El Día de la Madre, el Día del Padre y, en general, el día de alguien o de algo suelen ser pretextos comerciales para inducir a la gente al gasto y al consumo. En lo que a mí respecta, procuro que pasen desapercibidos y silenciosamente. Por ello, no creo que exista nada peor que una celebración de este tipo en
sitio público.
Recuerdo una ocasión en la que mis hermanos y yo decidimos evitarle a nuestra agraciada madre la congestión familiar que produce la llegada a su casa de un tropel de yernos, nueras, hijos y nietos hambrientos y sedientos, que proceden a devorar en todos los lugares de su casa una paella descomunal, a poner patas arriba la cocina y a desordenar el apartamento para dejarlo a las seis de la tarde como si hubiera pasado un ciclón. Con el fin de evitarle todos estos inconvenientes, acordamos concertar el homenaje de rigor en un restaurante capitalino. La primera imprevisión consistió en creer que éramos los únicos colombianos a quienes se nos había ocurrido tan brillante idea. Llegamos al restaurante 23 personas y el solo estacionamiento de las brigadas familiares al lugar de la cita produjo una enorme congestión de tráfico que, finalmente, pudo ser superada por la generosidad que demostramos con el vigilante, quien acabó recibiendo en propinas adelantadas el valor de su sueldo mensual. El lugar hervía de familias que entronizaban a su respectiva madre, y los meseros revolaban en medio de las mesas llevando platos, recogiendo postres y entregando rosas, mientras un trío acompañado de una cantante que parecía una mezzosoprano italiana con problemas de obesidad entonaba melodías vernáculas en las que se escuchaban, al fragor de platos, copas e ingentes cantidades de vino rosé, estrofas de boleros olvidados y de bambucos en los que se compara a la madre tierra con la mamá de uno.
El maître o "capitán", como suele llamarse al comandante de la cuadrilla de camareros, con un smoking chorreado de postre de natas y ajiaco, y con siete menús encuadernados en cordobán color vino tinto, daba órdenes a quien lograra escucharlas, tomaba pedidos y explicaba la elaboración de cada plato, mientras una legión de niños jugaba a las escondidas entre las mesas a tiempo que sus padres, entre besos y brindis cursis, procedían a embriagarse lo más rápidamente posible. Cuando uno de nosotros logró preguntarle al maître que si era posible conseguir una mesa, el abrumado sirviente nos miró desconsolado diciendo: "Esperen un minuto en la barra". "¿Cuál barra?", pregunté asombrado. La barra mencionada la conformaban tres sillas que parecían diseñadas para hacer maromas en un circo ruso, y era allí precisamente donde se suponía que debíamos esperar. En ese momento, una camarera con corbatín rojo se acercó a nosotros, nos informó que el establecimiento nos obsequiaba una jarra de sangría y le entregó a mi madre una rosa amarilla perdida entre cenefas blancas. El trío parecía disfrutar con el ruido del lugar, y los efluvios de pasta bolognesa, ossobucos helados y brevas con arequipe en carroza se confundían con las conversaciones de los comensales y los gritos de los nietos impúberes. Después de dos jarras de sangría lograron acomodarnos en un rincón del restaurante y cada uno de nosotros pidió un plato diferente. El maître sudaba y repetía las órdenes que cada uno de nosotros le pedía. En medio de semejante algarabía, el trío divisó de lejos a nuestra madre y se dirigió a la mesa entonando Sin ti, mientras un cliente que se encontraba en una mesa contigua a la nuestra, y a quien yo no conocía, elevó su copa en señal de amistad, como si quisiera hacernos saber que se unía a la celebración de nuestra madre. Después de hora y media de espera, entre boleros y aplausos de los clientes, logramos finalmente almorzar y cuando cada uno procedió a sacar su respectiva tarjeta de crédito, lo que implicaba dividir la cuenta entre siete, uno de mis hermanos exclamó: "Yo invito, pero vámonos".

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