William querido, ¿cómo están todos en casa? ¿Qué tal Güiliancito? ¿Brayan? ¿Heredaron tu vozarrón? Me alegra. ¿Y los papis, qué tal? Bendito Dios.
Yo te escribo para decirte, William, que con los años, de odiarte he pasado a quererte. Sí, ya lo ves, como les pasa a los enamorados. Como pasa con el jefe o con los vecinos. Como pasa con los amigos o con las empleadas del servicio doméstico. Y te digo más. Celebré en su momento cuando, valiente como eres, William, postulaste tu nombre a la Alcaldía de Bogotá.
-¡En hora buena! -me dije. -¡El señor es mi pastor, nada me falta! -se dijo mi abuelita. -Dios es mi copiloto -se dijo mi tía. Y todos nos jactábamos de la dicha.
No porque abandonaras los micrófonos del Canal Caracol dejando tu sonrisa de dientes postizos que posabas al lado de Adolfo Pérez (porque son postizos y lo sabes). Tampoco lo celebré porque fueras a dejar de poner salsa en tu emisora Candela Estéreo. O porque fueras a dejar de grabar canciones interpretadas por ti en discos de acetato.
Mucho menos porque se acabara con la posibilidad de verte en programas como El gran juego en el que a tus 55 años, y sin rubor alguno, haces un giro rápido de 360º que llamas "el Trompo" y con el que eres el hazmerreír del público. No, no por eso.
Me alegró la idea de que fueras el burgomaestre avalado por el Partido Conservador, porque yo te proyectaba, mi William, en la plaza pública diciendo: "Tapar los huecos de la ciudad requiere de un presupuesto que se va por encima del palo de mango". Así como te gusta. Te veía diciendo: "Ampliamos el número de casas para niños desplazados y acuéstemen a Güiliancito y que no me esperen en la casa". Me imaginaba eso. Y una valla tuya diciendo: "William Vinasco Ch. está gobernando con caché".
Pero no, malaya la hora en la que perdiste las elecciones y volviste al micrófono. ¿Por qué el pueblo que tanto animas no habrá votado por ti? ¿Será acaso porque siempre has sido un narrador y no un inteligente y agudo comentarista? Porque, William, no olvides que en Colombia el narrador dice qué es lo que el televidente debe ver; y el comentarista dice qué es lo que el televidente debe pensar.
Vaya lástima. Pero luego, el runrún que te lanzabas al Senado por el Movimiento Comunal Comunitario me alegró otra vez, William, y recordé el poema que siempre nos has enseñado: "El que pierde un capital, pierde mucho. El que pierde un amigo, pierde más. Pero el que pierde la fe y la esperanza lo pierde todo". Y me imaginé esta vez tu paso por el Congreso, tu llegada al recinto en tu Mercedes Benz plateado. Te imaginaba allá en una plenaria, refiriéndote a los proyectos de la bancada de oposición con un: "Eso es mucha pelota, compañero, compañero". O, desde tu curul, vehemente, diciendo: "Y mientras el Ejecutivo se roba la plata, el Judicial muerto de la erre".
Lastimosamente claudicaste. Y volviste a ser el mismo, ese que seis años atrás no solo confesó que había instalado un jacuzzi en la sala de su casa, de lo cual existen fotos y lo sabes, sino que además, confesó que en ese jacuzzi había "mucho toque toque y de aquello nada". Cuando en realidad, todos lo sabíamos, en esas aguas burbujeantes hacías esa otra cosa "que más te gusta hacer en la vida".
¿Qué sorpresa nos tienes preparada ahora para el Mundial? ¿Qué vas a hacer, Willi? ¿Poner una sevillana para animar a la selección española? ¿Un tango para inspirar a Riquelme en el último minuto? Vas a seguir cometiendo los mismos errores: "Es pelota de aíre". "Pica de rapidez". "El jugador está en poder de la pelota". A favor de quién vas a usar tu infortunado:
". que no, que no, que no, que no, que no".
Mi William, tu problema es, sobre todo, de forma. De estilo. De estética. Esa cosa tuya folclórica, carnavalesca, con la que haces tu trabajo, ese derecho que te abrogaste de interpretar nuestra cultura, esa cosa tuya de ser lobo, de tratar a los televidentes como bañistas en Melgar, eso de creer que encarnas lo que les gusta a los colombianos, eso es lo que me hace odiarte, William, es eso. Bueno, y tu sonrisa postiza.

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