Lo siguiente es tomado de la vida real: semanas antes de que Aníbal1 se casara muy enamorado de Eva, no tuvo reparos en aclararle que como ella era huérfana y su padre, ya muerto, no podría desembolsar un solo peso para cubrir los gastos de lo que sería la fiesta de matrimonio, como lo manda la ley, él iba a colaborarle con el 50 por ciento de lo que esa noche consumieran los invitados. No serían necesarias las invitaciones impresas ya que todo se podría hacer por vía telefónica, lo cual también les ahorraría los envíos por correo, sobres y demás. La comida sería pasta y pedida a domicilio en un sitio que él ya conocía, donde las porciones eran lo suficientemente grandes como para que cada una alcanzara para dos personas. Eva, suponemos que estaba locamente enamorada como para disipar sus sospechas y ver la propuesta de su futuro esposo como algo natural o pasajero o a lo mejor como solo un pequeño defecto que se podría corregir con el tiempo. El pequeño defecto se convirtió en una atrocidad horas después del matrimonio cuando, listos para salir a San Andrés Islas, Aníbal le confesó que no la acompañaría, que prefería que ella fuera sola y el dinero que tenía destinado para su pasaje y manutención durante la luna de miel, se lo entregaba a ella para que le comprara algunos electrodomésticos en los almacenes de importados la Costa Atlántica. Con total lógica, Aníbal le aclaró que así gozarían de las dos cosas, ella del mar y los dos de las compras que ella hiciera. La historia no termina ahí, podría seguir enumerando muchas más anécdotas del comportamiento financiero de Aníbal, pero el artículo es sobre el odio a los tacaños no sobre el odio a él -y de paso a ella-.
Muchos estarán de acuerdo conmigo (sé muy bien quién no) en que todo acto de tacañería supera los límites del dinero, no importa si el tacaño es adinerado o no; el tamaño de su fortuna no justifica en modo alguno sus acciones; quien es tacaño con la plata lo es con todo y en todas las situaciones, en los espacios sociales y en los privados, en la mesa y en la cama. ¿Alguien conoce un tacaño que sea un amante generoso, que entregue más de lo que pide?. La respuesta es sencilla.

Los deseos y los placeres son
el terror de los tacaños

Todos los placeres cuestan y no necesariamente me refiero al placer sensual y sexual sino también al intelectual, al estético, al culinario, a los gustos sencillos, a los deseos necesarios y naturales. Todos son rechazados por los tacaños a menos de que sean gratis; el tacaño, jamás invita, pero acepta todas las invitaciones, come en tu casa mejor que en la de él. Nunca come afuera por su propia voluntad y jamás deja propina, es más, en muchos casos exhorta a sus compañeros de mesa a la hora de la cuenta a ser moderados con el 10 por ciento. Para él eso sí es usura.
Conocí el caso de un famoso actor de telenovelas que asistía con frecuencia a prostíbulos y después de recibir los servicios amorosos de las trabajadoras se negaba a pagar, escudado en su popularidad. Las putas lo odiaban, huían cada vez que entraba. Le hubieran podido cantar la canción popular española:

Con cortesana marchó
A recibir sus favores
Ella cobró sus amores
Y el raudo la devolvió

Platón plantea cuatro formas de deseo: deseo de honor, deseo de dinero, deseo de placer y deseo de conocimiento. El único que no genera gasto es el deseo de dinero y mientras más dinero posea el mezquino más evitará su gasto. Si el resto del mundo lo nota no importa, él no. Está muy ocupado cuidando su saldo. El honor tiene sin cuidado a los avaros; mientras puedan sacar provecho y utilidad de nada sirve la reputación. No es infame nada que pueda llevar consigo lucro y beneficio.
Frente a los demás presentan siempre una permanente imagen de escasez. El ejemplo más palpable que tengo de esto viene de mi papá (que ya está muerto y no es el momento de hacer reclamos, con la distancia se ha vuelto gracioso): cuando yo era niño y a nuestra casa en Chapinero se acercaba algún peregrino a pedir limosna, él se asomaba por la ventana y utilizaba una técnica de metamorfosis infalible, decía con total firmeza: "Los señores no están, me dejaron aquí cuidando la casa.". No quiero decir que el que mi papá mutara en celador lo convertía en menos persona o que se deba dar limosna para no ser incluido en el cuarto círculo del infierno de Dante (destinado a los papas y cardenales sobre los que tuvo imperio la avaricia), pero tampoco hay que proyectar una imagen sombría o de ruina para mantener los peligros lejos del patrimonio.
Dos de los modelos más alejados de un tacaño son Don Quijote y los opulentos. El primero por el honor, y me refiero al honor ligado a tener palabra y a tener valor. Para Don Quijote, un hombre sin honor es peor que un muerto. Para un tacaño, esclavo de su bolsa y servil a ella, las ambiciones honrosas no existen, ni siquiera la falsa honra que da la solvencia. El avaro permanece en la aparente insolvencia para protegerse "¿qué importa la infamia cuando queda asegurado el dinero?. Con tal de morir ricos se puede vivir en condiciones precarias"2.

