Tres noticias han cambiado el pulso del planeta: la privatización de la muralla china, el terremoto que aniquiló a México D.F. y la muerte de Diego Armando Maradona. Escribo estas notas con la culpa y el dolor del sobreviviente. La única construcción discernible desde la luna se ha convertido en un parque temático, la ciudad donde nací es un laberinto recorrido por perros callejeros y el futbolista más grande de todos los tiempos ha hecho su última jugada.
El acuerdo de suspender por un domingo las ligas del mundo rindió tributo a la grandeza de Maradona. La muerte del zurdo ha traído un extraño consenso póstumo. Para la gente del Boca Juniors, el Pelusa era el Dios de los pies pequeños. Lo decían varias canciones sentimentales, lo decía el fervor de la barra brava, lo decían las votaciones de internet, pero no se tomaba en serio la posibilidad de que alguien tan gamberro representara a la tribu entera. El rey tenía que ser otro. Ahí estaba Pelé, con su incomparable palmarés: tres copas del mundo, la primera de ellas conseguida a los 16 años. En su calidad de ídolo que aspira a ser institución, Edson Arantes ha sabido jugar fuera de la cancha. Sus excentricidades no pasan de un monomaniaco gusto por las rubias o alardes como llegar al Mundial de Alemania 74 vestido de rojo, azul y blanco porque estaba contratado por la Pepsi. La vida de Pelé tiene una cadencia fácil de silbar. El niño que jugaba de noche en los arenales sirviéndose de la luna como único reflector fue adoptado por el Santos y luego por la selección. Entre las muchas jugadas que inventó durante su reinado, ninguna rivaliza con su forma de celebrar los goles, un salto elástico seguido de un latigazo al aire con el brazo, demostración de que nada es tan elegante como el triunfo.
La admiración por el brasileño fue tan generalizada que su gol número mil se siguió en televisión como el alunizaje de Armstrong. Incluso su paso por el fútbol de Estados Unidos estuvo revestido de categoría. Militó en el Cosmos con otro lujoso prejubilado, Franz Beckenbauer. Cuando llegó la compleja hora de decir adiós, lo hizo sin perder el compás del samba que es su biografía. Fue a los barrios pobres cargado de juguetes, jugó fútbol de playa con los niños, ayudó a la Unicef. Ante los micrófonos y en el ministerio de Deportes, reforzó su aura de icono al que le sobran buenas intenciones.
Cuando agonizaba el siglo XX, la FIFA cometió el error de buscar al mejor futbolista de la historia (con la consecuente división del gremio) y los expertos votaron por el Rey. Los comicios abiertos que se celebraron en internet tuvieron otro ganador: Maradona. La prensa comentó entonces que los ciberfanáticos eran demasiado jóvenes para apreciar las proezas de Pelé entre 1958 y 1970: cuatro Mundiales y tres trofeos.
Sólo la muerte del 10 argentino ha permitido revisar la hagiografía del balón. Como Pelé, Maradona emergió de un barrio miserable y alcanzó la cima de su oficio. Fue campeón juvenil en 1979, campeón del mundo en 1986 y subcampeón en 1990. Pero su estrella tuvo un brillo inconstante. Menotti lo dejó fuera de la selección de Argentina 78 y esto le impidió coronarse desde muy joven; llegó a España 82 en calidad de gran promesa, con la mejor alineación argentina de la historia, y fracasó en la justa, en parte por la calidad de sus rivales (Brasil e Italia) y en parte por el estado de ánimo de quienes representaban al país que había ido a la guerra a las Malvinas. Su último Mundial también resultó conflictivo. En Estados Unidos 94 fue escogido para el examen antidoping y dio positivo por haber tomado efedrina, medicamento que abre las vías respiratorias. Cuesta trabajo creer que el capitán argentino llegara a esa situación por sorteo. Opositor anárquico, sin la ideología precisa de Cantona ni la capacidad retórica de Valdano, Maradona se enemistó con Havelange, máximo jerarca de la FIFA, denunció la condición de ganado de lujo de los futbolistas y pobló su vida privada de caprichos poco edificantes. Sus fotos vestido de mujer en una fiesta con Careca, usando los calzoncillos que Versace parece haber concebido para la vida íntima de los narcos o con la mirada brillosa de quien ha desayunado algo más explosivo que un cereal, hacían pensar en un boxeador encumbrado y a punto de caer. Hasta para celebrar Diego podía ser rabioso. Cuando le anotó a Grecia en Estados Unidos 94 corrió hacia una cámara y rugió ante el lente como un león que desafía las armas de su cazador. Esa imagen lo aleja de la alegría de Pelé. Impulsado por la estrategia paranoica del entrenador Bilardo ("tenemos que mantenernos unidos porque todos están contra nosotros"), Maradona actuó como un titán acorralado.
En definitiva, el chico de Villa Fiorito sólo se sentía cómodo con la pelota. Al pasar por una frutería pensaba en chutar melones y dominar mandarinas. A propósito de la selección de Portugal en la Eurocopa 2004, un periódico opinó que carecía de vicios: "Ni fuma ni bebe ni juega". De Maradona podía decirse lo contrario; su temperamento superadictivo ignoraba la noción de límite. No hubo partido en el que no se entregara con la avidez del debutante ni placer que le gustara "un poco". En 1984, cuando llegó a Nápoles y probó el spaguetti al aglio, olio e peperoncino, supo que engordaría con esa irrenunciable delicia. Poco antes había contraído la más peligrosa de sus adicciones. En Barcelona padeció una larga hepatitis y la fractura de un tobillo; además, se enfrentó al exigente y frío entorno catalán. Se consoló con un producto regional que ahora protagoniza las canciones del potente grupo Estopa: la cocaína. Alguien que sabe que un balón existe para golpearlo al menos cien veces sin que caiga al suelo, no iba a ser ahorrativo en materia de gramos.
