Debo empezar manifestando mi disgusto por la limitación de cuartillas que impuso SoHo para mencionar las cosas que me molestan. Claro que el director puede tener razón: sin esa restricción se requeriría una edición especial. Enumero unas pocas causas de disgusto:
Escuchar a algunos comunicadores (así parece que se llaman hoy los locutores) que expresan su opinión en "nombre de todos los colombianos de bien", ¿quién les dio tan universal representación?, claro que no debería molestarme, no pertenezco al grupo de los "buenos".
Los ladrones de tiempo, una de las más claras demostraciones de esta ilegal actividad son las visitas no anunciadas que llegan en el momento en que uno se dispone a terminar un libro o a "escribir" un tema pendiente. Mi héroe para el manejo de esta catastrófica actividad es Olafo, con sus bostezos y sus empiyamadas, que recuerda la frase "Vamos a acostarnos para que la visita pueda irse".
Una variante de lo anterior la constituye el grupo que puede denominarse generoso con el tiempo ajeno, que me envía a sus amigos y conocidos con la fútil esperanza que les resuelva problemas económicos, legales, psicológicos o familiares.
Me molesta el concepto de espacio público sin vida, sin actores callejeros, sin vendedores de ilusiones, bueno para aerofotografía. Prefiero el caos de un parque vivo como San Victorino al espacio muerto del Parque del Renacimiento.
Me incomodan algunas películas españolas, sin subtítulos en español, pues no sé si la calidad del sonido o la de mi oído o la del filme me impiden oír los diálogos más importantes, los que susurran.
Me enerva visitar librerías en las cuales los estantes de libros de autoayuda superan los otros temas. Además, tienen los libros empacados en un plástico que constituye una barrera para su exploración.
Me desesperan los conocidos (no tengo amigos en esta categoría) con metas y objetivos claros, misiones y visiones precisas. "Intensos" los llaman los jóvenes.
Las conferencias que en lugar de informar son una barroca "casa de citas" y de lugares comunes.
Las "reglas" de Raimundo Angulo que descalifican a las más bellas modelos.
La pertenencia a clubes, asociaciones, logias, en especial si el rito de entrada es una pulsera.
La solidez burocrática de las oficinas públicas, cuyo objeto principal es la "mortificación" del ciudadano.
El discurso argumental que emplea la ignorancia como solidez a una tesis. "Yo de eso no sé, pero."
La proliferación de tendencias administrativas de gurús universales y la pretensión de llamar un simple cambio de moda "una modificación de un paradigma".
Los desayunos de trabajo antes de las 8:30 a.m.
El café claro, el café con leche, la pechuga de pollo y aún peor si es a la plancha y sin piel, los huevos fritos duros, el vino tinto frío que sirven en las aerolíneas son un crimen al gusto.
Las medidas de seguridad para entrar a algunos edificios públicos o privados, los celadores me hacen sentir como si entrara Osama Bin Laden.
Los malos obituarios con frases del estilo "Egregio varón de virtudes ciudadanas", "ejemplo para su familia y sus descendientes", a esto debe agregarse la pésima elección de la música en el funeral donde no encajan la combinación de un "No es más que un hasta luego", con una mala interpretación y traducción del "Himno de la Alegría".
Los que confunden la astrofísica con la astrología, aclarando que seguramente me hubiera ido mejor económicamente y hubiera conocido gente divertida, siendo un regular astrólogo que un aceptable astrofísico.
Los que hablan con mucha trascendencia sobre temas banales, olvidando que lo trascendente es enemigo de lo serio.
Se me acabó el espacio pero no los temas.

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