¡Qué oportunidad, qué momento! Ya sé que van a decir que cuán miserable se tiene que ser para despotricar de la región que le ha dado de comer a uno durante quince años. Precisamente por haber mamado durante década y media de esa gran teta que es Bogotá, puedo decir exactamente a qué sabe su leche.

Porque esa es la especialidad de la región andina: importar cualquier cosa que no dé la tierra. Igual no se les puede culpar por sus limitaciones; sabido es que la falta de oxígeno por causa de la altura produce taras irreversibles. A mí me gusta llamarles "cachacadas" y hay algunas inofensivas, mientras otras son sencillamente funestas. Vamos a ir in crescendo, como si estuviéramos haciendo un viaje de Barranquilla a Bogotá en carro.

Cachacada es ponerle a todo edificio, colegio o barrio nombre de árbol, pero siempre en plural: Los pinos, Los alcaparros, Álamos, Los robles, Cedritos (en diminutivo, más aberrante aún). El primer edificio al que entré en Bogotá se llamaba "Madrigal de las Altas Torres", era una sola torre y tenía apenas cuatro pisos.

Cachacada es que sean Bogotá y China los lugares del mundo donde más se utiliza la letra ch. Changua, chiras, chafarote, chinelas, chulavita, chupa, chiflamica, carachas, chirriado, chusco, filipichín, cachifo y chino hacen parte de un vocabulario mojigato que no acabo de entender. Al mal olor de la axila le dicen chucha, cuando chucha es la parte de la mujer por donde venimos al mundo.

Con ch también está el chupico, postre hediondo entre el menú de postres hediondos que comen en el centro del país: brevas con arequipe, casquitos de guayaba con queso, arroz con leche, merengón, repollitas de crema, milhojas, dulce de papayuela, postre de natas. Mutantes gastronómicos que han hecho de Cundinamarca y sus alrededores un pueblo mal nutrido pese a que come cinco veces al día: desayuno, medias nueves, almuerzo, onces y cena.

Se creen los paladines del idioma y no sé con qué derecho afirman hablar el mejor español del mundo. Les da miedo llamar a las cosas por su nombre, dicen pompis, busto y fote y se sonrojan cuando uno las llama por su nombre: culo, tetas y peo. Con el privilegio que les da haber nacido en la "Atenas suramericana" califican de "guisas" palabras como cabello, colocar, escuchar y pieza, todas expresiones correctas, pero se han dado licencia para inventar palabras y decir que algo es "una soda", que el gordo del curso es "una ceba", que el ex novio de la amiga es un "güevón", que dónde quedó el "esfero" y que oiga, usted "no se cole", cuando todos sabemos que el verbo colar se conjuga igual que el verbo volar.

Esa gente que trata al resto de los colombianos como si fuéramos arrimados en esta tierra es la culpable de que alguna vez haya existido el Plan 25 de Sam y que en las ciudades con mar haya hoteles con planes "todo incluido". Es que no se contentan con haber hecho de Melgar y Girardot una melcocha invivible. En las discotecas de esos dos pueblos se creó la costumbre de bailar merengue dándole vueltas a la pareja; no hay persona más corroncha que un cachaco corroncho.

El fútbol de la capital es capítulo aparte, comenzando por su estadio, El Campín, escenario feo y destartalado. En más de medio siglo Cundinamarca ha parido solo a Alfonso Cañón y Ernesto Díaz, y hoy sacan pecho por Andrés Chitiva, que es apenas un buen jugador. ¿Quién dijo que los chibchas juegan fútbol? De todas las regiones del país han llegado para mostrarles cómo se juega y el "Ballet azul" de Millonarios del que tanto se vanaglorian estaba conformado por diez extranjeros y un paisa.

Pero la tierra no es solo estéril en fútbol, también lo es en música. El mundo conoce a Shakira, Juanes, Carlos Vives, todos nacidos en cualquier lugar, menos en el altiplano cundiboyacense, accidente geográfico que le ha aportado al mundo ritmos como la guabina y el pasillo (la risa que me daría ver unos premios Grammy con La gata golosa como gran ganadora) y grupos de "tropipop" —que hoy están, pero mañana no sabemos— tipo Mauricio & Palodeagua, Fonseca y Sin Ánimo de Lucro, conformados por unos cachaquitos de estrato seis cuyo ancestro costeño más cercano es el tatarabuelo del primo segundo de la mamá del que toca el acordeón.

Se las dan de ser la capital porque los españoles que llegaron detrás del oro se asentaron donde el metal era más abundante. ¿De qué otra forma se explica que la ciudad más importante de la Conquista estuviera en un lugar tan inaccesible para la época? Y claro, se vanaglorian de tener ancestros en la Madre Patria, que tuvo la gentileza de mandar a estos lados lo peor de su sociedad y convertirlos en miembros de una realeza de segundo orden. Así, alguien que sea Ponce de León no tolera que le digan Ponce a secas (mi amiga Susana me va a matar).

Siempre han querido ser más de lo que son. Por eso juegan bridge en vez de dominó, les ponen a sus clubes nombres de otros que existen en Europa y construyeron sus aristocráticas casas al estilo inglés, con techos a la espera de nieves que nunca llegaron. Se quejan de la corrupción de los políticos costeños, pero los rolos llevan dos siglos desangrando al país desde los puestos más altos, y eso que les ha tocado administrar abundancia. ¿Qué tal si esos falsos dandis hubieran nacido en Haití?

Varias costumbres no me gustan de los cachacos, pero dos en especial me exasperan: que tomen gaseosa al clima (y que en algunos lugares cobren más por la fría que por la caliente) y que muchos de clase alta le digan al papá y la mamá "papá y mamá", capándole el artículo que debe precederlos. Explico mediante diálogo ficticio:

— ¿Puedo comerme ese chupico?".

— "Ni se te ocurra, lo hice para papá".

Una cosa sí les debo alabar: las mujeres. Yo no sería capaz de estar con una costeña, con una paisa, con una caleña, menos con una llanera. Me desvivo por las bogotanas. Son unas arpías calculadoras y muchas nacieron sin culo, pero me encantan (mi novia me va a matar y no sé si algún día vaya a querer casarse conmigo).
 

 
CONTRA LOS COSTEÑOS
 
CONTRA LOS PAISAS
 
CONTRA LOS CALEÑOS

 
 

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