El capítulo anterior
Por una profunda pena de amor, un hombre asiste a la consulta de un médico donde conoce a una enfermera que de inmediato le inspira sexo. Estos son algunos apartes:

(.) Llevaba trece meses -trece, sí, los había contado- tratando de superar el dolor por la partida de Verónica, y lo único que me interesaba era saber si las gotas homeopáticas del doctor Posada podrían curarme ese dolor (.) cuando me estaba acostumbrando a beber en las mañanas y a pasar días enteros sin probar bocado, un amigo de un amigo me habló por primera vez del doctor Posada. (.)
(.) la señorita entró al consultorio -me sorprendió que no llamara a la puerta y pensé en lo incómodo de la situación si yo hubiera estado desnudo en ese momento- y me quedé mirándola (.) Mientras recorría con sus ojos color aceituna aquel pequeño recinto, convencida, seguramente, de que yo la examinaba con morbosa atención, primero sus ojos verdes y sus labios gruesos y provocativos, luego el botón del escote que estaba a punto de explotar y, más tarde, cuando iba de vuelta a su despacho, un culo espigado que solo con mirarlo me produjo una repentina mejoría(.)


Me miró con desdén y me preguntó que para cuándo quería la siguiente cita. Yo había acordado con el doctor Posada que todos los jueves. Sin embargo, le dije que la llamaría para decirle cuándo me quedaba bien. Era una excusa para volver a tener contacto antes del jueves. Volví a decirle 'señorita' con la secreta esperanza de que me diera su nombre, pero no lo hizo. De hecho, ni siquiera levantó sus ojos del papel en donde apuntaba mis datos. Solo pronunció mal mi apellido mientras lo escribía: Placz. Yo le aclaré, Platz, con t. El detalle, en lugar de ofenderme -como me pasaba siempre que alguien decía mal mi apellido-, me enterneció. Vi con atención su mano derecha, tan fina y con los dedos tan largos, que parecía una obra manierista. El hueso de la muñeca se le salía exageradamente. No sé si sea el desamor el que lo pone a uno en estos estados tan enfermizos, pero me imaginé de pronto que, por transitiva, tendría los huesos de sus caderas igual de salidos y fue suficiente para que esa noche no conciliara el sueño hasta entrada la madrugada. Estuve fumando y tratando de pasar de la página ciento treinta de un libro de Paul Auster -era un comentario al pie en el que leía y repetía mentalmente la frase "había que tener en cuenta una infinidad de cuestiones" y me devolvía de nuevo a ver si retomaba el hilo-, pero me quedé ahí, enterrado en la suposición de sus crestas ilíacas. Finalmente cerré el libro y, a falta de su nombre, reparé en la palabra 'señorita'. Nunca me había detenido a pensar que es el diminutivo de señora. Señora en chiquito. Ella no era chiquita. Todo lo contrario: era larga, inabarcable. Cuando la recordaba me quedaban pedazos en blanco por rellenar.
Luego se me apareció onírica, virgen como la imaginaba, en un sueño extraño, en el que yo le acariciaba el pelo. Estábamos en un potrero de pasto muy alto y el viento no nos dejaba sentir la intensidad del sol, que brillaba justo encima de una montaña. No. Su piel no era dorada. Era blanca como el pan y se tornaba algo amarillenta por los visos que la tarde le imprimía. Tenía certeza de conocer su nombre ya, pero le seguía diciendo señorita, así, lento, pausado, como si fuera una muñequita. Ella solo sonreía de vez en cuando y me miraba lánguida, tendida sobre el pasto, envuelta en una especie de cobija, mientras el sol se iba yendo de a poquitos y la hacía apretarse contra mí. No me hablaba. De hecho el sueño parecía mudo. Tampoco me besaba. Simplemente estaba ahí, a mi lado, no abrazándome, sino abrazándose a mí. Cada vez que lo hacía, podía sentir sus huesos ganchudos enterrándose en diferentes partes de mi cuerpo: las rodillas, los codos, la clavícula y, por supuesto, uno de sus huesos ilíacos, que me presionaba la entrepierna cada vez que ella montaba su muslo liso sobre mí. Era una sensación rara, digamos que fría y a la vez muy íntima. Curiosamente no era clara su mirada. Lo más puntual del sueño eran sus huesos y mi mano en esa especie de canal que dividía su espalda en dos territorios independientes.
Dormí poco más de dos horas y tuve que pararme de la cama a las siete para hacer el render del video institucional que me daba de comer por esos días. Los clientes habían estado esperándome en la agencia la mañana anterior, pero yo, como siempre, había incumplido la cita por un guayabo del demonio que no me dejaba ni parpadear. Estaba ya acostumbrado al vacío de Verónica, a echar de menos sus pies fríos por la mañana. Como ya lo mencioné, a veces solo lograba incorporarme de nuevo a la vida con un sorbo de Vat 69, así que sacaba una botella con un cuncho de debajo de mi cama y después sí procedía a bañarme. Ese viernes por la mañana, de repente, sentí un alivio sobrecogedor. Todo lo que pude recordar de Verónica no eran ya pasajes nostálgicos, sino una especie de mareo que desaparecía en cuanto me agarraba fuerte de la imagen borrosa que tenía de la asistente del doctor Posada tendida en el pasto. El recuerdo -ese sí exacto, casi fotográfico- de su culo en el consultorio me abstuvo de volver a la escena cruel que antes dibujaba todas las mañanas: Verónica parada frente a mí, poniéndose un brasier de encaje negro y mirándome fríamente cuando yo me acercaba a acariciar sus pechos como siempre solía hacerlo. Luego sus palabras como espadas: "Déjame vestir tranquila. Contigo todo tiene que ser sexual, qué cosa tan difícil". La imagen se diluyó -fade out- y entró en su lugar un primerísimo primer plano del culo de la asistente. Volví a sentir mejoría.
No me preocupó ver la botella de whisky vacía. Me paré de la cama y dejé correr el agua en la ducha, para que se calentara. Vi a lo lejos un papelito encima de la mesa del teléfono. Al acercarme, en la letra torcida de la empleada que va una vez a la semana, leí: "Llamó la señorita Verónica. Que necesita resolver lo de la nevera, porque si no le da la plata ella no puede comprarse la de ella". Cogí el teléfono en un impulso que ya durante su ausencia había sentido varias veces. Venía acompañado de tensión en la cabeza e hiperventilación. Mientras esperaba concentrado en los paaas, se me quitó la rabia y pude respirar normalmente, pero no quise colgar. Al otro lado contestó Verónica con esa voz que durante tanto tiempo me pareció la única voz de mujer que había en el mundo. Esta vez la sentí algo nasal y chillona. Me destempló. Después de saludarla le dije que nos olvidáramos para siempre del asunto de la nevera. "¿Cómo así? ¿Es que no piensas aceptar que la mitad de esa nevera es mía?", me contestó. "No", le dije yo. "La nevera completa es tuya y te la hago llegar a más tardar el lunes. Que estés muy bien".
El agua seguía corriendo. Colgué sintiendo que sacando esa nevera de mi casa me deshacía de cuatro toneladas de despecho. Entonces me metí a la ducha y ahí volví a reconstruir la imagen de la mujer de mis sueños, muda, lánguida, de huesos angulosos. Recorrí hasta lo más recóndito de su cuerpo, me la aprendí de memoria. Tuve su culo espigado en frente, tan vivo, que parecía que ella estaba bañándose conmigo. La enjaboné de pies a cabeza y en lugar de perderme en el verde de sus ojos, admiré sus pestañas mojadas, que se juntaban formando racimos negros. Mi mano iba deslizándose por toda su piel, suavecita, nueva. Me la inventé tal y como me la imaginaba debajo de su bata blanca de asistente. La tuve desnuda, completa, tal vez un poco más alta de lo que realmente era. Tímidamente pasé mis dedos por uno de sus pezones. Estaba tan duro, que su rigidez me contagió. La puse contra la pared de cristanac y yo contra ella. Apareció de nuevo su espalda maravillosa y en eso sonó el teléfono. Los rings interminables me hicieron distraer y ella desapareció de la misma manera en que había llegado. Sabía que al otro lado del teléfono estaba Verónica, que no se contentaba con que le diera la nevera. Llamaba otra vez para asegurarse de que no estuviera tranquilo, para complicarlo todo. Hice un esfuerzo descomunal para traer de vuelta a la mujer de los ojos verde aceituna a mi baño y así aferrarme a su cintura. Por unos segundos lo logré. La rigidez cedió en un estallido desde la espina dorsal hasta la mitad del cuerpo. Entonces dejó de sonar el teléfono y el recuerdo de Verónica me dolió de nuevo, mientras las lágrimas se confundían con el agua.
Nunca me iba a dejar tranquilo, pensé. Como era de esperarse el teléfono empezó a sonar por segunda vez. Seguí bañándome, ya completamente liviano, entre la paradoja de estar deshecho y a la vez renovado. La tercera y la cuarta vez que sonó, también la dejé esperando. Solo a la quinta, cuando ya había salido del baño y me disponía a vestirme, le contesté. Pero no era ella. Era la asistente del doctor Posada.

