Empieza así: un bebé rubicundo, un entretejido de cartílagos transparentes con los omóplatos de una mariposa y las orejas de un elfo. Los dedos estambres finos y una sonrisa pura encía que enternece a madres, tías y abuelos.
Un bebé. Algo un poco más acá del embrión, alimentado a leche y nanas para dormir, arropado del frío, protegido del sol. Un gajo de tres o cuatro kilos de carne, intocado por el alcohol y (con un poco de suerte) sin golpes. Un cerebro virgen de dudas, mala conciencia, traumas y pudores. Una tela en blanco donde papi y mami pueden pintar lo que quieren.
Entonces, a veces, sigue así: papi y mami pintan la tela con sangre.
O, simplemente, el bebé crece.
Y empieza la infancia. Ese moridero.
De la guirnalda de lugares comunes con que se adorna a la infancia -la ternura de los niños, su imaginación sin límites, su risa plural y contagiosa, sus dibujos espontáneos- no creo en ninguno.
Donde otros adultos ven imaginación sin censura yo veo dibujos sin sentido; donde otros ven frases a las que otorgan la categoría de verdades reveladas, yo veo oraciones torpes dictadas por la ignorancia del idioma. Donde todos los padres ven genios, yo veo humanos a escala que, en su mayoría, serán señores y señoras comunes que no descubrirán el origen del universo ni escribirán la novela perfecta, que tendrán empleos anodinos y envejecerán viendo televisión junto a hijos perfectamente comunes en los que, a su vez, querrán ver a niños genios.
El etcétera es eterno.
No hay lugar en el mundo para tanto Einstein, pero todos creen que sí.
En mi vida no hay niños: propios, prestados, ajenos, en custodia.
La ausencia no es casual, sino deliberada: me crispan los niños caprichosos, no sé de qué hablar con los tímidos, me irritan los hiperestimulados a quienes se exhibe con el orgullo de obras perfectas ("Esteban tiene once años, ve películas de Woody Allen, y quiere ser DJ"), pero también, y sobre todo, no veo en la infancia (la propia, la ajena) nada encantador.
En agosto pasado, en un vuelo entre Buenos Aires y Bariloche, una mujer y su beba viajaban detrás de mí. Cuando recliné mi butaca, la mujer me advirtió: "No te reclines, que estoy con la nena". Le hice caso y me dormí. Desperté sobresaltada por una turbulencia de hecatombe. Pensé que era el fin, pensé "Nos caemos". Pero a mi alrededor todos dormían y por la ventanilla se veía, plácido, el más prístino de los cielos: la única butaca espástica era la mía. El temblor venía de atrás. La pasajera -la sacrosanta madre- había puesto a saltar a su retoño sobre la mesa abatible. La niña gorjeaba de felicidad, y la madre daba grititos de aliento a la carne de su carne, a la luz de sus ojos, a su brote intocable.
El mundo está repleto de madres así: hembras prepotentes cuyos hijos son -deben ser- hijos de todos.
Hembras que saben que, para un adulto, no hay nada más impune que un niño ajeno. Que, ante ellos, los adultos somos nadie, nada: gente sin derecho a enojo.
Las calles y las plazas de Buenos Aires, la ciudad donde vivo, están repletas de escenas cotidianas de Mundo Infantil: madres que caminan apuradas tironeando de un pequeño brazo rebelde unido a una cabeza que solloza porque no han querido comprarle la Cajita Feliz; padres divorciados que deambulan aburridos con un hijo en cada mano, intentando coagular en un fin de semana algo de felicidad familiar; adultos estresados porque el dinero no alcanza empujando carritos de niños que cuestan el salario mínimo de cualquier obrero. Los cines se hunden bajo el peso aterrador de infantes chillones que, con el rostro apretado como un puño, corean al héroe y abuchean al villano, inoculados con el virus que reza que el mundo es así -bipolar, blanco y negro- mientras la industria de las golosinas, la indumentaria y los juguetes mejoran sus esfuerzos para que esos pequeños corazones jugosos bombeen sobre sus padres, en partes iguales, amor y demandas, demandas y amor; amor y demandas, demandas y amor.
Mundo Infantil no es un mundo rosa: fácil.
Hay -debe haber- niños magníficos.
Generosos, divertidos, discretos, inteligentes. Niños que son la luz de sus abuelos y el amor de sus tías: el lugar común en el que se apoya la creencia de que la infancia es la patria: la única que tenemos. Un tiempo feliz: el paraíso.
Pero nadie habla de los niños perversos, pusilánimes, violentos, sibilinos. Nadie dice que la maldad, en la infancia, existe en estado puro: un veneno salvaje que mata lo que toca.
