Vivimos en un mundo indefinido donde es criminal que un desconocido irrumpa en tu casa, pero se permite que entre su voz. Suena el teléfono y alguien te ofrece pertenecer a un club cuya existencia ignorabas pero que parece diseñado para tu nivel de ingresos, tu edad y tu número telefónico. En vez de premiar a sus clientes con la discreción, los bancos venden datos a las empresas más variadas. Hace poco supe que califico para los planes de una reconocida funeraria. El tema, de por sí deprimente, empeoró con la discusión teológica posterior en la que propuse ser eterno con tal de comprar una tumba a plazos. La siguiente llamada reveló que también califico para clases de buceo. ¿Es posible que pretendan que además de morir pronto bucee con ganas? Si se trata de proyectos vinculados, ¿no es de mal gusto proponer que te ahogues de manera productiva?

A veces pienso en las voces inertes al otro lado de la línea. ¿Qué clase de vida llevarán las personas que ofrecen una inversión inmobiliaria como si hablaran de un terrenito en Urano? ¿Cuántos teléfonos les colgarán al día, cuántos insultos absorberán en las esterilizadas burbujas desde las que hablan? Los operadores de la economía invasora carecen de rasgos distintivos; hablan como si alguien los doblara. Al margen de los modismos y los acentos personales, han aplanado las emociones al grado de pronunciar tu nombre completo como si fuera natural (todo mundo te dice "Toño", pero ellos preguntan por "Lauro Antonio"). Refractarios a los argumentos, avanzan como una computadora que juega ajedrez. Aunque no revelan afecto alguno, saben dar golpes bajos: a las cuatro frases queda claro que no eres tan previsor, tan ahorrativo ni tan moderno como creías. Mientras sesteabas, el mundo inventó una tarjeta de crédito blindada contra tus defectos de consumidor. ¿No la quieres? ¿Acaso no les conviene a los tuyos? En las peores ocasiones, la voz tiene razón. Un terror pánico se apodera del cliente clásico, que aún necesita utilería para los trámites y piensa que lo importante de un contrato es el escritorio en que se apoya. ¿Podemos confiar en un acuerdo que depende de dígitos recitados a larga distancia? Es el momento de reivindicar tradiciones: pides que te envíen un folleto. Pero la voz aclara que esos beneficios solo llegan por teléfono. Cuelgas, sintiéndote un cobarde ante los requisitos de la era.
La mayoría de las veces es fácil descartar lo que te ofrecen. Desconfías de los camarones congelados, ya te resignaste a ser calvo, no quieres saber por qué los inquilinos anteriores compraban esa agua de pelos de elote. Pero el terrorismo telefónico insiste y se multiplica. Comprobé la fuerza persecutoria de esos señores de la guerra en vísperas de un viaje. Como creía tener asuntos pendientes, dejé en mi casa los teléfonos de donde iba estar por si se ofrecía "algo urgente". Solo dos personas juzgaron imperioso ubicarme: una me ofreció un condominio horizontal y otra, un teléfono que suena con el himno del América.
En su furia localizadora, las voces muertas hablan en sábado y domingo, cuando las víctimas descansan. Mi umbral de tolerancia llegó a un límite. Ante la siguiente voz intrusa, decidí invertir los papeles; le pedí el teléfono de su casa, para reportarme el próximo domingo. Extrañamente me lo dio.
Confieso que pasé una semana de suma tensión, como si dispusiera de una llave maestra para entrar al depósito de las voces. No me interesaba la mujer sin alma que me había brindado el número, sino ejercer una venganza vacía, solitaria y simbólica; ser, por un momento, el acosador, un verdugo a la distancia.
Dormí mal el sábado. A las seis de la mañana estaba ante el teléfono. La voz me contestó con perfecta indiferencia, como si despachara en una oficina. ¿Carecería de casa? Quizás un refinado proceso de deshumanización permitía esa voz sin cuerpo, identidad, tipo sanguíneo. Eran las seis de la mañana de un domingo y una muerta hablaba conforme a la normatividad: me pidió mi número de cliente. Dije que aún no tenía; por eso hablaba.
Sobrevino entonces una alteración de significados típica del mundo corporativo. Si te ofrecen algo, saben que te llamas Lauro Antonio, tienes un Tsuru rojo y dos niños en la escuela; si necesitas algo, debes lograr que tu extraño apellido, tu cuenta bancaria y tu ilocalizable NIP coincidan con lo que tiene registrada la computadora. No era mi caso: "No estoy autorizada a hablar con usted", dijo la voz. Le comenté que ella me había llamado una semana antes. "A veces hay errores", contestó en tono maquinal. Yo quería irritarla, lograr que al fin la ofensa saliera de mi teléfono. En vez de eso, me enfrentaba a la vana tentativa de probar que existo. Pero ninguno de los números identitarios hacía tilín. Había llegado al grado cero del terrorismo telefónico: mis datos servían para que me ofrecieran un tiempo compartido en Puerto Vallarta y pavos ahumados para la Navidad, pero no podía autentificarme con ellos. En pleno proceso de desvanecimiento, dije: "Soy real; escribo en un periódico; puedo hablar de este tema". Por primera vez, una voz anónima colgó antes de que yo lo hiciera.

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