En los capítulos anteriores
Por una profunda pena de amor, un hombre asiste a la consulta de un médico donde conoce a una enfermera que de inmediato le inspira sexo. Esa noche sueña con ella. En la ducha, él solo puede pensar en la mujer que conoció en el consultorio. Se imagina abrazándola hasta que el teléfono suena. Lo deja repicar creyendo que es Verónica, su antigua amante, llamando para saber cuándo puede recoger la nevera. Desesperado, el hombre contesta al quinto ring. Es la enfermera.
Estos son algunos apartes:
(...) Llevaba trece meses -trece, sí, los había contado- tratando de superar el dolor por la partida de Verónica, y lo único que me interesaba era saber si las gotas homeopáticas del doctor Posada podrían curarme ese dolor (...) cuando me estaba acostumbrando a beber en las mañanas y a pasar días enteros sin probar bocado, un amigo de un amigo me habló por primera vez del doctor Posada. (.) la señorita entró al consultorio -me sorprendió que no llamara a la puerta y pensé en lo incómodo de la situación si yo hubiera estado desnudo en ese momento- y me quedé mirándola (.) estaba ya acostumbrado al vacío de Verónica, a echar de menos sus pies fríos por la mañana. Como ya lo mencioné, a veces solo lograba incorporarme de nuevo a la vida con un sorbo de Vat 69, así que sacaba una botella con un cuncho de debajo de mi cama y después sí procedía a bañarme (.) entonces me metí a la ducha y ahí volví a reconstruir la imagen de la mujer de mis sueños, muda, lánguida, de huesos angulosos. Recorrí hasta lo más recóndito de su cuerpo, me la aprendí de memoria. Tuve su culo espigado en frente, tan vivo, que parecía que ella estaba bañándose conmigo.