El mayor desafío psicológico del futbolista es la distancia que separa la cancha del resto del mundo. Diego fue de una humildad ejemplar en la isla de césped; fuera de ella, estalló como una dramática supernova. Ningún héroe deportivo ha llorado tanto en público, jurado tantas cosas por sus hijas, aceptado con tal sinceridad haberla cagado. Figura de ópera, encontró su teatro ideal en Nápoles. Descendiente de los italianos que buscaron refugio en el sur del mundo; no jugó para la Italia de los diseñadores de boutique sino para los fogoneros que encontraron una forma redonda y barata de combatir el hambre con las pizzas. Con él al frente, el equipo albiceleste conquistó el scudetto por primera vez en seis décadas. Una tarde, los nombres de los héroes en las calles napolitanas fueron tachados para ser sustituidos por el del único prócer que reconocía la grey: Maradona. Estuve en el estadio San Paolo cuando Argentina eliminó a Italia del Mundial. Antes del juego, el astro había arengado a los napolitanos, recordándoles que su ciudad se parecía más al barrio de Palermo en Buenos Aires que a las acaudaladas galerías de Milán. Con el corazón dividido, los napolitanos apoyaron a su selección hasta que llegaron los penales y tocó el turno de Maradaona. Uno a uno, los artilleros argentinos habían sido silbados. Un silencio sacramental acompañó el tiro maestro del zurdo. Ningún gladiador ha convencido de ese modo a su enemigo.
Como acaba de comprobar el Real Madrid de las estrellas, el fútbol es un juego de conjunto. Solo una vez ha habido un futbolista capaz de hacer la diferencia. En 1986, Maradona habría llevado al título a Irak. Sus goles contra Inglaterra revelan el alcance de su picardía. Anotó con la mano el mejor gol ilegítimo de la historia y burló a media docena de súbditos de la reina para anotar el mejor gol
legítimo.
Ahora que México D.F. no es sino un vértigo de ruinas conviene recordar proezas en el Estadio Azteca. A propósito del Brasil de México 70, Pasolini escribió que jugaba fútbol de poesía. Pocas veces ha habido mayor sentido del ritmo que el que prodigaban Carlos Alberto, Tostao, Pelé, Jair y Rivelino. En cambio, en México 86, Argentina era Maradona.
"Nadie me ha dado tanta felicidad en mi vida", me dijo un taxista de Buenos Aires, aquejado de diegodependencia. No le faltó cariño a Maradona y, en cierta forma, eso contribuyó a su caída. El astro se desentendió de la lógica formal y condujo su vida al tercer acto de la ópera. El primero había sido el ascenso desde la pobreza; el segundo, su gloria como solista. Vino el periodo del desplome y la prensa tabloide. El jubilado gordo golpeaba fotógrafos, se estrellaba a bordo de un coche deportivo, hacía estridentes declaraciones políticas, salía de la clínica de desintoxicación para ingresar al pabellón de la sobredosis. Tal vez en la inmolación pública encontró una desesperada manera de prolongar la furia sacrificial que lo llevó a la cumbre.
Su retiro se asemejaba al de O. J. Simpson, el hombre que aprendió a correr de la pobreza y transformó su paranoia en arte de la fuga. Con los Buffalo Bills devoró yardas récord y, ya retirado, hizo anuncios de televisión en los que corría por aeropuertos para atrapar un vuelo esquivo. Algo en su sangre lo impulsaba a seguir huyendo. Su esposa fue apuñalada y él escapó a bordo de una camioneta Bronco. La televisión lo siguió como lo había hecho en los estadios hasta que finalmente se entregó. Su habilidad de Houdini continuó en los tribunales. El guante del asesino le quedó de maravilla, pero el ídolo escapó a la justicia.
Más sincera y trágica fue la última opción de Maradona. Cuando la FIFA lo retiró del Mundial, dijo: "Me cortaron las piernas". El héroe murió por partes. En su retiro de Cuba, pudo decir como el personaje de Jensen en Gradiva: "Hace mucho que me acostumbré a estar muerto". Incapaz de abrazar las posteridades obvias del fútbol (comentarista, entrenador o directivo), ni siquiera aspiró a esa resignada forma del más allá deportivo: abrir un restaurante argentino. Su conducta cívica fue una sostenida provocación. Sus apariciones en el palco de Boca con el pelo amarillo lo malquistaban con los exigentes y lo congraciaban con cualquiera que hubiera bebido diez cervezas. Homérico en las canchas, actuó como Homero Simpson en el retiro. Demolió su reputación como un raro gesto de pureza. Sólo se puede hablar bien de él en la cancha. ¿No hay algo casi religioso en este esencialismo? Maradona dilapidó lo que el mundo le daba para que solo quedara la razón por la que se lo había dado.
El fútbol ha tenido un rey, Pelé. El egresado de Villa Fiorito estuvo lejos de las jerarquías nobiliarias. El ultraje lo alimentó tanto como la miseria del comienzo. En un juego de conjunto, llevó su calidad individual a un límite superior. Diego Armando Maradona ha muerto. En el fútbol, solo una vez un hombre fue todos los hombres.

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