Trece meses después de la partida de Verónica, la tusa se había convertido en una bestia domesticada y malherida. Bestia insomne que atacaba en las madrugadas y me hacía sentir sus estertores agónicos con un dolor cada vez diferente. Trece meses después la imagen de Verónica se abría paso entre mis pesadillas y regresaba sin ahogos ni lágrimas ni mocos, solo una sensación mortal de vacío, de pérdida irremediable que ahora trataba de reconstruir de manera torpe e inútil. La volví a sentir pegada a mi cuerpo, hiriendo mi pecho con sus pezones duros, clavando sus uñas en mis hombros, moviendo con lentitud implacable las caderas, acercando su boca húmeda a la mía, mirándome desde otro mundo:
-Dilo. Por favor, dilo.
Y yo, desde la otra orilla, con la boca reseca, las piernas temblorosas y un nudo en la garganta que estrangulaba las palabras más estúpidas y gastadas, pero también las más proféticas:
-Por ti, Verónica, sería capaz de cualquier cosa.
Había firmado mi derrota, mi acta de defunción y le entregué mi cabeza servida en una bandeja, con el rictus grotesco de quien acababa de descubrir el amor.
Mi apartamento olía a humo de leña, a ceniza de cigarrillo, a fuego apagado. En cambio, Verónica olía a sudor fresco, a leche condensada y almendras. Recorrió la habitación con la mirada y se desnudó sin prisa, doblando su vestido y ropa interior con sumo cuidado, haciendo un montoncito sobre la mesa de noche. Se acercó y me dio un beso largo. Con torpeza de primate fui arrojando la ropa que me quedaba y nos tumbamos en la cama.
-¿Cómo prefieres?
-Como los jesuitas.
Me apoyé en mi mano izquierda y con la derecha me abrí paso. Cargué sin prisa ni violencia, mientras ella aguantaba las primeras embestidas, aprovechando mis pausas para atornillarse y recibirme mejor. Cuando tenía la mano izquierda entumecida, atacada por mil punzadas, Verónica me dio el bote y sentí su peso cada más leve sobre mí. Dio una ligera sacudida para acomodarse, meneó su cadera despacio, haciéndola girar en semicírculos y direcciones contrarias. Se incorporó un poco y recogió sus cabellos con una banda elástica.
-¿Te gusta?
Aspiré una enorme bocanada de aire, la miré a los ojos y le di una palmadita en la nalga. Se apretó viscosa, palpitante y echó a correr, dejándose caer mientras musitaba "quiero, quiero". Luego se detuvo con un movimiento brusco, se quedó mirándome y de nuevo se dejó caer, con más y más fuerza. Gimió en un lenguaje oscuro, de guerra, cargado de obscenidades callejeras, olvidadas desde mi adolescencia. Al final, mordió cada sílaba, sin rabia ni pudor: "Perro, perro." Entonces dio un grito como en las películas de Bruce Lee y se detuvo. Su respiración se hizo más lenta, acompasada por pequeños suspiros. Me sentí enorme, indomable, como si acabara de descabezar una estatua con mi bate de béisbol.
En la mañana, Verónica me besó en la boca y abrazó mi cabeza contra sus pechos, luego me apretó con fuerza y preguntó:
-¿Cuándo nos volvemos a ver?
Le eché un vistazo al reloj de la mesa de noche, pero estaba tapado con el montoncito de sus ropas.
-No tienes que irte -le dije.
En un gesto insólito, besó mi mano y la puso sobre uno de sus pechos:
-De verdad, ¿quieres que me quede?
Yo puse mi mejor cara de profeta degollado.