Conocí, en mi colegio, a una persona de diez años llamada Victoria, de apellido noruego, que un día colocó sobre el escritorio de una maestra recién viuda la foto del marido recién muerto. El marido de la maestra había sido, también, el tío de la niña. La foto estaba decorada: Virginia había dibujado, sobre el rostro del hombre, dos cuernos enormes, rojos. Obscenos.
Nadie recuerda cosas como esas.
Nadie habla de los niños miserables.
Nadie habla, tampoco, de los padres funestos.
Hay estadísticas que enhebran niños golpeados, torturados, abusados, prostituidos, alquilados, quemados, rotos, obligados a trabajar y a tener sexo con su padre, su madre y otros adultos de la casa.
Pero las estadísticas no se ocupan de conductas menores -gritos, humillaciones en público, introducción temprana del concepto de culpa, estimulación de valores como la sumisión y la obediencia-, porque esas son, más o menos, las conductas que todos los padres utilizan para educar a sus hijos. Nadie ve allí -en humillar, gritar o exigir obediencia absoluta- abuso de autoridad.
Ahora -y siempre- padres y madres, con el derecho que confiere Perogrullo ("lo hacemos por tu bien"), visten a los niños a su antojo, les cortan el pelo sin consultar, los mandan a dormir cuando les viene en gana, eligen a sus amigos, les censuran libros y revistas. Y los niños, claro, confían a ciegas en que adultos con vidas tristes como felpudos, atravesadas por estrías de insatisfacción, pueden saber qué es bueno para ellos, pobres seres que no saben lo que hacen.
La infancia (la propia, la ajena) es también por eso un mal: ser niño es estar, siempre, al final de la cadena alimenticia.
No ser el predador, sino el predado.
No quiero hijos. Nunca quise.
Porque no -porque no-, pero también porque no quiero ejercer sobre un ser distinto de mí -independiente- lo que abomino en los tiranos: decidir en nombre de otro. Levantar el dedo, ejecutar sentencia: soy tu madre, lo hago por tu bien, sé lo que te conviene.
¿Cuánto coraje es necesario?
¿Cuánta sabiduría?
¿Cuánta perversión?
Un padre -todo padre- es un dictador.
El peor de todos: uno al que nadie cuestiona. Alguien con permiso para ser carcelero de la carne tierna: el hijo, un ser al que hay que lavar y vestir, acostar y arropar, encerrar por las noches. Proteger, aun contra su voluntad, de los peligros del lobo.
La infancia es muchas cosas pero es, sobre todo, un tiempo en el que no se pueden elegir los riesgos.
Sobre la cama matrimonial de la casa de mis padres, encuadrado y protegido por un vidrio, había un pergamino que recogía unas palabras de Khalil Gibran: "Tus hijos no son tus hijos. Son los hijos de la Vida que tienen todavía por vivir. Ellos ven el día a través de ti, pero no a partir de ti. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen pensamientos propios. Puedes albergar sus cuerpos, pero no sus almas".
La trinidad formada por el profeta árabe, el pergamino falso y la cama progenitora me hizo pensar que la cosa iba en serio: que esas palabras eran una declaración de principios y que ellos -mis padres- creían en esa libertad. Yo no tenía más de once años cuando una noche regresé a casa demasiado -demasiado- tarde, la cara manchada de barro y de placer, toda sonrisas. Había elegido quedarme fuera, lejos, jugando: era mi vida: yo no era la hija de nadie. Lo decía el cuadrito en la pared.
Pero esa noche, en casa, los adultos estaban furiosos: encendidos.
Tardé años en olvidar aquella noche, y años en entender lo que era obvio: los padres no siempre -casi nunca- creen en aquello que proclaman.
Si pudiera volver a aquellos días -si pudiera mirar a la niña que fui- le diría que la infancia no dura para siempre, y le mostraría el sitio donde yace, espléndido, el cadáver de la suya. Le diría que años más tarde, una noche de sábado en un verano del sur, avanzará en medio de un océano de cuerpos hacia el sitio exacto donde Eddie Vedder canta Even Flow. Le diría que llegará a metros del escenario, allí donde las olas de carne se lanzan unas contra otras, y que cantará hasta quedarse muda en medio de golpes y empujones, y que envuelta en los brazos que hace diez años que sudan con los suyos pensará que esto, así, es el fin de la infancia: los cuerpos mojados y la fiera ternura y el resplandor de esa violencia suave.
Elegir el peligro y saber ser, también, el lobo.
Ser libre. Ser adulta. Esa felicidad.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.