El tipo era diminuto. Uno de esos calvitos con cara bonachona que vienen del eje cafetero, un chicho. Pero en su frente había crecido una gigantesca vena pulsante de ira y tenía en la mirada rabia asesina mezclada con excitación; sonreía con un deseo casi sexual de volverme mierda. "¡Alego demencia!", grité, y salí corriendo buscando encerrarme en uno de los cubículos. Recuerdo la patada en las rodillas; recuerdo el sabor a desinfectante y orines que sentí cuando estrelló mi cabeza contra el piso del baño. Recuerdo un mordisco vampiresco en la parte de atrás de mi cuello y un intento de sacarme los ojos con las uñas. Lo recuerdo golpeando mi frente contra un inodoro y no recuerdo más.
El tipo nunca apareció; menos mal. Yo desperté en una cama del hospital como un mapache heroinero; con los dos ojos morados, venas salidas por todas partes y el cerebro en paro armado. Menos mal tenía la billetera en el gabán y pudieron ver mi tarjeta de salud prepago. Desde ese entonces tengo la nariz torcida y una pequeña colección de cicatrices.
Lo primero que escuché al recobrar la conciencia fue la voz de Laura, la de Laura en América. Hablaban de la zoofilia "señorita Laura, cuando joven lo hice con una mula", "señorita Laura, es que es inmoral acostarse con las gallinas". Para no escuchar las estupideces de la televisión, me concentraba en mi dolor. Pero después de ese programa, siguió otro episodio de Laura en América, y después otro, y estaban discutiendo si los enanos podían llegar a ser sexys, y yo resistía, incapaz de gritar o de cambiar el canal. Poco a poco logré concentrar mi fuerza de voluntad, sobrecogerme a los efectos de los sedantes, y al tiempo que abrí los ojos pude gritar débilmente,
-Socorro, la rubia cuquinegra está descerebrando al virreino del Perú.
-Silencio que estoy viendo el programa -me dijo una enfermera gorda con más bigotes que Cantinflas y menos que Horacio Serpa-; aquí le dejaron un mensaje.
La enfermera se sentó, control remoto en mano, después de pasarme un papel de cuaderno cuadriculado amarillo. La nota estaba escrita en esfero rojo, con esa letra descuidada que usaba Verónica para anotar compromisos en su agenda, "Ya pagué las tetas. Te dejo, ¡imbécil!".
Desde ese día no he hecho sino sentir lástima por mí mismo y beber Vat 69. Entre semana no es tan terrible, voy al trabajo, hago mis tareas mediocremente y juego solitario Spider. Pero los viernes, como hoy, son el peor día de la semana. Bebo como si estuviera de parranda, duermo mal, por ratos, me quedo viendo televisión hasta que me vence el sueño. Solo como brevas y lonchas de jamón, que es lo único que se me antoja por estos días. Y el Bombardero va de mal en peor. El Bombardero es mi verga; lo bautizamos Verónica y yo en los primeros días de nuestra relación, después de una faena histórica: ocho polvos en cuatro horas y media. Pero esos días quedaron en el pasado. Y se me acabó la botella.
Tiene que ser tarde, en la televisión están pasando fútbol americano de México. Estoy demasiado cansado como para cambiar el canal. Además, los hombres ven deportes. Que sueño tan hijueputa tengo. Los hombres miran deportes, los hombres deben cambiar el canal inmediatamente empieza la sección de farándula, los hombres son tan hombres que constantemente lo están demostrando.
-¿Sí o qué, Jaime?
- Póngale la firma, parce.
Mi hermano Jaime está conmigo, el de Medellín. Está sentado en el sofá comiéndose una bandeja paisa. También está Margarita, la del hospital, con una paleta en una mano y un banano con crema en la otra. Están pasando fútbol, el deporte de los hombres, pero yo estoy mirando mi miembro arrugado, una horrible concha de mar. Una galletita mal cocida.
-Bombardero, ¿dónde estás? Bombardero, ¿dónde han quedado tus días de gloria?
Grito, parece que ni Jaime ni Margarita me escucharan. Grito de nuevo.
-Bombardero, ¿por qué me has abandonado? Ven a mí en esta, mi hora más oscura.
En ese momento entra a la habitación Iván René Valenciano, el Gordito de Oro, al que llamaban Bombardero en sus épocas de gloria en el Junior. Se sienta en una mecedora.
- Ajá, ¿y eso e' ron?
- Es Vat 69, Valenciano.
-Yo siempre te lo he dicho que tu ere' un maricón. El hombre no bebe ningún Vat na', el hombre bebe ron. Y yo no soy ningún Valenciano, yo soy tu vedga que te viene a blá.
-Bombardero, amigo mío. ¿Por qué soy tan infeliz?
-Hombe, po' marica. Tu está' como está' po'que ya no piensa' que ere' varón. Cuando estaba' con Verónica tenías el polvo asegurao, no tenías que conquistá' a ninguna mujé', sino que podía' llegar a casa y te lo daban, fijo, chan-con-chan. Y cuando ella te dejó, te caga'te del susto, porque piensa' que ya no ere' capá' de conquistá' a ninguna mujé'. Y por eso e' que está' hecho un huevón.
El Bombardero me habla con seriedad, su cabeza, calva y gordita, está llena de pliegues. Quizás siempre lo supe inconscientemente; el rostro de Valenciano me recuerda a mi miembro.
-El costeño tiene razón, hermano, vos estás como todo ahuevao, como sin ganas. Parate de la silla hom-me, demostrá que si podés.
Es mi hermano Jaime, que está chupándole la grasa al chicharrón. El Bombardero se quedó distraído viendo el partido por televisión. No puedo vivir como estoy viviendo. Cubro mi cara y pienso en lo poco que soy. El Bombardero me habla sin quitar los ojos del televisor.
-¿Oye Fercho Plá, tu sabe' lo que es un "ultimatu'"?
- Sí, claro, un ultimátum.
-Pue' yo te voy a dar un ultimatu', pa' que deje' de ser tan huevón. Mañana te tiene' que acostá' con la enfe'mera del doctor Posada. Si no, yo me retiro definitivamente de las canchas.
-¿Cómo así que te retirás?
-Mira, huevón, si mañana no te comes a la secre, pa' lo único que yo te voy a servir el resto de tu vida es pa' oriná'.
-Será comerse a la enfermera, hermano, vos verás-, Jaime pasa los últimos bocados de huevo y carne molida con sorbete de papaya.

