Cuando desenfundo mi acordeón en una parranda en el más provinciano patio de Valledupar, en un apartamento en Los Rosales de Bogotá o en un concierto en Nueva York siempre tengo un deseo: llevar mensajes chéveres, de alegría y vida. He descubierto a través del tiempo que igual nos pasa a casi todos los músicos colombianos y en especial los del Caribe, donde somos alegres, dicharacheros y hasta algo mujeriegos. Me carcome el alma cuando por razones meramente comerciales se ha regado la bola de que los cantantes de folclor colombiano somos unos deprimidos, aburridos y suicidas cachones, destrozados por la infidelidad de una mujer.
Eso es pura paja. Es más, lidero el nuevo movimiento juvenil Fuera el Vallenato Llorón. Ya tenemos la junta directiva y en calidad de vocero afirmo: detestamos esa evolución degenerativa de nuestra música vernácula a la que, gracias a Dios, le está pasando su cuarto de hora comercial. Reunidos establecimos los nueve principios fundamentales por los que abominamos ese 'balanato' mal llamado vallenato romántico.

1
Por la letra, monotemática e insulsa que solo habla de un caso: el hombre idiota que ve deteriorar su vida porque una mujer infiel le destrozó el corazón. Y en esas se quedaron los compositores, sin cerebro para componer nada diferente, sin letras para hablar de otros temas y sin melodías bonitas. Siempre lo mismo: ella me dejó y mi vida sin ella no tiene sentido. snif, snif.

2
Por los saludos pendejos en medio de esas canciones. Obvio, si la canción tiene como tema la infidelidad, el saludito cursi no puede faltar. ¿Qué tal este?: "Compadre, y pensar que la quiero tanto", al mejor estilo de los loritos del Factor X.

3
Por las melodías recontrarrebuscadas, con arpegios fríos que lejos de mostrar una comunión entre el acordeonero y su acordeón, más parecen una guerra en la que el acordeón trata de huir y el intérprete de destrozarlo.

4
Por las voces. En cierta época, Rafael Orozco y Gustavo Gutiérrez fueron precursores de un vallenato romántico, melancólico si se quiere, y de inmediato surgieron los imitadores, con vocecitas delgadas y aptas, pero para ser escuchadas en moteles de mala muerte o en bares a punto de cerrar.

5
Por Jorge Barón. Él ha sido uno de los más beneficiados con el asunto. Lleva a todos lados los más grandes intérpretes de este género llorón y entre su "agüita pa' mi gente" y las lágrimas de los asistentes arma unos ríos publicitarios que desdicen del verdadero sentir de nosotros los colombianos.

6
Por el mensaje triste y derrotado. ¿Qué pasa? Nosotros los caribes, los colombianos, somos alegres y guerreros. Claro que sí, nos afectan penas, sentimos dolor, pero hay formas más sutiles de manifestarlo en canciones. Recuerden a Juancho Polo Valencia, quien llorando le compuso una canción a su inolvidable "Alicia adorada". Ella murió, lo abandonó y él, sumido en el más triste lamento, le compuso el son que lleva por título el nombre de su mujer. pero el remate del coro muestra nuestra fuerza y nuestra condición de echaos pa'lante: "Ay pobre mi Alicia, Alicia adorada, yo te recuerdo en todas mis parrandas". Seguía sufriendo, lamentando la partida del ser adorado, pero en parrandas ahogaba sus penas y, seguro, se conseguía otra mujer y fuera dolor. Por otra parte, el cuentico de que el cachaco es lúgubre, taciturno y melancólico. ¡eh, permítanme dudarlo! De pronto antes, cuando la sombrillita y el gorrito negro hacían parte inseparable de los "chapinerescos personajes", pero lo que me ha tocado a mí, lo que estoy viviendo en mis parrandas capitalinas, son hombres y mujeres con pintas medio rockeritas, sedientos de canciones como La reina, Bonita, Quiero verte sonreír y Te quiero como a ninguna.

7
Por la manera en que desdice de los orígenes del vallenato. Les cuento: a nuestros primeros intérpretes se les conoció como juglares (sí, juglares, iguales que Homero), porque eran los encargados, en ausencia de El Tiempo, El Espectador y El Pilón (diario vallenato), de llevar los recados de pueblo en pueblo. Con su acordeón al pecho, y en versos, daban las razones de lo acontecido en otros lugares. Su llegada era motivo de expectativa e incertidumbre, pero, por lo general, desembocaban en unos festines públicos donde no había cabida pa' las penas.

8
Porque se nota que son canciones hechas por pedido, sin sentir verdadero. Como cualquier manufactura inglesa, algunos compositores escupen canciones por doquier, por encargo de disqueras desesperadas y músicos sin principios y, obvio, la música vallenata y el folclor colombiano son sentimiento, calidez, alma que poco se ven evidenciadas en canciones insípidas carentes de sazón. Nos asiste una tranquilidad a los de Fuera el Vallenato Llorón: las cosas mediocres, y más las expresiones culturales mediocres, tienden a desaparecer por sí solas y, díganme si no, nadie recuerda canciones que hace dos años fueron hits y la letra era más conocida que el Himno Nacional. El osito dormilón tuvo su fervoroso momento, pero dormidito se quedó, para siempre, gracias a Dios.

9
Por el degeneramiento que produce en los músicos que nacen promisorios, pero se ven limitados y anulados musicalmente por el afán comercial, la fama y el enriquecimiento ilícito (ilícito por la traición folclórica, no piensen mal). Caen en la trampa, se van por el camino equivocado y hacen dinero, pero renunciando a los principios de hacer buena música, que igual puede ser exitosa y vendida.

Nuestro mensaje es distinto, en nuestras canciones hay invitaciones a la vida, a esa lucha por seguir adelante que es reflejo de un sentir coherente con los músicos colombianos. Artistas que, contrario a lo que se piensa, andamos siempre al pelo, contentos, de la mano de Dios. Las inscripciones a nuestro movimiento están abiertas y contamos en nuestras filas con gente venida de todas partes. Anímese: ¡fuera el vallenato llorón!

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