Lo sé bien. Claro que lo sé muy bien. Para alguien como yo, que se llama Verónica, ponerle un paño a un hombre en la cara, como lo hizo mi legendaria homónima con Jesucristo, es una forma de que este rostro se quede impreso más que en una tela, en la memoria. Y, qué le vamos a hacer, algo parecido me ocurrió con ese vacío que a falta de un mejor nombre que le hiciera justicia a mi limbo, al desamor que siempre es proporcional al amor que desaloja, decidí seguir llamándolo Fernando. Pasó el tiempo, volaron trece meses de bronca, de injuriarlo con calificativos zoológicos: cucaracha de hospital, perro sin dueño, mono de organillo, lobísimo señor de las abominables canciones de Franco de Vita, ratón de sacristía. Pasé a injurias menos perdularias, le bajé el tono a la sarta de improperios, me aplaqué y entendí que todo era parte de un largo exorcismo.
Nunca quiso reconocer su alcoholismo enmascarado, larvado, su falta de interés sexual avasallado por una sexualidad fantasiosa que solo tenía ocurrencia en lechos imaginarios, establos con heno o camas de virreyes, mujeres de un fantasmario inasible con medias de arabescos como única prenda, metáforas salomónicas donde el pubis es un jardín, fisuras o grietas donde crece el musgo negro entre las piernas, nalgas como dunas untadas de miel y toda suerte de evocaciones sin medida. Pero de lo nuestro, de un rito repetitivo como un mantra, de nuestra relación en el ahí y en el ahora, solo iban quedando vagos recuerdos.
Los primeros tiempos, cuando nos desnudábamos en la soledad del ascensor al llegar de una fiesta, cuando teníamos como único vestido la desnudez del otro y su voz erizaba todos lo vellos de mi cuerpo y mi rostro bajo el suyo era el espejo del deseo, fueron dando paso a la molicie, a una puesta en escena memorizada por la lengua y los abrazos. Fui olvidando que mis nalgas eran la cartografía de sus manos y me fue abandonando ese olor a almendras que exhala mi piel cuando se humedece la orquídea negra que tengo escondida bajo la seda de mis pantaloncitos blancos.
El alcohol, se lo dije una y mil veces, ahogaba en sus lagunas el valle blanco de las sábanas, unas telas que antaño parecían veleros y ahora estaban cargadas de una quietud de mar en calma. Del tsunami al mar muerto, podría decirse. A veces en broma pero otras más con una rabia siciliana, le dije que lo malo del alcohol es que uno puede incluso suicidarse y al otro día no acordarse de nada. De absolutamente nada. Pero él prefería, con frecuencia, el Vat 69 a mi ebriedad natural.
Cuando lo llamé para pedirle la nevera no pensé que le estuviera declarando la guerra fría o que fuera una alusión a la imagen congelada que él tenía de mis senos, que aunque no parecen cañones antiaéreos sí tienen un color de canela y una aureola oscura que hace de base a dos pezones levantiscos.
Nada de lo que le dijera, fuera tierno o procaz, parecía interesarle pues toda su pasión ocurría en el cerebro, por lo tanto imagino que ahora que no estoy a su lado me desea con un poderoso arrebato que rompe sus moldes cartesianos. Una vez le hice una parodia de la primera canción que bailamos, un ritmo que habla de una guajira de Guantánamo:

Yo soy un hombre sin Eros
Donde no crece la palma.
Y antes de morirme quiero...

