Tusa, señorita, tusa.
-¿Tusa?
-¿Nunca le ha pasado? ¿Nunca le ha dolido el corazón en todo el cuerpo?
-No sé de qué me habla, señor.
-Afortunada usted, señorita. Escriba, entonces, lo que quiera: desamor, intento de suicidio, falta de apetito, tristeza, insomnio.
Me había preguntado el motivo de consulta. Detrás de un escritorio de madera falsa, los ojos casi verdes de la señorita eran como un semáforo hacia el deseo. Pero no caí en cuenta de su belleza la primera vez. Llevaba trece meses -trece, sí, los había contado- tratando de superar el dolor por la partida de Verónica, y lo único que me interesaba era saber si las gotas homeopáticas del doctor Posada podrían curarme ese dolor inmenso.
Había intentado leer La Divina Comedia, había recuperado mi raqueta de tenis del fondo del armario, había vuelto a misa de doce, había probado el orujo después de las comidas... pero Verónica me seguía doliendo. Su ausencia, quiero decir. Algún estúpido me propuso que fuera al consultorio del doctor Calderón, me dijo que casi todos los acongojados encontraban remedio en su diván, pero después de ir por primera vez mi amigo me pareció aún más estúpido. Calderón sabía tan poco del tema, que ni siquiera había sido capaz de curarse su propia tusa, instalada en su corazón y en su cabeza medio calva desde que lo abandonó la actriz con la que andaba para todas partes: la que alguna vez despertó la envidia de sus colegas cuando lo acompañó a un congreso de sicólogos en Cartagena.
Cuando mis amigos estaban empezando a aburrirse de darme palmadas en la espalda, cuando había aprendido de memoria las veinte canciones de un disco quemado de Franco de Vita que compré en la avenida Jiménez, cuando completé el tercer memorando por llegar tarde al trabajo -o sencillamente por no ir, aquellos días en los que todo me importaba menos que poco y me quedaba tumbado en la cama, cortinas cerradas y teléfono descolgado, esperando que volviera a anochecer-, cuando me estaba acostumbrando a beber en las mañanas y a pasar días enteros sin probar bocado, un amigo de un amigo -pensé que se trataba de otro estúpido- me habló por primera vez del doctor Posada. Me aseguró que el hombre, graduado con honores en Montpellier y desencantado de la medicina en Taganga, había inventado unas gotas para cada mal.
"No me gustan las vainas raras", le dije. "Me criaron con Aspirina y Vick Vaporub, y nunca he creído en rezos ni en bebedizos".
Pensé que Baquero -que así se llamaba el amigo de mi amigo- iba a hacer una defensa ilustrada del tal doctor Posada. Que íbamos a terminar discutiendo sobre científicos, teguas, aprendices de brujos e iluminados. Pero no se tomó el trabajo de ponerme atención. Me miró con lástima y se limitó a pronunciar esas dos palabras que bastante trabajo me costó sacarme de la cabeza: "Usted verá".
Quise aferrarme a la idea de que no me rebajaría a endosarle mi corazón a un hombre con prácticas que aún estaban bajo la censura de la ciencia, y mucho menos después de haber probado suerte con el sicólogo entusado que sólo había logrado hacerme perder tiempo y dinero. Pero andaban tan poco cotizadas mis convicciones en aquellos días, que al cabo de un tiempo -y de unas cuantas botellas de Vat 69- terminé cediendo. "¿Y por qué no?", me pregunté, y se lo pregunté luego a Baquero y anoté los datos de Posada y traté de no meterme ideas raras en la cabeza cuando vi que su consultorio estaba al lado del mercado del Siete de Agosto y tuve que rogarle a la señorita que me atendió por teléfono para que me adelantara una cita que en principio iba a ser mes y medio después. la misma señorita -siempre pensé en cómo debía decirle pero no se me ocurrió otra palabra- que unos días después me preguntó cuál era el motivo de consulta, poco antes de hacerme pasar al consultorio del doctor Posada.
-¿Insomnio?, ¿falta de apetito? -me preguntó, antes de mirarme a los ojos, el médico degradado a yerbatero por su propia voluntad.
-Insomnio, falta de apetito, tristeza profunda, dolor de muela en todo el cuerpo y exceso de whisky. se lo resumo en una palabra, doctor: tusa.
