"El conocido sabio Cornelius von Ken-Rinegen, que disfrutó en Hamburgo de una clientela enorme y que dejó un in-folio de mil quinientas páginas sobre hígado y riñones", logró cierta notoriedad debido a sus estudios de los últimos años sobre espermatozoides, pero realmente alcanzó fama universal, después de muerto, cuando en una vieja cava cervecera alemana, se encontró su famoso palimpsesto sobre la "tipología de los odios".
El documento, que antecede con mucho a la dialéctica hegeliana y a los tenebrosos descubrimientos de don Segismundo Freud, mejor conocido como TRIPLE V -viejito verde vienés-, tiene el mérito de vincular cada uno de los pequeños odios cotidianos que todos portamos, con mayor o menor paciencia, a viejos traumas infantiles.
Antes de que Freud descubriera el origen de las profesiones, por ejemplo, cuando encontró que los odontólogos sufrían de una afección sádica larvada o que los ceramistas se habían quedado fijados en la fase anal, ya Cornelius había roto la tradición espiritualista judeo-cristiana al sostener, con éxito, que cada pequeña fobia hunde sus raíces en acontecimientos escatológicos de la primera infancia.
El primer capítulo tiene que ver con el habla y, en general, la oralidad. No se confundan. No es la que anda proponiendo Luis Camilo. Es otra cosa. El episodio medular viene de aquella escena tan repetida: el niño llega de la escuela, encuentra visitantes en casa, la adorable mamá se ha hecho lenguas de la inteligencia del niño, tan pronto este entra y advierte el peligro, trata de huir por las escaleras del fondo, ya es tarde, la madre lo toma del saco y lo conduce a la sala.
-A ver, Humbertico, diles a mis amigas cómo van tus ejercicios con La alegría de leer. Recítales el verso a la madre o la octava estrofa del himno nacional, la de la virgen y el ciprés.
El niño entra en físico pánico escénico y si no se orina, es porque su control de esfínteres ha alcanzado ya niveles olímpicos.
Pálido, mudo, huye y no olvida.
De ahí surge una rama de fobias impresionantes.
La primera es el odio a los celulares. Es el peor invento de la humanidad. Acabó con la intimidad, arrasó con la soledad -lo cual es un crimen irreparable- y es el culpable de que el pobre pastuso refugiado con su secretaria un viernes por la tarde en un motel le haya confesado a su mujer, sin darse cuenta, cuáles actividades extracurriculares le permitían deshacerse del exceso de libido.
Los celulares han agravado un viejo problema: el odio a las mujeres que llaman insistentemente por teléfono. Rafael Naranjo, el todopoderoso ex secretario de la Presidencia, decía que uno se pasa la mitad de la vida tratando de poner a las viejas debajo, y la otra mitad, quitándoselas de encima.
Esto tiene sus ramificaciones. ¿Qué tal los celulares que timbran en una sala de cine?
Recuerdo un ministro de Economía húngaro, en medio de una densa conferencia, en un auditorio repleto, cuando suena un celular. El ministro interrumpe su disquisición sobre los efectos de la reforma agraria durante los seléucidas en Siria y dice:
-Si es para mí, diga que estoy ocupado.
Fue en Roma donde vi a dos tipos sentados en una mesa almorzando, cada uno con su celular en la oreja parloteando sin pausa. Llegué a creer que hablaban entre sí.
Lo grave es que no tener celular es una capitis diminutio. Señas de que uno es un perrata de baja estofa. Por eso, sabiamente, al principio de esta pandemia de los celulares, vendían unos que no comunicaban con nadie, pero que uno podía programar para que sonaran en medio de una reunión, para hacerse el importante.
La perspicacia de Cornelius no tiene antecedentes. Él se dio cuenta, sabiamente, de que muchos de los niños que padecieron ese síndrome de bloqueo oral, reaccionaron ya adultos con la enfermedad contraria: optaron por la verborrea como modo de vida. A Londoño Hoyos y a mí nos agobió ese problema. Solo que yo me curé a tiempo, gracias a mi instructora gorda de la Open University -una valquiria impetuosa- que me quitó la manía. "Mister Of The Street, you have to say the same, but only in 1.000 words". A ella le debo, alma bendita, haber extraditado el adjetivo de mi lenguaje ordinario.
Por contra, como dicen los contadores, ese trauma también produce fobia a los viajeros habladores en el avión. Cargo en mi maletín de mano una dosis líquida de valium 20. Cuando el hablador va al baño, se la echo clandestinamente en su whisky. ¡Santo remedio!