***
Después, el Bombardero y mi hermano Jaime se quedaron hablando de las diferentes etapas de Maturana con la selección Colombia. Jaime, paisa que es, estaba defendiendo al hijueputa. Después soñé con arañas.
Desperté con el corazón acelerado y un solo propósito en mis dos cabezas. Sabía que solo había sido un sueño, pero algo me decía que era verdad, que si no lograba comerme a la secretaria ese mismo día, iba a ser impotente el resto de mi vida.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí pleno de energía. Me desperté rápidamente, me afeité, me bañé, me puse colonia y rinse. El Bombardero daba señales de vida. Aún en toalla, marqué al consultorio del doctor Posada que, menos mal, abre los sábados.
-Consultorio médico, habla Lucía, ¿en qué lo puedo ayudar?
-Hola, hablas con Fernando Platz. El de la tusa.
- Sí, buenas, ¿qué se le ofrece?
-Lucía, ¿te gusta bailar salsa?- digo la última palabra como si de bailar salsa dependiera la continuidad de la raza humana.
- Señor Platz, ¿usted quiere pedir una cita médica?
- Contéstame primero. ¿Te gusta bailar salsa?
Escuché risitas del otro lado de la línea. De seguro estaba sonriendo cuando dijo "sí". Quedé de recogerla apenas saliera del consultorio, a las cuatro de la tarde. Le dije que no tenía que ir a la casa a cambiarse, que nada podía ser más excitante que su pinta de enfermera. Un hombre puede decirle casi cualquier cosa a una mujer y salirse con la suya. Es cuestión de creer en uno mismo.
Almorcé en un restaurante: cazuela de mariscos y jugo de borojó. Llamé a Alonso Sánchez, un amigo mío de la universidad, que también vive en Bogotá. Entre él y su hermano David tienen una narcotoyota negra con vidrios polarizados por todas partes que les dio su papá, un ganadero de Córdoba. Cuarenta y dos minutos después, Alonso accedió a prestármela. Un hombre le puede pedir casi cualquier favor a otro hombre y salirse con la suya. Es cuestión de creer en uno mismo.
A las cuatro de la tarde estaba parqueado frente al consultorio de Posada. Ahí estaba Lucía, con su uniforme de secretaria, sus gafitas de marco rojo y su pelo negro, liso, cogido por detrás. Yo veía su culito respingón y pensaba en cogerla por detrás. Esperé a que se acercara a la camioneta. Cuando hice descender el vidrio, sorprendida, soltó una risita nerviosa y se enrojecieron sus mejillas. Se había puesto mucho maquillaje, parecía puta.
La quería llevar al Horno, un sitio en Chapinero donde solo se baila salsa, nada de estar sentado, nada de merengue ni de reggaetón. Mientras estaba parqueando, ella miraba distraída por la ventana.
-¿Entonces, desde afuera no se puede ver para adentro?- me preguntó.
-Nada. Es como si estuviéramos completamente solos.
-¿Nadie nos puede ver?
-Lucía, yo he tenido una duda desde que te vi en el consultorio. Tu piel es color canela, tus senos son pequeños, paraditos...
-¿Sí? ¿Cuál es tu duda?
-¿Cómo son tus pezones? A veces me los imagino casi rosados, y diminutos, apenas una puntica para lamer; a veces me los imagino rojo oscuro, extendidos, de los que se pueden recorrer despacio con la lengua...

octavo capítulo alonso sánchez baute
Loncho retoma el episodio de Crisis Moral para cerrarlo con broche de oro. Platz sale corriendo de allí, atacado por un fuerte priapismo, y llega de urgencias a una clínica donde aparentemente una niña le practica una felación.

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