El animal solo quería un pedazo de umbral para guarecerse del odio de la noche. Sus ojos me miran y son dos golondrinas con las alas rotas que conservan, sin embargo, una reposada e invulnerable dignidad. Me siento en la desvencijada banca del parque y fluye en mis posaderas el odio a los muebles fríos. El perro se echa a mis pies. Él y yo, entonces, decidimos, como para pasar el tiempo, como dos vagabundos que intercambian el último centímetro de un cigarrillo, en un esfuerzo por impedir que el odio de la ciudad oxide el milagro de la compañía, hacer un balance de los odios, de lo que nos suscita una viva repugnancia hacia alguna cosa, según la sentencia del diccionario Larousse.
El perro odia los gatos, el collar, las noches sin luna, los huesos de plástico, los automóviles veloces, la sarna, la indiferencia a los meneos del rabo, la sed, las pedradas, las pulgas, el granizo, los árboles espinosos.
Yo odio la sopa de tortuga, porque en cada plato chapotean las cucharadas de su extinción, y odio los zapatos nuevos y el cocido boyacense en el que flotan nabos olorosos a yodo y otros ingredientes que parecen provenir de la huerta de un alienígena y odio las memorias ministeriales, el afán de lucro, el autoritarismo, la injusticia y las ceremonias escolares en las que los niños son sometidos a un programa devastador que incluye himno nacional, himno del departamento, himno de la ciudad, himno del colegio, discurso del rector, discurso del funcionario de turno y el sonido de estrepitosas cornetas que se lanza contra una temblorosa e indefensa bandera. Odio las aburridísimas colas frente a las ventanillas de los bancos, la descortesía, un tango a todo volumen con el que nos encontramos al subir a un bus urbano a las seis de la mañana. Carlitos Gardel sabe mejor que nadie, que un tango a esa hora y en ayunas es insoportable. Odio la arrogancia del poder, las medias rotas, el café frío, los gritos, el dolor de estómago, los calzoncillos apretados, el afán de muchas personas por llegar a ninguna parte, los pitos de los automóviles, a los que mascan papitas fritas en la sala de cine y logran que un tiranosaurio rex salte de la bolsa de plástico y nos inflija una tarascada en la nuca. Y de manera absoluta, odio las armas.
La noche se diluye y el amanecer lechoso se cuelga de las ramas de los árboles del parque. El perro y yo nos despedimos con el compromiso de compartir en alguna noche del futuro un balance de todo lo que amamos.

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