Pasó por esta vida mintiendo y predicando su mentira. Como el fundador de su religión inicua, no tuvo una palabra de amor por los animales. Ni una sola vez levantó su voz para defender a las ballenas que sus congéneres matan con arpones, ni a las focas que exterminan a garrotazos, ni a las vacas que acuchillan en los mataderos como acuchillan a los marranos en las fincas de Colombia la asesina y la borracha para celebrar en las navidades la venida al mundo del Niño Dios. No le dio el alma para sentir el dolor de su otro prójimo, el más humilde y más abandonado. En un planeta superpoblado, cuyos ríos son cloacas y cuyo mar se está muriendo, se opuso al control natal. Viajó por África negra devastada por el sida predicando contra el uso del condón y a América vino a lo mismo, arrogándose por todas partes el título de defensor de los que aún no han nacido como si ellos se lo hubieran dado desde su nada. ¡A dónde no fue! A Bosnia, Suiza, Rusia, Guatemala, México, viajando en jet privado, recibido por la gentuza del poder y la chusma novelera, llevando a todas partes su mascarada innoble. A Colombia no podía faltar, el país más católico de la Tierra. Aquí estuvo, aquí lo vimos, aquí lo oímos, aquí nos vino el manirroto a repartir sus bendiciones. ¿Cuántos nacieron, a la sombra de su prédica, después de su visita? Millones. Millones destinados al horror que su palabra mentirosa llamó "el banquete de la vida". ¿A cuántos niños colombianos nacidos con su bendición acogió en el Vaticano? A cuántos salvó de acabar como sicarios al servicio de los paramilitares, el narcotráfico, la guerrilla? ¿A cuántos? ¿A cuántos? ¿Y a cuántos niños africanos con sida? Sucedía a un papa bondadoso que reinó pocos días y que murió en circunstancias extrañas, acaso asesinado en una conjura palaciega por la Curia tenebrosa y con la complicidad de Dios. Pronto se reveló como el que era, vástago de la estirpe de los impíos, la de Pío Nono, Pío Décimo, Pío Doce y la alimaña tonsurada de Pablo Sexto de almita ponzoñosa. De ellos heredó los palacios, las obras de arte, la púrpura, el oro, los baldaquines, la Guardia Suiza, el puño firme para gobernar, la verdad infalible. Manos solícitas de monjas, curas, obispos y cardenales lo atendían, lacayos de mucha o de poca monta. De cuanto granuja hay con poder se hizo recibir o los recibió en sus palacios vaticanos. Para ellos sí estuvieron siempre abiertas las puertas de la ciudadela mas no para los desposeídos de la Tierra que por él nacieron. Pastor de su inmensa grey, el rebaño con garras, se creía dueño de la verdad y la conciencia moral del mundo. A Cuba fue a cohonestar con su presencia los crímenes del tirano y a fotografiarse con él. Tal para cual. Se necesitaban ambos para legitimar cada quien su vileza con la del otro. ¿Y los treinta y cinco años que el carcelero de Cuba persiguió a su Iglesia? ¡Se le olvidaron! Por todo el planeta paseó el espectáculo de su vanidad de pavorreal, chapuceando idiomas como si le quemaran las plumas del trasero las lenguas de fuego del Espíritu Santo. En los primeros años de su pontificado y sus primeros viajes no bien bajaba del avión se arrodillaba a lo Pablo VI en la pista del aeropuerto a besar el suelo como conquistador que toma, con el culo al aire y a los cuatro vientos mientras suena la fanfarria, posesión de la tierra. Le quedaron faltando el genocida de Saddam Hussein y el hampón de Libia pero ya los tenía en la mira. Al terrorista de Arafat lo recibió en el Vaticano, cuyas puertas estuvieron siempre abiertas de par en par para los detentadores del poder, de la calaña que fueran. Cómplice con su silencio de las escuelas terroristas coránicas, de los ayatolas asesinos de Irán y de toda la ralea musulmana, los cortejaba con sus falsedades de jesuita y sinuosidades de Maquiavelo. Siervo de los poderosos, se las daba de paradigma de la independencia moral. Enfermo de vanidad, su fatuidad lo movía a querer ser siempre el centro de la atención de todos. Nada sabía pero se creía dueño de la verdad. Sostenida por los menesterosos de este mundo la pompa de su Iglesia limosnera le echaba incienso y el lobo disfrazado de cordero lo aspiraba. La pederastía de sus curas y obispos de Boston y de Chicago le drenó las arcas de sus diócesis más lucrativas y le hizo perder muchas ovejas de su rebaño norteamericano, ¡pero qué importa, le quedaba México! Canonizador manirroto con tal de que lo vieran, devaluó hasta la santidad. En sus solos años de pontificado canonizó a más que sus 264 predecesores juntos en dos milenios de historia de la Iglesia. País que le diera limosnas, país que premiaba con un santo. Varios centenares de beatificados le tocaron a México, mina de oro. Cansado de bendecir, al final le dio a pedir perdón, y hasta a Galileo le tocaron sus lloriqueos porque la Tierra al final de cuentas siempre sí resultó girando alrededor del Sol. A su sucesor le queda la tarea de pedirles perdón a los homosexuales, que le quedaron faltando. Era homofóbico rabioso. Babeaba y temblequeaba sin pudor mientras hacía teatro y hablaba con voz tartufa. Sigue el entierro, el show televisivo, la última mascarada, la farsa póstuma, convertido el pavorreal en cadáver protagónico. Sigue el cónclave, un cónclave amañado de cardenales títeres a quienes él nombró y a quienes seguirá manipulando, por unos días, desde ultratumba. Sigue el ascenso al trono del sucesor, quien continuará su política de canonizar a lo manirroto y quien, pasado un tiempo prudente, a su vez lo canonizará. Entonces la santidad se habrá convertido por derecho propio en sinónimo de la infamia.
 
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