Me quedé pensando si había hecho bien en llamarlo doctor, pero, sobre todo, me quedé pensando que aquella mujer que lo asistía era tonta, mentirosa o tal vez era la más afortunada de todas, si de verdad desconocía el significado de la palabra tusa. Mejor dicho, si no la había sufrido en carne propia. Si no existía en su hoja de vida sentimental un hombre que se hubiera aburrido de ella o la hubiera dejado por otra, después de prometerle tantas veces que la amaría para siempre. Calculé que la mujer se acercaba a los treinta, y pensé que no saber de tusas a esa edad era casi tanto como permanecer virgen. Y pensé en voz alta: "Una envidiable virginidad". Y cuando lo dije, el doctor Posada, con una bata blanca tan corta que más parecía un delantal, me miró a los ojos por primera vez.
-¿Tusa?, ¿virginidad? No logro entender su motivo de consulta. Vamos por partes. Primero, trate de describirme de la manera más precisa posible el dolor que lo aqueja. ¿En dónde le duele? ¿Cómo es ese dolor? ¿Es un dolor constante o aparece y desaparece?
Quise salir corriendo de allí. Pensé que si lo del doctor Calderón había sido una equivocación, lo de ahora era poco menos que un error garrafal. Le iba a decir que se olvidara de todo lo que le había dicho, que se olvidara de mí, y que si era del caso le pagaba la consulta. Estaba pensando en la manera de decírselo, cuando la señorita entró al consultorio -me sorprendió que no llamara a la puerta y pensé en lo incómodo de la situación si yo hubiera estado desnudo en ese momento- y me quedé mirándola mientras le entregaba a Posada una hoja escrita a mano. Mientras esperaba que la leyera y emitiera algún sonido. Mientras recorría con sus ojos color aceituna aquel pequeño recinto, convencida, seguramente, de que yo la examinaba con morbosa atención, primero sus ojos verdes y sus labios gruesos y provocativos, luego el botón del escote que estaba a punto de explotar y, más tarde, cuando iba de vuelta a su despacho, un culo espigado que sólo con mirarlo me produjo una repentina mejoría.
Resolví pronto que no sólo no saldría corriendo de allí, sino que trataría de prolongar el tratamiento cuanto me fuera posible. El doctor Posada empezó a parecerme de repente un tipo inteligente y preparado, al que logré enterar de mi mal de amores con unas pocas frases, en un relato desordenado en el que procuré exagerar los síntomas para que me pidiera que regresara a su consultorio el jueves siguiente y siguiera asistiendo, sin interrupción, una vez a la semana hasta que la mejoría fuera evidente. Mientras tanto debía tomar una serie de cápsulas de colores pastel que no prometían efectividad alguna y, cada noche, antes de dormir -o, más bien, para poder dormir- unas gotas espesas de sabor amargo que más parecían para quitar el sueño. Pero, como había oído que el ingrediente esencial de las medicinas alternativas era la confianza, decidí creer en Posada a ojo cerrado. Decidí pensar que aquellas cápsulas y aquellas gotas serían la salvación de una tusa que se había prolongado durante tantos meses sin piedad, aunque en el fondo de esa fe de carbonero sabía muy bien que la única razón para aceptar sin reproches los consejos y las recetas de aquel remedo de médico no era otra que las ganas de volver a ver muchas veces a su asistente.
Me estaba subiendo la cremallera de un pantalón al que en los últimos meses le sobraba mucha tela por cuenta de las penas del desamor, cuando la señorita volvió a abrir la puerta del consultorio. Sé que mis mejillas se bañaron con el rojo de la vergüenza y, cuando estaba a punto de dar media vuelta para terminar la operación en privado, la mujer me sonrió con una complicidad que quise interpretar como un guiño. Unos minutos después, frente a su escritorio, mientras le pagaba la consulta, no aguanté las ganas de decírselo:
-No creo en gotas ni en pastillas, en menjurjes ni en ungüentos, pero estoy seguro de que usted es capaz de curar incluso una enfermedad terminal. o de provocarla, sin remedio.

   
  Primer capítulo
Por: Fernando Quiroz
   
  Segundo capítulo
Por: Margarita Posada
   
  Tercer capítulo
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  Cuarto capítulo
Por: Antonio Ungar
   
  Quinto capítulo
Por: David Sánchez Juliao
   
  Sexto capítulo
Por: Nahum Montt
   

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