Como vos bien sabés, fui un niño tan anormal que primero quise ser santo. Así como suena: un santo. En un nicho dorado en los altares, con una aureola de oricalco en las sienes, en medio de cirios encendidos y azucenas recién cortadas, a cuyas plantas se arrodillaran las beatas con sus sucios exvoto Tal vez había un tris de orgullo en mi desmedido afán de ganar un sitio de primera fila en la radiante corte celestial, cuando todos mis compañeritos obedecían a paradigmas más alcanzables y modestos: ser toreros igual que Luis Miguel Dominguín, poderosos como Supermán, más veloces que Ramón Hoyos. Si mi ambición pecaba, nunca se me hizo consciente. Ni sospeché que detrás de mi deseo se escondía la vanidad venenosa.
De cualquier modo, el muchachito tímido que fui, retraído, silencioso, y en los huesos, a quien apenas percibían las balanzas de los pediatras, y con visos de mamasantos, paró cuan flaco era en un seminario de misiones antes de cumplir la primera decena de sus aburridos años consagrados a coleccionar registros, a leer vidas de santos estrambóticos y a ensoñar en un cielo eterno y azul animado con músicas de arpas.
No sé si mis parientes, mis padres en primer lugar, se tragaron el cuento de mis efusiones místicas, demasiado ostentosas además, me parece ahora. O si querían librarse de mi vientre sin fondo. En la pobreza peliaguda que pasábamos, un estómago menos era una ganancia. Mis padres debieron echar cuentas. Y descubrieron que mi enclaustramiento representaba un desahogo, aun contando con los esfuerzos pecuniarios para reunirme el ajuar: el baúl de hojalata con cerradura de cobre, la docena de calzoncillos de manga, las medias negras del seminarista que cubren las rodillas, los juegos de cama y las toallas marcadas con tinta china, el crucificado de peltre, el bonete, el roquete con encajes, una edición canónica de los cuatro evangelios. Y la sotana.
Vos debés recordar. El palo no estaba para cucharas. La sotana costaba un dineral. Es decir, una sotana auténtica con forro, con escondrijos interiores para albergar el alma y algún piojo inquieto, hombreras, y los dos profundos bolsillos laterales. Siempre me había parecido que el mayor privilegio de los hombres de iglesia eran los bolsillos abisales de las sotanas donde cabía el brazo hasta el codo.
Vos recordás mejor. Mi ingreso en el seminario estuvo a punto de frustrarse a causa del costo del bendito indumento de abotonadura innumerable. Hasta cuando alguien tuvo la idea peregrina, y facilista, de conseguir en una sacristía amiga una sotana de monaguillo de regalo. Una sotana de monaguillo. Imaginate. Tan distinta de las auténticas sotanas de los santos y del párroco. Y eso hicieron. Tiñeron una sotana roja de acólito de trama basta. Y estuve listo para emprender mi camino a la beatitud revestido de falso cuervo.
Debo confesarte. Mi decepción fue inmensa, aunque faltaba a la humildad, virtud de la cual había dado múltiples y notorias muestras en el seno de la piadosa familia, y en el díscolo vecindario, cuando me presentaron el costal de paño crudo tan diferente de una sotana de veras. Un ángel se desinfló dentro de mí como un globo ante el andrajo desabrido. Pero disfracé el silbido de desconsuelo con una exclamación de júbilo.
Por fin, con alegría creciente, aunque siempre relativa, se entiende, acepté que esa sería mi sotana ya que no había otro remedio. Al fin y al cabo una sotana no es más que una apariencia. El devorador de apologías de santos sabía de sobra que una santidad de buena ley se adquiere por una cadena de renuncias y penalidades.
El seminario consistía en un enredo de pabellones en la cresta de una sierra de esterilidad desoladora. Las nubes bajas aumentaban la tristeza del lugar. Llegué allá un enero color de burro, tan deprimente, que tan solo la decisión íntima y cultivada por años de hacerme a un lugar en el sancta sanctórum de la iglesia de Pedro, consoló mis lágrimas tragadas, comprensibles a esa edad temprana en ese páramo.
Mis compañeros conformaban un tumulto maloliente de ojos melancólicos, intoxicados por las ansias de perfección. Y me recibieron con miradas lastimeras. No tanto, pienso ahora, por la desgalichada sotana que cubría esos huesos. Sino por lo que les estaba sucediendo a ellos mismos por dentro, es decir, si experimentaban lo mismo que yo: el frío de las tumbas en pleno corazón.
La vida de religión, vos sabés, es una negación singular, metáfora de la muerte. Una muerte consentida. Es la reinvención radical del ser, la resignación de la máscara que usamos por los vericuetos del mundo, el demonio al acecho, y las locuras de la carne siempre servidas.
Nunca me acostumbré a la misérrima sotana. Me acuerdo. Y agradezco que mis condiscípulos, conocedores de las normas de la caridad, me ahorraran los comentarios sobre la falta de garbo de mi atuendo de recogido. Claro, tenía el desquite del bonete. Herencia de mi tío el presbítero, era un bonete en toda la línea. A pesar del defecto de la borla rebelde que nunca conseguí fijar valido del costurero que puso mi madre en el ajuar de su pichón de cura.
