Todo, absolutamente todo, en el béisbol es ridículo. Hasta los calificativos que lo identifican. Así, mientras del fútbol se dice con razón que es el espectáculo más hermoso del mundo, no es cierto que el béisbol sea el juego de la pelota caliente. De pronto, si acaso, tibia. Tibia de saliva porque el pitcher pasa el 80 por ciento del tiempo de las tres horas que en promedio dura un partido escupiéndose los dedos para acariciar la bola. La toma entre sus manos, la frota con un placer que debe producirle algo de satisfacción sexual. A través de la televisión puede verse en primerísimos planos ese rostro de gozo del pitcher cuando le da vueltas a ese objeto redondo, firme, con la yema de sus dedos húmedos. Al principio lo hace con suavidad, luego más y más rápido. ¿Qué estará pensando? ¿Qué misteriosa fantasía pasará en su mente? O, peor aún, ¿qué clase de depravado es para llegar a ese grado de placer ante millones de espectadores? Pero no es el único.
La mayoría de los jugadores de béisbol deben de experimentar profundos gozos sexuales. No de otra forma se explica que durante los encuentros la mayor parte del tiempo se dediquen a hacer cosas que otras tribus urbanas harían en escenarios diferentes, como por ejemplo en una orgía o en un sauna gay. No sé. Y aclaro que la gente tiene derecho a darse gusto, pero que no le vendan a uno eso como deporte. ¿Qué tienen que ver con el deporte unos tipos que durante horas se cogen los testículos con las dos manos, se los aprietan, los sueltan y vuelven a lo mismo? Es el caso de Wilson Álvarez, un zurdo venezolano, recordado por un tic muy particular: cada vez que lanzaba una bola, en el acto se acomodaba los testículos.
¡Ah!, y, mientras, mascan chicle desesperadamente. Hacen globitos con la goma de mascar. Inflan el globito, generalmente de chicle rosado; soplan, lo agrandan y lo revientan ante el otro que le devuelve la misma atención. Entre tanto otro escupe. Y eso los del chicle, porque otros van más allá y mascan tabaco. Ellos contrarían el hábito más elemental de un deportista que es el de no acercarse a esa yerba. Pero no, aquí lo mascan como si nada.
El escupitajo directo, raudo, va a caer varios metros adelante. Lanzan pequeños escupitajos hacia arriba, uno, dos, tres; algunos llegan hasta cinco. Siempre hay uno que se mete el dedo en la nariz o en los oídos. Todo, con una parsimonia que va en contravía de los tiempos de acelere en que vivimos. Por si fuera poco, en Estados Unidos hay programas especiales en los que repiten todo lo dicho en cámara lenta. Uno entiende que sea una forma de salir del aburrimiento, pero, ¿por qué no hablan, leen un libro o echan chistes? Nada de eso, porque entre las cosas ridículas que tiene el béisbol es que sus protagonistas se lo toman en serio. Por eso es atípico verlos en el dogout conversando entre ellos. Cada uno está en lo suyo: cogiéndose los testículos, mascando chicle o tabaco. Incluso hay algunos con la cabeza puesta encima de los brazos que descansan sobre las rodillas: ¿estarán durmiendo? Es probable. Si es así, no hay que culparlos, porque es fácil dormirse en un juego tan largo y aburrido. Y es que se han dado casos, como el ocurrido el 9 de mayo de 1984, cuando los aficionados que fueron a ver un partido entre los Medias Blancas de Chicago y los Cerveceros de Milwaukee muy seguramente debieron llevar sleeping porque el juego duró ocho horas y seis minutos.
Si uno mira con atención lo que ocurre en las gradas cuando hay tomas del público, entran y salen con perros calientes, gaseosas y cerveza. Hablan. Ir a béisbol es como ir al bazar de fin de año del colegio de los hijos. Sólo que en vez de música bailable o ambiental, suena un órgano ridículo y desesperante que, eso dicen, busca entusiasmar a los seguidores del equipo local. Este año nos salvamos de los hinchas de los Bravos de Atlanta, que llevan un hacha de guerra indígena de plástico al peor estilo del chipote chillón del Chapulín y entonan un estúpido cántico dizque de guerra.
Y es que en nueve entradas uno tiene tiempo para hacer de todo. Eso lo saben los productores de televisión de algunas cadenas que en un acto de lucidez ordenaron, como se vio en la pasada serie mundial, emitir noticieros deportivos entre cada inning. De tal forma que si uno es fanático de los deportes (como en mi caso) quedaba enteradísimo de todo. Eran nada más ni nada menos que ocho ágiles segmentos informativos en los que, naturalmente, y para fortuna de los masoquistas que siguen este juego, no hablaban de béisbol.
Y de vuelta a los desesperantes partidos. Cómo serán de aburridos que en el tercer encuentro entre los Medias Rojas y los Cardenales la cámara enfocó en varias ocasiones a uno de los jugadores que hablaba por teléfono. Y de anticuados, que el aparato no era un celular sino de esos negros de cable, de moneda, pegado contra una pared. Y es que además de ser largos abundan por montones. Incluso tienen double headers (dos partidos en un día para poder cumplir el estricto calendario). Así ocurrió el 31 de mayo de 1964, cuando los Gigantes de San Francisco y los Mets de Nueva York debieron enfrentarse en dos partidos en un mismo día con intervalo para almorzar. Al final de la extenuante jornada jugaron 32 innings, durante 9 horas y 52 minutos.