La autora del capítulo
Margarita Posada tiene veintisiete años. Es periodista de la Universidad de La Sabana. Trabajó en varias revistas de la Casa Editorial El Tiempo, entre ellas Punto G y Aló. Luego fue asesora de Secretaría privada en Palacio. Una vez se gastó todos sus ahorros en un viaje a Nueva York, París y Barcelona, llegó a nuestros brazos con una mano adelante y la otra atrás. Desde hace dos años trabaja en SoHo y actualmente se desempeña como editora de especiales. El 29 de abril, su ópera prima, De esta agua no beberé, será presentada por el escritor argentino Mempo Giardinelli, en el marco de la Feria del Libro de Bogotá. Se trata de una novela que equipara frivolidades y trascendentalismos con desparpajo, demostrando así que nada es tan importante, en realidad. Sea esta la ocasión para invitarla a colaborar, no ya como periodista, sino como escritora. La segunda entrega de nuestra novela erótica quedó en sus manos.

   
  Primer capítulo
Por: Fernando Quiroz
   
  Segundo capítulo
Por: Margarita Posada
   
  Tercer capítulo
Por: Öscar collazos
   
  Cuarto capítulo
Por: Antonio Ungar
   
  Quinto capítulo
Por: David Sánchez Juliao
   
  Sexto capítulo
Por: Nahum Montt
   

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