Pero nada, nada de nada, ni se dio por aludido. No hago la crónica de un abandono, solo quiero explorar en un vacío que he logrado llenar de otras voces, de otras risas y de renovadas caricias. Al hacerlo cometo con desparpajo lo mismo que hacen todos los fatuos escritores, volverme una especie de ghostwriter, de quien escribe el discurso de otro y por lo tanto cree tener en su bolsillo las verdades enajenadas de un fantasma. Pero lo hago para saldar cuentas con un pasado que no quiero ver convertido en bumerán, un pasado trunco como un disco en el momento en que se va la luz.
El tiempo que viví ese vacío con nombre de varón me hizo pensar en una frase leída en un deslomado libro al que él daba más importancia que a mi sacratísimo culo. La frase es del autor de Las flores del mal, que veía el amor como una infección: "No pudiendo suprimir el amor, la Iglesia ha querido, por lo menos, desinfectarlo, y ha creado el matrimonio". Es decir, el rumiar y la rutina, el rito que se repite hasta hacerse tedio. Fernando hizo del aburrimiento una religión.
El amor, ese niño despótico y cambiante como veleta, no solo tiraniza a los hombres sino a los dioses. Y yo, ni soy hombre ni soy diosa, solo soy una mujer que aspira a ser algo más que la funda de la almohada para que alguien sueñe imposibles, teniendo a mano mi monte venusino, mi pequeña empalizada negra agazapada entre encajes.
Me lo han dicho. Mi viejo amor hoy acude al diván, va a un consultorio como a un confesionario donde un médico de almas, que a lo mejor no tiene alma, no puede entender el tamaño del vacío que deja quien se ha entregado con todo a festejar un mano a mano de caricias como la parte más alta del amor.
No me produce satisfacción saber que aún anda herido por mi ausencia, pero sí refuerza la idea que tengo sobre la fragilidad humana buscando ayudas externas en alguien que no habita en nuestra piel. Vivir a orillas de mi cuerpo es como estar al lado de un riesgoso abismo.
Lejos de ser una Lolita, de ser amoral y no tener linderos para el deseo, creo en los dictados que entrega la percusión del pecho, creo en los secretos mensajes que intercambian la mirada y el sexo, creo en una palabra bien dicha que en concilio con el tacto o el olfato abren como una nocturna flor mi sésamo. Algo que de olvidarse es una clarísima señal de que el ciclo del amor loco ha terminado. Luego viene el cansancio, el cuerpo jubilado del territorio del deseo.
Pero no quiero pensar más en ruinas. Un amor perdido pero clavado como una estaca en el pecho es peor para un amante que para un vampiro. Deja un rastro de sangre en el silencio y una sombra lanceada en la memoria. Ahora voy a mi aire, camino entre una soledad bien habitada, tengo un nuevo y dulce nosotros. Él viene cuando lo dicta la pasión, la suya y la mía. Lo espero como quien espera la llegada de la noche. Es un tinieblo que sabe aguardar la hora precisa. Como cuando una planta de sándalo se quiebra y brota el olor de sí misma, vuelve a regarse por mi cuerpo un aroma de almendras. Lo espero con una leve ansiedad. Bajo mi amplia falda reina mi desnudez, he colgado mis calzoncitos de encaje en el pomo de cobre de la puerta de mi cuarto. Vuelvo a sentir su mástil entrando en mi bahía como una invitación a seguir navegando. Todo mi cuerpo es invadido pero a la vez es invasor. Una noche son mil noches; una palabra, todas las palabras. Nos devoramos bajo la media luz y todo se funde: el brazo y el abrazo, el beso en los lugares escondidos, mis piernas abiertas como un libro en el que solo puede leerse un capítulo perdido donde todo puede tener ocurrencia.
La noche no tiene orillas. Él tiene la llave maestra que abre mi cerrojo. Yo tengo para él dulzuras desconocidas.
Cuando se ha ido, cuando cierra la puerta luego de un beso largo como el tren transiberiano, queda un temblor en el aire pero no queda ausencia. Vive en mí como yo lo hago en su cuerpo.
Tras la despedida, algo interrumpe mi monólogo, mi exorcismo interior. Suena el teléfono y no me animo a contestar para seguir envuelta en la atmósfera que aún tiene chasquidos y susurros y un fuerte aroma de mar. Pero oigo en el contestador una voz impostada, de seductor, una voz como de línea caliente que me deja su número telefónico y la petición edulcorada de que lo llame. Dice ser de un tal doctor Posada.


   
  Primer capítulo
Por: Fernando Quiroz
   
  Segundo capítulo
Por: Margarita Posada
   
  Tercer capítulo
Por: Öscar collazos
   
  Cuarto capítulo
Por: Antonio Ungar
   
  Quinto capítulo
Por: David Sánchez Juliao
   
  Sexto capítulo
Por: Nahum Montt
   

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