El 19 de julio pasado, el escritor y humorista gráfico argentino Roberto Fontanarrosa perdió su lucha contra la enfermedad que lo aquejaba desde hacía tres años. Convencido de que su trabajo no tenía por qué depender de sus mermadas capacidades físicas, se había propuesto ganarle la partida a un extraño mal neuronal a través de su más entrañable arma: el sentido del humor. Por eso, su muerte nos sorprendió y nos dolió tanto, y siempre se nos antojará injusta y prematura. Fontanarrosa fue uno de los mejores escritores, acaso el mejor, con quien SoHo tuvo el privilegio de contar. El hecho de que hubiera elegido estas páginas para estrenar algunos de sus cuentos y ensayos sobre fútbol y vida será siempre uno de nuestros grandes orgullos, como lo es también el que hubiera decidido aceptar nuestra última invitación a escribir, hace algunas semanas. Producto de su fuerza de voluntad y del amor por su equipo del alma, es el delicioso texto "Mi historia con Rosario Central", relato póstumo que presentamos en esta edición. Su monumental obra lo sobrevive, pero no hace menos dolorosa la partida del hombre, el amigo, el habitual cofrade del bar El Cairo en su natal Rosario, el fanático seguidor "canaya" y el pensador de salidas ingeniosas y desopilantes. Cabe, al menos, la alegría de volver a sus relatos de futbolistas y compadres, de enternecernos con los infortunios de Inodoro Pereyra, el Renegáu; o de hacer una mueca por cada balazo del cínico Boogie, el Aceitoso. Y otra vez, como siempre, reiremos a mandíbula batiente, aunque en lo sucesivo, las carcajadas vayan acompañadas por la bronca de saber que, ahora, vivimos en un mundo sin Fontanarrosa.

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