Un crítico se preguntaba alguna vez por qué el escritor Germán Espinosa, cuyo tránsito mortal sobrevino anteayer, fue tan arbitrariamente canonizado en su patria y en ámbitos intelectuales y universitarios de otros países, cuando no resultaba muy discernible que, en verdad, su obra constituyera un aporte valioso a las letras castellanas y mucho menos a las universales. La presente nota obituaria, que no pretende sostener esa falacia, intentará explorar en las razones de ese error aclamado, de esa equivocación en que incurrieron tantos lectores e incluso críticos de nota.

Hay que considerar, en primer término, el modo como Espinosa soslayó los caminos abiertos por las vanguardias del siglo XX —aludimos en especial a las de nuestro continente—, que al público, por esas veleidades que le conocemos, acaso habían empezado a hastiarlo. Tanto "experimentalismo gratuito", como el propio autor cartagenero lo calificó, tal vez producía ya un fenómeno de empalago.

Mas la literatura de Espinosa —como lo demuestra su poesía, en la cual perduran formas desuetas como el soneto o, en general, la métrica silábica o acentual— era una reposición entremezclada de escuelas y procedimientos del pasado, mandados a recoger hacía varias décadas, pero que él, al combinarlos con cierta astucia poco sincera, hacía parecer novedosos ante los ojos de primíparos o de comentaristas pipiciegos. Creía, por ejemplo, que el verso y la prosa debían seguir siendo "musicales", concepto heredado tal vez de esa corriente deplorable, surgida a fines del siglo XIX, llamada "modernismo". Sorprendentemente, a multitud de estudiantes y de lectores jóvenes logró cautivarlos con tales expedientes, por suponerlos "destrezas" y no meras vejeces. A ello contribuyó, en los decenios finales del siglo XX, la evidente decadencia de las vanguardias.

En segundo lugar, vale la pena preguntarse si, al traicionar la tradición latinoamericana para dejarse anegar por modelos del "intelectualismo" europeo, Espinosa no tendería tan solo una red para captar incautos. Novelas, verbigracia, como La tejedora de coronas o La balada del pajarillo no hicieron sino insistir en esa vana interrogación sobre el hombre y el universo que había agotado hacía mucho tiempo la novela burguesa. Al apartarse de prácticas ya afincadas como el magnífico e irreemplazable realismo mágico, que tanto éxito se ha granjeado y se granjea y seguirá granjeándose en el mundo entero, Espinosa dio a algunos la sensación de incorporarse a corrientes "universales", cuando no hacía sino interpolar influencias "cultas" extrañas a nuestra geografía, a nuestro temperamento y a nuestras costumbres.

Una muestra de lo anterior la aportan, entre muchas otras prácticas extravagantes, su afición a hundirse en los pliegues más abstrusos de la psicología de sus personajes, en momentos en que la "novela psicológica" se hallaba hacía tiempos difunta, dado el predominio de lo real maravilloso que, según uno de los grandes del boom (de aquellos que llevaron la literatura de Latinoamérica a sus más altos logros), constituía la única respuesta posible a la decadencia de la novela escrita en el Viejo Mundo. No sobra recordar aquí de qué modo autores europeos como Günther Grass y Süskind reconocieron públicamente el influjo ejercido sobre ellos por el realismo mágico. No es que Espinosa fuera pobre en acción o en anécdota, pero su abuso de la reflexión pretendidamente "filosófica" lo situaba fuera de las fronteras naturales de la novelística criolla, con lamentable olvido de los senderos sabiamente trazados ya por nuestros novelistas más ilustres. Acaso esa deslealtad explique el entusiasmo que su obra despertó en la oxidada crítica francesa.

Otro de los señuelos artificiales lanzados por Espinosa para descrestar incautos fue el de su presunta "erudición". Hay que reconocer en honor a la justicia la forma como él mismo insistió, cada vez que esta palabra salió a colación en entrevistas que le tomaban, en no haber sido jamás un "erudito", sino solo un gozoso investigador de los temas y elementos que incorporaba en sus libros. Pero no pocos críticos insistieron en asombrarse estéticamente ante sus arrumes de referencias históricas y librescas, sin ver que en el relato ello supone una sobrecarga que mata la espontaneidad. Además, con motivo de su fallecimiento, ya asoman algunas voces que señalan cómo algunos libros por él citados en sus cuentos y novelas, lejos de ser reales y de autores de carne y hueso, eran producto pérfido e irresponsable de su fantasía.

No olvidemos cómo, hace un tiempo, cierta universidad incurrió en la exuberancia de publicar dos gruesos tomos con los Ensayos completos de Espinosa, que asimismo han obtenido cierta bendición entre la crítica desorientada. ¿No sería saludable preguntar por qué en aquellas piezas, casi todas de orientación literaria, pero algunas pretendidamente "teológicas", el autor no se ocupó sino muy rara vez de escritores colombianos, mientras se prodigaba en elogios de argentinos, mexicanos y, sobre todo, europeos? ¿Por qué no escribió jamás el ensayo sacramental, exigible a todos los ensayistas de esta latitud, sobre la obra laureada de Gabriel García Márquez? ¿Jamás obró en él el reclamo de la raza y de la sangre?

Cierto que escribió ensayos extensos y laudatorios sobre Guillermo Valencia y Luis C. López, mas no olvidemos la lección del formidable crítico estadounidense Raymond Williams, quien nos señaló al primero como un "poeta mediocre", ni las señales que han dado poetas como Harold Alvarado Tenorio en el sentido de expulsar al segundo de las antologías de poesía, pues ni siquiera es posible considerarlo verdaderamente un poeta. ¿Qué veía en ellos Espinosa? Nos parece que, a secas, la filiación modernista que lo sedujo desde esa adolescencia rebuscada, pero macilenta de ratón de biblioteca de que nos habla en sus memorias, llena siempre de Rubén Darío y de Lugones, dos poetas hoy rechazados por la modernidad literaria.

Indicaremos, por último, el abuso que hacía Espinosa de vocablos extraños al uso corriente, solo por lo que suponía —lleno como estaba de conceptos antediluvianos— su buen efecto musical o su capacidad, para nosotros del todo inexistente, de dejarnos boquiabiertos. Vicio o defecto que increíblemente aplaudieron no solo jóvenes de primeras lecturas, sino también comentaristas veteranos hipnotizados por este saltimbanqui con actitudes de sacamuelas de provincia. Sin duda, era devoto frecuentador de enciclopedias y se solazaba obligando al lector a consultarlas.

Ello, fuera de constituir una pedantería insufrible y como todas ellas reprobable, delataba también lo que un comentarista caribeño denunció como su actitud arrogante (citaba en varias lenguas y no traducía las citas) y su inocultable "egolatría". Nos parece que se representaba a sí mismo, en sus cavilaciones solipsoides, como el escritor por excelencia. Al bajar a la tumba, quizás no sean cenizas lo que quede de él con el transcurso de los años, sino —como con ademán engolado lo diría en su jerigonza culterana— "pavesas" o "favilas". También sus libros, para fortuna de una literatura latinoamericana que no necesita de este tipo de tramoyistas, irán haciéndose cenizas para futuros lectores que respeten y retornen a nuestra tradición y al culto de nuestros valores genuinos. Paz y olvido, pues, en su tumba y guerra y olvido a sus panegiristas, para que también nosotros obtengamos una paz razonable. .

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