Qué decir de la fobia a las mujeres que le chupan a uno la tetilla, algo que no me ha pasado, pero que con solo verlo en cine me ha producido serios choques anafilácticos. Y si de chupar se trata, está el odio al pucho pasado, que huele en cien millas a la redonda.
Otro odio, derivado del mismo trauma escénico: que lo saquen a uno a bailar en una fiesta. No tuve hermanas, de modo que mi aprendizaje de la danza fue precario, por no decir inexistente. Para bailar, primero tengo que calentar motores. Odio las fiestas en que la anfitriona dice:
-Ay, doctor. Yo soy su admiradora. ¿Me permite esta pieza? Tanto tiempo soñé con esta oportunidad.
Sin embargo, la situación puede agravarse: nada peor que una pareja con iniciativa. Cuando uno ya tiene dominado el cuadrito, ella se despacha con un paso de merengue que lo deja a uno turulato.
Segundo capítulo. El mito de la virginidad da lugar a una de las peores fobias. Quienes creen que solo son machos cuando estrenan vagina, generan el vicio del adanismo. Creen que todo lo que hacen es nuevo en el mundo. Así provocan odios memorables que caen sobre ellos de manera inmisericorde. Algunos funcionarios del gobierno padecen de este mal. Están equivocados: fuera de la pérdida de la virginidad, nada en la vida ocurre por primera vez. Todo está inventado, patentado y ensayado.
Algunos semiólogos polacos, en época posterior a la muerte de Cornelius, sostuvieron que las enseñazas del maestro cubrían el problema del ustedeo. Se basan en un oscuro pasaje del palimpsesto, cubierto por una escritura sobrepuesta. Porque tiene que ser uno muy idiota si ignora que palimpsesto es un manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior. ¿Ah? Pero según estos exégetas, queda de todos modos claro que, para Cornelius, los hijos de padres que se tratan de Usted, generan una fobia. Odian a las secretarias que le dicen a uno, sin conocerlo, "¿En qué puedo servirte, mi amor?". El problema es que no hay vacuna para esta patología que tiende a extenderse desaforadamente.
Un odio gemelo revierte contra aquellos pazguatos que en serias reuniones oficiales, con el presidente y los ministros, dicen cosas como estas: "Tienes toda la razón, Álvaro. ¿Recuerdas que te lo dije durante la campaña?". O esta otra: "Yo creo, Sabas, que no leíste bien mi memorando".
También se incluye aquí la fobia a que la mujer le coja a uno los cachetes en público, o lo trate de "papito" delante de los compañeros de póquer o de tejo. Algo peor: que en vez de "papito", le digan "papacito". En este caso, una dosis de arsénico es la solución. Para ella, primero. Y si no, para uno.
Informado Cornelius de ciertos pequeños accidentes, que suelen afectar a los entusiastas asistentes al famoso Festival de la Bandeja Paisa que tiene lugar cada año en la muy noble población de Sonsón, logró descubrir -también antes que Freud- la llamada fase anal.
Las ramificaciones fóbicas que de allí se desprenden son innumerables y arborescentes. Pero la más significativa es la fobia a los sombreritos tejidos de lana que cubren el papel higiénico. Alguna vez fue el principal renglón de exportación del País Paisa, pero luego de las elucubraciones de Cornelius, han caído en desuso.
Y en cuanto al voyeurismo, su práctica inclemente genera luego, en la vida adulta, un odio particular a los guardaespaldas que miran por encima del hombro, cada vez que uno va al supermercado a comprar condones.
Pero pese a los notables avances en la taxonomía de los odios, gracias al desvelo de Cornelius, es lamentable que muchos de ellos no hayan sido aún clasificados.
Entre ellos: la música eterna de los diciembres; los taxistas que ponen rancheras a todo volumen; La Ilíada; las fiestas de matrimonio; los antiguos viajes a San Andrés a comprar radiola, nevera, televisor y los juguetes de los niños que están por venir; la música electrónica; los meseros de guantes; la champaña caliente; los tipos que se empetacan de pasabocas en los cocteles mientras explican las ventajas del sistema parlamentario, en medio de proyectiles proteínicos que se estrellas en las gafas del interlocutor; los paseos de olla, en fin, tantas otras aberraciones inéditas.
El gran apotegma que resume a cabalidad la enseñanza de Cornelius es este: "Odiad, odiad, que del odio algo queda". Lástima que algún traductor despalomado, oriundo de las sabanas mediterráneas colombianas, a consecuencia de su falta de tiempo y de cuidado, ya que dedicaba la mayor parte de su jornada, no a los estudios semiológicos, sino a interminables y altisonantes disputas políticas, tradujo equivocadamente el texto. Según él, Cornelius aseveró: "Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda". Mucho guache, ¿no?

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