Era mi lujo. Yo lo plegaba con cuidado después de usarlo y lo ponía en el fondo del baúl como un tesoro. Yo lo cepillaba los sábados como a un ser vivo. El bonete me ayudó a sentirme digno del ministerio misionero en aquel desierto del espíritu donde la sotana me procuraba el aspecto de un muerto prematuro.
A los seminaristas se nos acostumbraba al ejercicio físico intenso. Por higiene. Y para hacernos llevaderas las cargas de la castidad. Para mantener la salud. Y para templar los nervios contra la lujuria adolescente que cuenta con tantos atajos. Jueves y sábados nos arrastraban a las montañas cercanas, lloviera o hiciera sol, al fin de cuentas éramos soldados de Cristo, obligándonos a trepar las breñas y a vadear los arroyos que bajaban del páramo. A mí, en mi rareza, me gustaban más las horas de la biblioteca y los ensayos del canto gregoriano en el coro de la capilla que las caminatas interminables. Y, sobre todo, porque comencé a darme cuenta de los cambios que obraban en la sotana: en el ruedo los pastos mordían con sus dientes verdes el negro secundario para dejar a la vista el rojo original de la sotana de un monaguillo anónimo de mi talla; y las torrenteras de los aguaceros cobraron lo suyo en los hombros y la espalda.
Nunca me sentí tan infeliz como en esa sotana de impostor. Después, cuando aprendí el cinismo para defenderme de las desventajas de la existencia, me asombró no haber extraído un símbolo de futuro del deslustre progresivo de la prenda destiñéndose, no haber pensado por ejemplo que su metamorfosis no era una desgracia, y que me auguraba un puesto en el senil colegio cardenalicio. Aunque fuera una quimera, habría sufrido menos.
Siempre sucede. De pronto ocurrió una cosa buena. Cuando la sotana colapsaba, además comenzó a deformarse, y a deshacerse de los botones de los pútridos ojales, llegaron como una bendición las vacaciones de fin de año.
Acordate. Para el segundo año mis padres me habían prometido una sotana como la que yo quería tanto como la perfección cristiana. En efecto, mi padre dejó el lecho de enfermo, volvió a trabajar, la familia recuperó el esplendor de su clase, y me compraron la sotana que mis méritos merecían.
Una sotana olorosa a nuevo. Con su peso específico. Hombreras. Puños dobles para guardar el pañuelo de los catarros. Bolsillos hondos. Y el pequeño bolsillo del rosario en la cintura. Pero entonces, al mismo tiempo, se me cruzó el diablo en el camino hacia el Dios de Moisés y los patriarcas. Y se me cansaron las ganas de ser canonizado en una misa de aparato, con Te Deum para dos coros y orquesta y fiesta nacional por decreto y cambió el rumbo de mi vida. Y dejé atrás el seminario, y la sotana nueva que había costado un dineral en el fondo de ropas de los seminaristas sin medios, para que un seminarista del porvenir no tuviera que pasar por las desazones que pasé.
De regreso al hogar sentí una inmensa compasión por la vieja sotana de monaguillo. Mis hermanos usaban los jirones del lírico, pardo ya, traje talar, que me avergonzó tanto, para limpiarse las porquerías de los zapatos antes de irse al colegio. Yo no iba al colegio. Yo me quedaba en casa contra la voluntad de mis padres. Escribiendo versos y versos. Pues ahora se me había metido en la cabeza convertirme en un genio. En un émulo de la gloria de Víctor Hugo. Ya que había fracasado en los enredos de espinas de la santidad.
No siempre sucede como uno quiere. Por las sonoras cascadas de alejandrinos de mis parodias de Víctor Hugo, en vez de subir, bajé. Y acabé sumido primero en los lodazales de los poetas malditos atraído por los aromas del hashish y el tintineo de las rimas de los parnasianos, y después en la bohemia sin métrica ni esperanza posible de las vanguardias del desquiciado siglo XXI. Es decir, convertido en un santo al revés.
Vos sabés como yo a qué sabe eso. Lo que significa. En males como en bienes.
En liberaciones. En servidumbres.
Ahora, en medio de los escándalos recurrentes de pederastia de curas y obispos que salpican al propio Papa, me pregunto, con la autoestima maltratada hasta cierto punto, pero indemne, por qué jamás me acosaron a mí en el seminario los confesores, los directores espirituales, el prefecto de disciplina, ni el ecónomo. ¿Sería tan poco atractivo? Y para dejar a salvo el amor propio, me digo que tal vez la sotana lánguida me libró de sus agasajos, abrazos, coqueteos y abusos. Tal vez, me digo, mi pueril belleza pasó disimulada entre los peligros de las malas costumbres, envuelta en el hábito deplorable de la sotana de un querubín pobre.

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