidos de la calle, los gritos y las risas de algunos de los que jugaban baloncesto hacia el fondo del parque. Habíamos quedado bajo la sombra de dos inmensos árboles y tal vez ninguno de los que estábamos ahí comprendía la naturaleza de ese silencio, como si todos, incluyendo a mi hermano y el otro, estuviéramos a punto de asistir a un hecho de verdad insólito, consecuencia de impulsos desconocidos, que aún para nuestra edad formaba parte de los misterios del mundo, como el amor o la muerte.
Como si despertaran al mismo tiempo, cada uno empezó a girar en torno al cuerpo del otro y, sin dejar de mirarse, formaron con las pisadas un círculo sobre la tierra. Por ingenuidad o simple temor todos esperábamos sin decirlo que solo hubiera palmadas flojas, empujones inofensivos, golpes débiles en hombros y codos, alguna que otra patada insegura que terminara en el aire, nada que hiciera daño. De repente, y rompiendo el silencio, mi hermano lanzó con la mano derecha un golpe preciso sobre la boca y la nariz del otro, un puñetazo como el que hubiera sacado cualquier profesional del boxeo. Fue un golpe asombroso, porque no solo no parecía improvisado sino que no llevaba rabia, el ardor que siempre acompaña las peleas entre muchachos de diecisiete o dieciocho años.
Todos permanecimos inmóviles, atentos y vigilando el cuerpo del otro en el piso, boca arriba, una mancha de sangre sobre los labios, el cuerpo que en menos de un segundo mi hermano había lanzado a una especie de abismo y que, sin lugar a dudas, había perdido la noción del tiempo. Mi hermano, como si supiera que hasta ahí llegaba la escena, me pidió la chaqueta y, mientras esperaba a que el otro se sentara y se limpiara la boca, alcancé a ver que se le aguaban los ojos.
De regreso a la casa caminamos sin hablar, yo unos pasos atrás y con un leve temblor en las piernas. Entonces, mientras miraba la cabeza de mi hermano, unos centímetros más alta que la mía, comprendí que él se había adelantado a esa cita, que durante varias noches había imaginado con claridad la pelea, el golpe que rompería el silencio que por algunos segundos nos pareció una incógnita. Quizás en su mente había repetido más de una vez, como repetía los paisajes hacia los que quería escapar, la trayectoria exacta del impacto que le haría ganar su única pelea.
En la puerta de la casa me pasó de nuevo los libros y sin alzar mucho la voz dijo:
-Ahora vuelvo.
Aunque con los años, ya en el mundo de los adultos, descubriera que cualquier otro podía contar una historia semejante, que no se había tratado de una experiencia inimitable o exclusiva, supe sin embargo que mi hermano nunca me abandonaría, que desde ese día yo contaba con alguien que estaría dispuesto a recogerme y me daría la certidumbre de no estar solo.


Publicado originalmente como parte del
libro Asuntos familiares (Alfaguara).

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