Si me hubieran permitido escoger el lugar de mi alumbramiento, y pertenecer a una especie animal distinta del antioqueño, habría elegido nacer en Envigado de todos modos, con la ristra de apellidos de arrieros y mercachifles, y la cara de susto y orgullo de quien se sabe coterráneo de la Piedra del Peñol.
Ser antioqueño tiene ventajas. A los antioqueños les perdonan muchas cosas que chillan en los demás mortales: la arrogancia, y la candidez para proclamar sus virtudes al viento, en cartillas de agüeros, canciones de fonda, y en los lemas de las paredes de sus restaurantes folclóricos de guaduas: loas al aguardiente, las ruanas, las barberas emblemáticas.
Alguna cosa debe significar que los antioqueños disputen a los argentinos la gracia de ser los compatriotas de Dios. Y compartan la devoción por los tangos que son la enfermedad extrema de la música. Yo no los canto tan mal. En especial los más viles.
Oscilamos entre Eros y Tanatos, entre el instinto de florecer y durar, y el anhelo de la muerte como retorno al reino insensible de los minerales. Temblamos entre el amor sacrílego por la madre y la necesidad de liberarnos de los sueños de leche de la infancia y de los recuerdos del despertar a una existencia aflictiva.
Pero los apátridas no disfrazamos nuestra condición de exiliados de la Nada con noblezas impostadas y parafernalias de escudos y banderas, por las cuales, por una contradicción criminal, nos invitan a morir o matar desde los primeros pasos. Ni comentemos la ingenuidad de convertir el suelo que pisamos en altar y en heroísmo el celo territorial de todos los mamíferos: el león y el doméstico gozque ladrando junto a la cerca. La ficción de la patria puede volvernos peligrosos. Muchas carnicerías fueron justificadas por la posesión de un yermo entre arroyos fantasmales.
Espero haber escapado de la cómica pompa de la antioqueñidad. Del haz de atributos de que se ufanan los paisas sin advertir las ambigüedades. Jamás me sentí cómodo entre esas gentes engreídas, prolíficas, conquistadoras de imposibles y trabajadoras. Me aburren los tratos. Disfruto mi pereza.
Las virtudes de su idiosincrasia enmascaran una desgracia de la cual los antioqueños son conscientes: que acarrean amarguras con las mieles que los envanecen, bajo una heráldica de machetes, ponchos, orquídeas.
La historia dice que Mon y Velarde llegó a esas breñas en el siglo XVIII a salvar la provincia en el culo del mundo de la vuelta a la prehistoria que amenazaba. Que en el XIX los antioqueños se regaron en masa por el Quindío y el Tolima hasta el Valle y el Cauca y fijaron los rasgos de su nebulosa tipicidad. Esta incluye su prestigio de arboricidas implacables, chanchulleros habilidosos y hablantinosos de vocación. Y la incertidumbre de su origen aumenta el encanto hiperbólico. Nadie sabe si son judíos, andaluces, vascos o gitanos.
Debe ser culpa de la naturaleza de las cosas pero es cierto: las mismas laderas que talaron en el XIX y llenaron de pueblos de nombres bíblicos fueron en la Violencia colombiana del XX las regiones más tortuosas, donde perfeccionaron las ciencias de la tortura que el consenso consideraba refinamientos de la imaginación china.
Los antioqueños son simpáticos. Los de pata al suelo y hablar cantarino de las cañadas tanto como los de Medellín. Sin embargo hay regiones de Colombia donde se dice con razón que antioqueño ni grande ni pequeño.
Los montes arrasados por el hacha que resuena en su himno, los maizales de las arepas, los cafetales, las vacas orejinegras inmunes a garrapatas y nuches, también de origen discutible (algunos lo remontan al ganado romano, otros al rústico de Bretaña), financiaron la leyenda de la ciudad industrial de Colombia. Pero la fábula de la industria antioqueña acabó en crisis patética, y en manos de forasteros: yanquis, costeños, santandereanos. Álvaro Mutis, que es Jaramillo, me dijo que los antioqueños son incapaces de conservar lo que tienen. Por despego o por debilidad de carácter.
Un montón de antioqueños, para compensar la bancarrota del empresariado patriarcal, se iniciaron en las maldiciones del narcotráfico. Y solo corrompieron la cepa de la vida en Colombia: el arte, la política, cuarteles y curias, entre Leticia y Urabá y las sabanas de Córdoba. Las cortes infames de los barones del narcotráfico son prueba irrefutable: los antioqueños son laboriosos, pintorescos y peligrosos.
En cualquier parte donde no se dan limones hay uno contradiciendo la naturaleza con el limonero de su patio. En alguna parte está pasando ahora uno vendiendo pájaros inventados con plumas de gallina. Curando pestes con una culebra en el pescuezo. Reparando radiadores con babas. Pero el portento suele parar en desdicha.
Álvaro Uribe, antioqueño típico, diminutivo a flor de labios, el ejército torcido de los paramilitares, creación del trío católico de los hermanos Castaño, educados en colegios de Medellín, y la pandilla de materialistas históricos que gira en torno a un anciano del Quindío, forman el enredo de tres vueltas antioqueñas que vivimos.
Los antioqueños alardean de acogedores: son excluyentes. Fungen de piadosos, son rezanderos. Si Dios falla, acuden sin escrúpulo al pacto con el Patas. Entre ellos la profundidad de la virtud es proporcional a la de la bolsa y todo está permitido.
El puro macho paisa es un infundio. En Antioquia imponen las mujeres una tiranía de lágrimas, suspiros y cantaleta que los hombres se hacen rebajar con serenatas.
También brillan los valores del espíritu en las tierras de Pepe Sierra, legendario traficante de aguardiente, y de Pablo Escobar. Pero suelen condenar a sus sabios al ostracismo. Fernando González, su pensador, nombró su finca "Otraparte". Epifanio Mejía, autor del himno regional, paró en el manicomio. Pedro Nel Gómez, pintor de la raza, encerrado en una casona en el suburbio.
Los paisas estrafalarios que se encuentran a lo largo del mundo alquilando camellos en las Pirámides, vendiendo chorizos en Pekín, banderas de paz en Palestina o trasplantando vísceras en hospitales suecos, más que el talento de los paisas demuestran que las inteligencias sanas no soportan las presiones veladas del medio de avivatos pasados a lavandas de sacristía.
Los poetas de mi generación que persistieron en el caldo acerbo acabaron intoxicados por el resentimiento, de mendigos callejeros, o en las roñas del comercio mascando el remordimiento de la claudicación. Los que nos apartamos para salvarnos cargamos la duda eterna de no saber si fue una ilusión el intento de reinventarnos humanos lejos del mercado de valores de la ciudad de la eterna primavera, en vez de quedarnos haciendo empresa con el sudor ajeno, en las bellaquerías de la política provincial y del cuánto vale y en cuánto me lo deja, cantando canciones de Pelón Santamarta y convencidos de que Antioquia es el ombligo del mundo; Medellín, la edición corregida del paraíso, y los paisas, la berraquera.
Porque, además, la impronta es imborrable. Y la nostalgia sin cura posible.

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