Estos días suelo acordarme de
aquel viejo chiste colegial. El paciente le dice al médico: "Doctor, he odiado a mi padre y a mi madre. Ahora odio a mi mujer, a mi suegra, a mis hijos, a mi jefe. Odio al gobierno. ¡odio a todo el mundo!". El médico responde, confundido: "¿Y por qué me cuenta usted a mí eso?". "Pero. ¿no es usted el médico del odio?". "¡No, hombre, no! Soy médico del oído.". No puedo remediarlo, en ciertas ocasiones me siento identificado con el pavoroso enfermo que se equivocó de puerta. Cada cierto tiempo, según pautas misteriosas e inexorables, noto que mis relaciones con el universo empeoran sensiblemente y que me brota de lo más íntimo de las entrañas una hostilidad insondable contra todo lo que se mueve, corre y chuta. Los síntomas son inconfundibles: sin poder hacer nada para remediarlo, una vez descartado el suicidio por instinto de conservación, cae sobre mí un nuevo mundial de fútbol. Solo queda aguantar el largo chaparrón de brutalismo y entusiasmo patriótico, los berridos del triunfo y los lamentos borrachos de la derrota, con crujir de dientes y mascullar de blasfemias. ¡Quiero venganza!... pero sé que no la obtendré. Mientras planeo mi revancha atroz pasará el tiempo y llegará, implacable, abrumador, obtuso, vil pero cierto como la muerte, el próximo Mundial.
Habitualmente, estoy a favor de todo lo que causa placer a los humanos. No me importa que sea sucio, pecaminoso, trivial o acompañado de fuegos artificiales (esta última concesión me resulta especialmente dolorosa). Si los humanos -y las humanas que te voy a decir.- somos sucios, pecadores y triviales, tampoco podemos pedir mucha elevación a nuestras diversiones. Lo peor que puede decirse de nuestros placeres es que se nos parecen demasiado: si resultasen de otro modo, no nos complacerían. Sea como fuere, quiero gozo y cachondeo: ¡señores, venga alegría! Me declaro un puerco más de la jubilosa piara de Epicuro y me siento solidario con mis colegas cuando hozan, gozan y retozan. Detesto a los que no se divierten más que amargando con sus críticas desmitificadoras las modestas o inmundas diversiones de los demás. ¡Déjelos revolcarse, pobrecillos! No gruña, no zahiera. Si lo asqueroso hace pasar un buen rato, tampoco es cuestión de flagelar a nadie. Mírenos las caras: ¿qué esperaba, sutilezas y delicias edificantes? De usted para mí, se ve cada tipo.demasiado que no muerdan. O sea, por resumir: que en todo coro de rugidos orgiásticos estoy favorablemente dispuesto a aportar la segunda voz.
Con el fútbol, ya ven, hago una excepción. Amparada, desde luego, en los mejores apoyos intelectuales. Cuando el rey Lear quiere mostrar su máximo desprecio por alguien le insulta así: "¡Tú, vil futbolista!"(acto I, escena 4). Yo en cambio le escupiría: "¡Vil espectador de fútbol!". Porque jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo (se suele elogiar a los que lo practican con un repugnante: "Ha sudado bien la camiseta"), pero al menos resulta en bastantes casos disparatadamente rentable. Y, como decía el doctor Johnson, "pocas actividades hay más plácidas y recomendables para un hombre que dedicarse a ganar dinero". En cambio el espectador de fútbol no hace incesantemente más que perder. Mientras los equipos juegan, pierde los nervios; cuando su equipo es derrotado, pierde la compostura y la decencia; pero si su tribu vence, él pierde la cabeza.
Me refiero a los partidos de fútbol "normales", si me disculpan el oxímoron: aunque en todos ellos, los fanáticos de cada club adoptan arrebatos identificatorios propios de los peores momentos de la secta de estranguladores de la diosa Kali, según nos los detalló el gran Emilio Salgari. Pero cuando hay banderas nacionales de por medio, las cosas aún empeoran. Lo que suele llamarse eufemísticamente "la masa enfervorizada" -en realidad una piara de lunáticos maleducados poseídos por el síndrome patriotero- se entrega al estruendo y la furia hasta extremos que habrían hecho a Macbeth añorar la amable compañía de las brujas. Lo más insoportable son los cantos, los ripios, los "oé, oé, oé". Uno puede soportar los estragos de la peste o los horrores de la guerra: ¡pero la estupidez en orfeón, ya es demasiado!
El incomparable Fontanarrosa, que ha escrito cuentos sobre fútbol tan divertidos que casi justifican literariamente la existencia de esa ignominia pelotuda, dice que -pese a la tradicional aptitud de los argentinos para la cancha- a él dos razones le han alejado del estrellato deportivo: la primera, su pierna izquierda; la segunda, su pierna derecha. Tengo no dos, sino dos mil razones para odiar de la manera más desaforada la demencia mundial que se aproxima. Las portadas de los periódicos más serios no hablarán de otra cosa, los telediarios postergarán por un día las necesarias matanzas para ilustrarnos sobre los vaivenes de esos millonarios en calzoncillos que sudan la camiseta mientras aúllan en las gradas los chacales con estandarte. Y lo peor de todo: durante semanas, yo no sabré de qué hablar con quienes me son más dulcemente próximos.

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