Aquí viene el otro modelo
El modelo del opulento (léase traqueto o nuevo rico o actor recién cotizado o boxeador recién coronado que regresa a su pueblo o jugador de fútbol negro ex novio de Lady Noriega y ex jugador del Parma y del Cortuluá) que busca por todos los medios, especialmente por su atuendo y el volumen de su voz en espacios públicos, hacer saber al mundo de sus éxitos, posesiones y conquistas, es el segundo anatema del tacaño. El opulento exhibe, el tacaño esconde. Frente a la extravagancia de uno no podemos decir que el otro es un ejemplo de discreción o moderación. El tacaño no hace alarde no por vergüenza sino por desconfianza. Desconfía de todos, cualquier persona es sospechosa de querer su dinero. El tacaño, al ocultar su fortuna, que es lo único que tiene, se oculta a sí mismo, se empequeñece, su doctrina de la apariencia es la invisibilidad. El tacaño es la primera víctima de su propia mezquindad, transporta a su enemigo dentro de sí mismo, es un antagonista sin talento que no disfruta de sus acciones, diferente de aquellos malos inolvidables que amaban en demasía su propio yo y se hacían odiar por sus destrezas. Este tacaño, llámese Aníbal o como se quiera, se hace odiar por su autohumillación y su empequeñecimiento. Su insania es incurable, va más allá de las adicciones: Los vicios procuran de algún modo y en algún momento goce, pero no hay ni habrá placer en la ansiedad de la acumulación primitiva.
Atención: no hay que compadecerlos, hay que desconfiar tanto de los tacaños como de quienes los acompañan. Eva aún sigue casada con Aníbal, en su luna de miel sola no se consiguió un amante generoso que la llenara de delicias y por el que abandonara a su recién esposo, como el final feliz que todos hubiéramos querido, no. Ella, tal como él se lo dijo, compró los electrodomésticos importados en los almacenes de la Costa Atlántica con la plata que le dio y además le compró un regalo. Nada que hacer. Estoy seguro de que él no ha cambiado, pero es probable que ella sí, que se haya unido a sus filas y comparta con él sus afectos fríos. Se convirtió en la esposa ideal con que soñaba Harpagón (el Avaro de Molière): "Alimentada y educada con gran ahorro de estómago. Una joven que no necesitará ni mesa bien servida, ni caldos exquisitos, ni cebadas mondadas constantes. solo le preocupa un aseo muy sencillo y no le gustan los vestidos costosos. siente una aversión espantosa por los jóvenes y solo siente amor por los viejos.".3
Todos hemos estado cerca de alguno que confunde el ahorro con acumulación, el interés con la usura, que para no leer una novela pide prestado el resumen, que no se pone la ropa nueva sino hasta que la vieja esté inservible, que da como regalo los regalos que ha recibido -aunque le sirvan-, que da trescientos pesos de propina al que lleva seis horas cuidándole el carro, que termina antes de que su novia comience, que se duerme con la boca abierta y los puños apretados. Todos los hemos vivido y hasta los hemos querido. Pero si los tacaños permanecen a nuestro lado, no solo estamos colaborando en la multiplicación de la especie, sino que corremos el riesgo de infectarnos.
Aquellas frases antiguas enmarcadas en el ámbito del hogar como "hay que bajarle a la llamadera porque marcó mucho el recibo del teléfono este mes" o "no dejen la luz prendida hasta tarde" o "¿le cogió el sueño bañándose?" o "yo no fabrico plata" forman parte de los odios que tuvimos en la adolescencia y que se vuelven escalofriantes en el presente cuando las volvemos a escuchar salidas de nuestras propias bocas.


(1) Los nombres son ficticios para proteger la vergonzosa
identidad de quienes perpetraron los hechos.
(2) Sátiras. Juvenal. Alianza Editorial. Madrid. 1996.
(3) Obras Completas. Molière. El Avaro. Acto II escena VI. Frosina
-mujer intrigante- habla con Harpagón -el Avaro-. Aguilar.
Madrid. 1961.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.