Odios cotidianos, aversiones que se enquistan en la fisiología como un virus. Molestias que no somos capaces de negociar, porque la decisión la toma el cuerpo. Repulsiones poco razonadas, nada razonables y, aun así, irrevocables. El que odia, decía Spinoza, "se esfuerza por apartar y destruir la cosa que odia". Como somos más o menos civilizados, cuando estamos cara a cara con nuestra animadversión preferida la mayoría frenamos la tendencia destructiva y nos contentamos con refunfuñar, escapar, señalar, protestar, gruñir, toser, mirar feo o tragarse la rabia y pedir cita extra con el psiquiatra para exorcizar el demonio del resentimiento. Sea como sea, tenemos el derecho a ser quisquillosos, puntillosos, obsesivos y a sentir "miniodios" personalizados, intolerancias socialmente aceptadas. ¿Cómo soportar al que nos patea el asiento en el cine cada vez que cruza las piernas y ni siquiera se da cuenta? ¿Cómo sobrevivir a la maternidad de una señora que sonríe con ternura cuando ve a su pequeño hijo destruir todo lo que se le atraviesa y violar los derechos humanos? ¿Cómo quedarse tranquilo cuando la conquista te falla y la mujer de tus sueños, después de acceder a un toqueteo superficial pero significativo, te explica con cara de profesora de inglés que no te desea tanto porque estás lejos, muy lejos de ser un adonis?
Algunas preguntas me producen escozor. Por ejemplo, cuando al terminar de expresar una idea con parsimonia y detalle, la persona que escucha inclina la cabeza, achina los ojos y dice: "¿Qué?". O cuando después de hacer el amor y rasgar el techo, gemir, retorcerse y perder la noción del tiempo en una eyaculación interminable, ella pregunta: "¿Te gustó?". O que me digan: "¿Usted de dónde es?", después de un rotundo: "¡Che, boludo!".
Tres motivos de estrés: "¿Te mojaste?" (cuando estoy empapado de pies a cabeza), "¿te quemaste?" (cuando escupo el café y chillo) o "¿te caíste?" (cuando estoy tirado en el piso).
Odio ver la sombra de mi figura reflejada en la pared porque me recuerda a Alfred Hitchcock.
Odio a los porteros de los edificios que se creen militares trabajando para el Pentágono.
Me fastidian los varones metrosexuales, porque son demasiados femeninos para ser hombres, demasiado masculinos para ser mujeres y ni siquiera son andróginos.
Me molesta profundamente que nunca haya Sprite light en los restaurantes y la parafernalia inútil de los camareros que pretenden darle estatus a un vino regular, de dudosa cosecha y a un precio escandaloso. Ni qué hablar de los que les echan ketchup a las pastas.
Odio golpearme el dedo chiquito con la cama y no poder echarle la culpa a nadie.
Me parece insufrible viajar a Europa en las sillas encogidas de la clase turista, y especialmente cuando mi compañero de asiento pesa más de noventa kilos, abre sus piernas con desparpajo y padece de flatulencia.
Odio que los realities ejerzan sobre mí un magnetismo de mal gusto incontrolable.
Me fastidia que alguien me confunda con otra persona y además insista en que soy quien no soy, como si hubiera perdido mi identidad.
Ya no tolero que los anuncios publicitarios en televisión duren más que los programas y sean cada a vez más penetrantes, tontos y repetitivos (¿no habrá una ley para eso?).
Me molesta ver fútbol con una mujer al lado. Es imposible mantener la cordura ante sus femeninas intervenciones: "¡Qué piernas!", "¿quién es ese mono tan divino?", "¡huy, como son de bruscos!, "¿y por qué a ese no lo echan del juego?", "¿quién es ese 'meta' que las saca todas?", "¿quién hizo el gol?", "¿fue gol?", "¿por qué gritas tanto?", "¿me contemplas un poquito?".
Odio a los que hablan mucho y no dicen nada, y a los que hablan poco y tampoco dicen nada. A los que se las dan de expertos, ponen cara de expertos y estornudan como expertos (el método es apretarse la nariz para que el aire salga por las orejas).
Me hartan quienes se vanaglorian de haber superado los 25 años de casados, como si esto fuera una virtud o una maratón olímpica.
No me soporto las mujeres que salen de
parranda y piden jugo de guanábana con leche "para empezar".
Odio el culto a los cabellos recontralacios, esplendorosos, con hidratación profunda y control del color que contribuyen a la felicidad de las mujeres postmodernas.
Odio a los que no toman partido, los que se adaptan a cualquier cosa, dicen sí a todo y justifican a Garavito, Hitler y Hannibal Lecter porque no los amaron cuando eran niños.
Odio al cachaco que no se asume como tal y a las señoras estiradas que pregonan la castidad habiéndola perdido en cada fantasía inconclusa con el lechero.
Detesto a los que hacen del sexo una experiencia tan trascendental que solo logran tener orgasmos en el plano astral o en otra vida.
Freud, que no es santo de mi devoción, afirmaba que el prójimo "merece mucho más hostilidad y aun mi odio". Nietzsche, al comentar el lema estoico de que el hombre debía "vivir de acuerdo con la naturaleza", nos recordó que la naturaleza es indiferente, derrochadora, carece de miramientos, piedad y justicia; en sus palabras: "La venganza es una miel.". Para Hobbes, nuestros semejantes no solo nos despiertan amor sino también desprecio u odio (homo homini lupus). Freud otra vez: ". el odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor".
Y frente a todo este despliegue de realismo odioso aparecen voces a favor de la compasión como las de Rousseau y el Dalai Lama: "El hombre es esencialmente bondadoso". Pero la pregunta es obvia: ¿Nos hace más buenos soportar lo insoportable? ¿Qué deberíamos hacer cuando nos sentamos sobre un chicle baboso y mal oliente? ¿Poner cara de Kung Fu y esgrimir una sonrisa papal? ¿Deberíamos permitir que los amigos miserables hagan gala de su tacañería y aceptar la explotación sin más? Creo que los "pequeños odios" que no lleguen a la declaración abierta de la guerra ni hagan una apología a la violencia son afirmativos, fortalecen el yo y nos permiten asumir dignamente algunas perversiones simpáticas que se esconden en nuestra retorcida mente. No hablo de espachurrar al prójimo cada vez que nos toca el clic de la malquerencia, sino, tal como dije antes, ejercer el derecho a ser quisquilloso, a marcar límites y a no ser santos. ¿Quién no ha sentido alguna vez el impulso depredador de cerrarle la boca al que exhibe los alimentos sin pudor, mientras los mastica y habla a la vez? ¿Quién no ha tenido que reprimir el instinto asesino cuando en una sala de urgencias la señorita que atiende comienza a funcionar en cámara lenta mientras el amigo o el pariente se retuercen del dolor?
Odios bien entendidos. Animosidad, fobias, asco, oposición vital, antipatías que nos mueven las entrañas. Al menos identificarlas, al menos dejarlas fluir, para que se respete el derecho inalienable al libre desarrollo de la personalidad odiosa.

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