Aunque se trata de un juego en apariencia de una simpleza abrumadora (darle con un palo a una pelota), para mayor desespero hay casos en que uno pasa las horas sin ver tan inocente ejercicio. Este año, Derek Jeter, el campo corto de los Yankees, de Nueva York, tuvo en la temporada regular 36 turnos al bate sin pegar un solo hit.
En tiempos del vértigo no se entiende por qué todo tiene que ser tan lento y anticuado. Si se mira la Serie Mundial, cada equipo tiene que ganar cuatro partidos. No le sirven tres continuos. Todo es lento. Por eso, los Medias Rojas estuvieron toda una semana jugando contra los Yankees. Y los miles de espectadores, concentrados. Utilizo la expresión espectadores en género masculino porque otra de las características del béisbol es que van más bien pocas mujeres. Por eso, al contrario de la nueva tendencia puesta en práctica en los juegos olímpicos o en los mundiales de fútbol, donde periódicamente se enfoca el rostro de una bella espectadora, en el béisbol siempre muestran unos tipos gordísimos, feísimos y solísimos. En esta ocasión tuvimos que soportar a Steve Tyler, el cantante de Aerosmith, que es un híbrido entre Teresa Gutiérrez y el conde Drácula.
No hay barras bravas que alteren nada porque aquí los hinchas son políticamente correctos. Los más vulgares expresan sus insultos con letreritos hechos con marcador sobre una cartulina. A propósito de los partidos entre los Yankees y los Medias Rojas, la mayoría de asistentes tanto en Nueva York como en Boston iban con pasamontañas, gafas oscuras y bufandas para espantar el frío, y, sin embargo, allí se quedaban las tres o cuatro horas de cada partido.
Al menos los hinchas tienen esa opción, pero, ¿qué con los jugadores? Hay tres que producen lástima: los jardineros. Esos pobres pueden pasar todo el partido sin siquiera participar en un segundo de acción. Ocurre si el pitcher lanza un juego sin hits, ni carreras, que es algo frecuente, al menos si se tiene en cuenta que cada equipo en Estados Unidos llega a disputar 165 encuentros al año. Todos los días. Y el pobre tipo, ahí solo. No hay derecho. Incluso algunos como los cerradores, entre esos el célebre Mariano Rivera de los Yankees, siempre tienen que estar disponibles para salvar a sus compañeros que no son capaces de ganar los partidos.
Pero lo que sí es un acto violatorio de los derechos humanos que debería ser investigado por la Corte Penal Internacional es la situación del catcher. Se trata de un tipo vestido con caretas, espinillera o pechera, guante, un chaleco sintético como armadura. Por si fuera poco, tiene que estar todo el partido agachado. El más estoico de todos fue Carlton Fisk, que jugó 2.226 partidos agachado; lo más seguro es que su peor insulto era cuando le decían 'siga y se sienta'. Aunque el catcher tiene la apariencia de Anthony Hopkins cuando lo llevan a la cárcel en El silencio de los inocentes, es doloroso que, fuera de todo, su función sea la de tratar de agarrar una bola que en promedio va a 160 kilómetros por hora.
No es el único insólitamente vestido en este juego. La descripción de los demás haría ver seria a la mismísima Ágatha Ruiz de la Prada: gorrita con visera, una camiseta de manga larga de colores vistosos, encima una camisa de manga corta y con botones, generalmente a rayas. Pantalón con bolsillos y cinturón de cuero y medias de colores hasta un poco más debajo de las rodillas. Incluso, uno podría aceptar esas prendas en el cuerpo de un hombre con el biotipo de un deportista de alto rendimiento. Cualquiera. Sea el inglés David Beckham o el nadador australiano Ian Torpe. Pero, ¿en un beisbolista que semeja la decadencia de los cuarentones?: pesados, con panzas inmensas, de correr lento, se ahogan con un trotecito de diez metros. Por más que digan que se trata de los Medias Rojas de Boston contra los Yankees de Nueva York, hay más movimiento y velocidad en un clásico entre las selecciones de veteranos Expreso Bolivariano contra Caterpillar en el Olaya.
Cuando, después de toda una temporada se llega a la final entre los jugadores de la Nacional contra los de la Americana para saber quién es el mejor del mundo (otra cosa insólita, solo juegan equipos de Estados Unidos y dos de Canadá, los Expos y los Blue Jays, aunque estos últimos muy pocas veces cuentan), viene otro hecho ridículo difícil de creer: cambian las reglas. En la Liga Nacional no hay bateador designado, es decir, al lanzador le toca batear, pero en la Americana sí lo reemplaza un bateador. Algo así como si Ronaldinho jugara de 10 para el Barcelona en la Liga Española pero cuando fuera a la Liga de Campeones tuviera que marcar punta porque las normas lo dicen.
Y al final, después de una larguísima temporada, los equipos se van a sus respectivos vestuarios mientras los dueños reciben el trofeo en una ceremonia de afán, en un cuarto pequeño. Hay más emoción firmando una escritura en una notaría. Entre tanto, los equipos cada uno en su vestuario. Uno no es tan optimista para exigirles que tengan la emoción de los jugadores argentinos cuando ganan un título, pero tampoco esa parquedad. Se ve cada año: los ganadores se diferencian de los perdedores porque los primeros están en su vestuario, cada uno con una cerveza en la mano. Los perdedores, en cambio, escupen a palo seco. Pero todos lo hacen con la misma cara de aburridos, de resignados.
En conclusión, ¿puede haber algo más ridículo que todo esto? Sí. Yo mismo, que el próximo año estaré, como siempre, frente al televisor viendo otra Serie Mundial.

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