Seis meses después debía hasta las tetas de Verónica. ¡Que me orine un conejo si aquellos implantes mamarios no fueron mi perdición! El doctor Abondano me hizo firmar un montón de pagarés y los chepitos del cirujano plástico se encargaron de embargarme el televisor, el equipo de sonido, la nevera y hasta mi colección de cartas de magic, importadas por internet. ¡Que me cague una cacatúa si mi segundo gran error no fue ir a suplicarle a ese maldito médico!
El doctor Abondano me miró compasivo, se rascó sus cabellos lisos de rancho de paja y preguntó:
-¿Cualquier cosa?
-Así es.
-¿Está seguro? Si yo le propusiera algo, sería capaz, digo. ¿sería capaz de hacerlo?
Asentí. El cirujano plástico abrió sus ojazos y puso aire de no estar muy convencido. Tenía quemados sus cachetes por el sol y era imposible saber si jugaba a ruborizarse. Después de musitar una parrafada sobre la discreción y la confidencialidad, la lealtad y la solidaridad que yo le despertaba, me dijo:
-El bar se llama Crisis Moral y la cosa no es nada del otro mundo.
Me lo explicó con lujo de detalles como quien recita un manual de memoria. Al ver mi progresiva palidez y el temblor en mis manos, se interrumpió:
-Lo sabía, usted no tiene las agallas, señor Platz. Olvídelo. ¿Sabe? Yo no he dicho nada. Haga de cuenta que no he dicho nada.
-No se trata de que tenga o no tenga agallas.
-¿Entonces?
-Nunca he sido un profesional en. -vacilé, buscando las palabras precisas- en esos oficios.
-No me venga con esos cuentos, que para masturbarse no hay que estudiar, además recuerde el refrán, quien niega la paja.
-Sí, lo sé. Niega la madre. Y no la estoy negando. Solo que nunca había pensado. Así, de esa forma. Usted me entiende, pero muchas gracias. Se le agradece su buen corazón.
-Señor Platz.-me devolví.
-Por si cambia de opinión -y me entregó una tarjeta con el número del celular.
Dos días después, aprovechando el viaje que cada quince días Verónica hacía a Medellín, lo llamé y me atreví a preguntarle:
-¿La paga? ¿Cómo es la paga?
-En efectivo. En un fin de semana ya tiene para sacar uno de sus chécheres.
-Pero, bueno, no sé, doctor Abondano, mi familia es muy conservadora, no sé. Además me preocupan dos cosas.
-Dígame, señor Platz.
-¿Cómo hago?
-¿Hace qué?
-Tanto tiempo, cómo hago para mantenerla bien dura.
-Hay trucos. El trípode anterior tenía sus trucos.
-¿Trípode?
-Sí, trípode, así le decían al negro que hacía ese trabajo.
El trípode era un extraterrestre y tenía su público, pero después de un tiempo ya no arrancaba un suspiro. "Demasiado perfecto", dijo el doctor Abondano y el patrón había pensado en algo más realista, más cotidiano, nada del otro mundo.
-Pero no se preocupe, señor Platz.
Los trucos eran muy sencillos. Aspirar un poco de cocaína y pensar en una sola frase durante varios minutos, después era cuestión de dejarse ir e imaginarse en país del Nunca jamás.
-¿Y el frío?
-¿Cuál frío?
-Pues el frío verriondo y uno en bolas.
-No se preocupe. El ataúd es bien calientico, no se imagina lo caliente que se pone -el doctor Abondano soltó un alarido chillón que me heló la sangre. Después pareció perder la paciencia y pronunció la frase fatal de mi perdición:- Usted verá.

Crisis Moral quedaba en pleno corazón de Chapinero. Se timbraba y un negro que enseñaba sus dientes blancos por una ventanilla, preguntaba una especie de contraseña. Luego de la requisa de rigor se atravesaba un corredor cubierto por fragmentos de espejos para encontrarse con un enorme salón cuadrado, con sillas y mesas para más o menos cien personas. Contemplé el ataúd. Estaba inclinado en el fondo, formando un ángulo de 45 grados, sobre la plataforma de lo que parecía un cadalso, rodeado por cuatro cirios; pintado de azul con los colores y el escudo de Millonarios. El doctor Abondano me explicó que el patrón lo había mandado hacer debido a la mala campaña de su equipo de fútbol.
-Es una crítica muy conceptual.
En el otro extremo había una plataforma circular con un tubo en el centro. Tomé un trago para los nervios. Poco a poco el bar se fue llenando con parejas gays, hombres y mujeres de parche, como si acudieran a una cita. Con la ayuda de una de las chicas del bar me pinté la cara de blanco, los labios y los párpados de negro y me peiné con gel. Me desnudé sin afanes y me dejé mi gabán, mientras enfundaba unos guantes blancos que me quedaban pequeños.
Hacia las once de la noche, cuando el bar estaba a reventar, me dieron la señal. Encendieron los cirios y apagaron las luces. Cuando abrí el ataúd, un círculo de luz cayó sobre mi cuerpo desnudo. El humo del hielo seco inundó el salón y la estridencia de la música apagó los chiflidos y los gritos de los asistentes. Yo había elegido una frase del maestro Ortega y Gasset, que comencé a recitar con devoción desesperada, "El pensamiento es una erección y yo todavía tengo pensamientos".
La melodía de sintetizadores se impuso con un nuevo juego de luces de colores. De la plataforma circular descendió una mujer de faldita a cuadros rojo y negro, camisa blanca y una corbata roja, a medio anudar. Los chiflidos cesaron y se sintió, por fin, el eco de los aplausos.
Era la colegiala más hermosa que había visto en mi vida. Con la cara pintorreteada, acostado en aquel ataúd azul, contemplando ese candor de mujer, me sentí como un ángel desnudo y erecto.
Hoy, trece meses después, soy incapaz de recordar qué fue lo que más me espantó, si el brillo en su mirada, el temblor de sus muslos al inclinarse, la curva perfecta de sus nalgas, sus senos enormes de silicona o toda la visión en conjunto: la voz ronca de Deborah Harry canturreando "I touch myself / Ooh I don't want anybody else / Oh no, oh no, oh no." O los aplausos y los gritos cuando Verónica descendió desnuda de su pedestal y se aproximó hasta mi ataúd azul con su aire candoroso e infantil, desprevenida aún, sin sospecharlo aún, mientras yo estaba con el corazón en la mano.

   
  Primer capítulo
Por: Fernando Quiroz
   
  Segundo capítulo
Por: Margarita Posada
   
  Tercer capítulo
Por: Öscar collazos
   
  Cuarto capítulo
Por: Antonio Ungar
   
  Quinto capítulo
Por: David Sánchez Juliao
   
  Sexto capítulo
Por: Nahum Montt
   

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