Odio uno
Odio a los perros. Mejor dicho, odio a sus amos. Si no me soporto los gritos histéricos de un niñito consentido, exigiendo la última maricada de monas, menos aún me aguanto a un estúpido can ladrando y moviendo la colita, solo porque le parece fascinante mi presencia o la de quien quiera que entre por la puerta. Aunque debo decir que peor que ambos especímenes, peor aún, son sus queridos papis o mamis, que para ese caso hay igualdad de género.
Dada la limitación de espacio y el orden de mi larga lista negra, dejo a los chinos gritones para concentrarme en los perros mamones y en sus dueños.
Hace unas semanas o meses, el Alzheimer galopante lo atrasa o lo adelanta todo a velocidades siderales, andaba yo por Maracaibo en busca de huelguistas antichávez así como de boinasrojos bolivarianos. Por medio de unos amigos concerté una cita con una simpática pareja, cuya filiación política ahora no importa, sino el hecho de que era propietaria de un perro de esos de dos metros de volumen, un metro de boca y medio de lengua.
Nada más cruzar el umbral de su casa, aquella bestia me puso las patas en los hombros y dejó sus sucias huellas en mi camisa blanca de lino recién planchada. Al dueño, el gesto de su mascota le pareció encantador. "Divino. Él es así de cariñoso con todos, incluso con desconocidos", me dijo sin disimular su orgullo de papá. "Pues no veas como puedo llegar a ser yo si ESTO no quita sus patas de encima", pensé, apretando los dientes, pero no dije.
Pasamos a la sala, en donde aguardaba un platito con un maní sabrosón. Lo miré con gula, esperando un momentico para comenzar a tragar sin parecer una hambrienta. Mi gozo en un pozo. Dos pasadas del perrito, con su boca babeante, humedecieron el manjar y me quitaron las ganas. "¿No le gusta el maní?", inquirió amable mi anfitrión. "Luego me lo meto yo en la boca, lo saco y se lo paso a usted, a ver si así le gusta", pensé, pero tampoco dije nada.
El animal me debió encontrar estupenda, porque se me pegó como un adhesivo. Metió el hocico entre mis piernas, que ya no sabía cómo cruzar y descruzar para ahuyentarlo. Una hora después, tenía ya el pantalón bañado en babas, detalle que sus papás debieron encontrar natural. Aburrida, sin escapatoria, pregunté por el baño, con la esperanza de disponer de tiempo y tranquilidad para pensar en una estrategia con el fin de pasar a la ofensiva. Craso error.
El regreso a la sala lo celebró conmigo el salvaje como el cinco a cero. Ladridos, la cola frenética botando todo a su alrededor, patas de nuevo sobre mis hombros. "¡Tan querido! Ya le hacía usted falta", dijo con sonrisa bobalicona su papito. Ni dije ni pensé nada; andaba ya como derrotada.
Pero miré con horror el vaso de mi jugo, lleno de lametazos, que había logrado mantener fuera del alcance de la lengua del perrito y me volvió a hervir la sangre. "¿No se lo toma?", me preguntó sonriente el papá. "¡¡¡¡Ni por el putas!!!", pensé a gritos, pero me volví a callar y repliqué cualquier pendejada.
No sé de qué hablamos, ni creo que me llegó nunca a interesar. Mi mente solo pensaba en el orden del asesinato. Perro-papá, papá-perro, los dos al tiempo. Cuando consideré mi situación, sin mi sicario de cabecera a la mano, la blusa y los pantalones mojados, el estómago vacío y la boca seca, busqué una excusa, me levanté y me fui. "Que vuelva", me invitaron. "De acuerdo, pero con dos bolas de cianuro", les dijo mi cerebro, pero no mis labios.
Sí, me repetía de vuelta al hotel, odio a los perros, a sus insufribles dueños y a mí por no darles a todos ellos un mordisco de despedida.

Odio dos
Me enferma subirme a un carro con un hombre que tenga que llenar el tanque. No entiendo por qué los varones se bajan para que les pongan gasolina; no sé si consideran que supervisar la vaina esa que marca es responsabilidad de machos.
Nosotras nunca nos bajamos y yo creo que nos ponen el mismo líquido e idéntica cantidad porque nuestros carros siempre arrancan y caminan muchos kilómetros.
Los hombres tampoco permiten al empleado de la estación la responsabilidad suprema de cerrar el depósito; son ellos quienes lo hacen. Cuando concluyen toda la operación, guardan con parsimonia su billetera, se acomodan con tranquilidad en su asiento, lo ajustan por enésima vez, miran varias veces por los retrovisores, los mueven un milímetro, y con aire de Montoyas en pole, arrancan. Entonces le miro, lanzo un suspiro de paciencia y le incorporo a mi lista negra.

Odio tres
Me repatean las sonrisas angelicales que ponen los presentadores de noticiero cuando anuncian "la noticia positiva de Colombia", en especial los de Caracol. Cualquier día de estos levitan o aparecen con una corona y alitas. No creo que dar paso a una nota que tiene como protagonista una iniciativa generosa, merezca tanta estupidez.
Tampoco me soporto a las presentadoras cuando las visten de luto, con lentejuelas, transparencias y escotes pronunciados, como si fuesen viudas alegres. Ni me resisto el tupé de los hombres, o los cuatro dedos de maquillaje de todos ellos.
Pero bueno, a fin de cuentas, eso no es tan grave. Cambio de canal y me paso a la BBC en donde una puede ser gorda, canosa, arrugada, antipática y alérgica a los disfraces y, aun así, presentadora.

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