Por Óscar Collazos

El cuerpo sigue incomprensiblemente los dic-tados del alma. O del corazón herido, el arma que golpea más certeramente al alma. Pese a haber imaginado que la mujer sin nombre tomaba la ducha conmigo, pese a haberme tomado la libertad que se toma la imaginación cuando pretende satisfacer la urgencia de un deseo, algo terrible me había sucedido y bastó escuchar en el teléfono la voz de la mujer que acababa de acariciar a mi antojo para caer en la cuenta de que hay emociones que no tienen respuesta inmediata en el cuerpo. En ningún momento, ni siquiera en un instante milagroso, había encontrado respuesta allí donde se encuentra siempre, donde los hombres encontramos respuesta a estímulos como imaginar que se acaricia a una mujer desnuda sin que ella se resista o tenerla en carne viva y desnuda a nuestro lado, complaciente en cada capricho y moldeada por el deseo
Esa respuesta, de la que las mujeres se burlan por lo inmediata o, a menudo, por la brevedad con que se manifiesta, no se correspondió con el entusiasmo casi febril experimentado en la ducha. Así que haber escuchado la voz de la asistente del doctor Posada no fue una experiencia sino en parte placentera. Llamaba a confirmar la cita y eso hubiera bastado para renovar la gratificante impudicia de mi imaginación. Pero apenas hube colgado, me paralizó de pánico saber que la intensidad de la imaginación no siempre viene en línea paralela con la excitación del cuerpo. Recordé con vergüenza un ridículo animalito embadurnado de espuma, un adminículo inmóvil y desentendido de todo aquello que le estaba ofreciendo para recompensar el trauma que siguió al abandono de Verónica, pues no hay sino traumas cuando la tusa nos invade como un virus maligno que progresa y repta dando origen a melancolía y abandono.
¿Tendría que buscar entonces remedio a dos males, a la tusa en sí misma y al efecto catastrófico que se anunciaba en la impotencia de hace un rato? ¿Podría la terapia del doctor Posada remediar el mal y su consecuencia más deplorable, técnicamente llamada disfunción eréctil? Retumbó en mis adentros la pregunta del homeópata:
-¿Así que también padece de disfunción eréctil?
-Disfunción circunstancial, doctor -me defendía yo.
Tal vez no fuera más que un estado pasajero, me consolé. Pero la melancolía y la desvalorización del amor propio, efectos colaterales de la tusa, introducían en su paisaje de escombros la preocupación de ahora. Haber encontrado que podía desear a otra que no fuera Verónica pero no poder estar a la altura de la nueva circunstancia, del relámpago de vida y acaso de cura que se insinuó desde la primera visita al consultorio del doctor Posada, añadió más confusión a la confusión de esos días. Aunque fuera alentador saber que la asistente todavía sin nombre era muy distinta a la amante que me abandonó, comprobar que su belleza era de una altanería silvestre, no podía ser sino motivo de desasosiego. Recordar el episodio de la ducha, exultante por la manera como el cuerpo desnudo de la mujer obedecía a mis caprichos, fue en cambio deprimente por la evidencia tardía de no haber contado con la complicidad de mi verga, palo mayor de una nave a la deriva.
¿Me había excitado en las visitas anteriores, siquiera por un instante, cuando la asistente de Posada se me reveló en su fantástico atractivo de hembra? No había pensado en ello. No había por otra parte motivos para que mi cuerpo respondiera automáticamente a ese estímulo. Las circunstancias de lugar tampoco habían sido propicias. Mi paso por la recepción del consultorio había sido fugaz, fugaz la imprudente irrupción de la mujer cuando me despedía del doctor. No eran fugaces en cambio las licencias de mi imaginación. ¿Buscaba mi propia cura inventándome a una mujer que a manera de capa geológica se sobrepondría a la anterior, pensando en la asistente como remedio al mal que me aquejaba, tragedia que no solamente me amenazaba con el ruinoso pago de los honorarios del médico sino con esa progresiva dedicación a la bebida y la incapacidad crónica de conciliar el sueño?
Podría estar recibiendo señales equívocas, temí en esos momentos de incertidumbre. Cabía la posibilidad de que la mujer no estuviera insinuándose sino comportándose de manera natural y con la simpatía estereotipada de siempre. Podría tratarse de una de esas mujeres para quienes la amabilidad no excluye la coquetería, mujeres que nunca desarman los dispositivos de un Eros que será siempre mensaje equívoco en la percepción de los hombres.
Algo había conquistado en medio del desamor que llamamos tusa. No sé aún qué imagen evoca la mazorca del maíz desgranada, áspera ya en su desnudez vegetal. La verdad es que las campanas del deseo repicaron de nuevo. La tusa, pensaba, era una travesía del desierto larga y tortuosa, algo desprovisto de grano fértil, así que el fulgor repentino emanado de una mujer distinta a Verónica me hizo abrigar esperanzas en medio de la zozobra. La tusa podría volver a ser mazorca. Así fuese el fulgor del fuego fatuo, estaba dando un paso firme hacia la otra orilla.
Devolví la llamada al consultorio de Posada, no tanto para confirmar la hora y fecha que la asistente me acababa de dar como para cerciorarme de que esa voz -grave efluvio melodioso- producía un nuevo tañido de campanas. Sentí en la piel el lejano, turbador repique como si se tratara de la invitación a una nueva ceremonia pagana. No iría a la hora propuesta. Pensé que si llegaba antes, cuando el doctor estuviera aún con un paciente, tendría tiempo de contemplar desde el sillón de la sala de espera a la mujer que se abría a mis sentidos como una esperanza de redención. Podría medir el tamaño de mi emoción, espiarla a hurtadillas, tomarme la libertad de imaginarla como la había imaginado, ya no ausente sino presente en el objetivo de mis miradas, figurarme, no que seguía sentada detrás de un escritorio y frente al teléfono sino expuesta, sin saberlo, a la mirada de quien espía desde la ventana opuesta hacia una habitación iluminada donde una mujer juega con su cuerpo. Tal vez así empezara a producirse el milagro.
Esa noche bebí menos de lo acostumbrado, dormí tanto como en las noches anteriores, es decir, poco y mal, pero el sueño me ofreció el consuelo de una erección debida quizá a la visión de una mujer que se desnudaba en mi cuarto y me impedía tocarla, un extraño sueño en el que la mujer tenía el cuerpo deseable de la asistente de Posada y el deplorable rostro de Verónica, cuerpo y rostro contradictorios, obstinados en el propósito de impedirme acariciarlos, Verónica cerrando los ojos de placer, el cuerpo de la otra acariciándose primero los senos, complacida luego en la lentitud de la mano que descendía al pubis, cuidadosa en la caricia que la yema del pulgar regalaba al clítoris, rostro y cuerpo próximos e imposibles.

   
  Primer capítulo
Por: Fernando Quiroz
   
  Segundo capítulo
Por: Margarita Posada
   
  Tercer capítulo
Por: Öscar collazos
   
  Cuarto capítulo
Por: Antonio Ungar
   
  Quinto capítulo
Por: David Sánchez Juliao
   
  Sexto capítulo
Por: Nahum Montt
   

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