No es propiamente odio lo que siento por algunas cosas que se me atraviesan con frecuencia, sino apenas antipatía o rabia, sentimientos menores que se me pasan rápido y que carecen de la fuerza suficiente para volvérseme obsesivos. El odio es un sentimiento demasiado activo y calificado como para ejercerlo respecto a las trivialidades que enumeraré a continuación. Mis odios propiamente dichos no los pondré entonces en evidencia. Primero, porque son muy personales, y su veneno y eficacia radican en el secreto con que los cultive. Segundo, porque los odios siempre los he sentido hacia gente, nunca hacia objetos, frases, costumbres o lugares. Y tercero, porque son tan pocos, que no darían para llenar ni una página. Mejor que sean escasos para vigilar que no se me escapen u olviden. Sentir odio es algo individual, mientras que experimentar fastidio, o molestia, es algo que puede compartirse con quienes se tienen ciertas afinidades. De hecho, algunas de las siguientes broncas las obtuve por encuesta con amistades. No me gustan:

- Las servilletas de papel con que se acostumbra envolver los vasos de licor en los cocteles. Son un adorno zalamero y contraproducente que lo obliga a uno a apretar demasiado el vaso para que no se le resbale.
- Los que agitan las manos para espantar el humo, no obstante encontrarse uno fumando a cuatro metros de ellos. Y los autodenominados 'fumadores pasivos'.
- Los que hablan de sí mismos en tercera persona.
- La manera como algunos adultos emplean el verbo 'crecer': "Fue una experiencia muy intensa que me hizo crecer".
- Los políticos que para pronunciar ciertas frases juntan las manos en ademán de oración. Para esa gracia que se arrodillen de una vez.
- Los vecinos de la silla de atrás a la que uno ocupa en los aviones o en el cine, que cuando se levantan se apoyan en el espaldar delantero.
- Los que usan computadores portátiles en los aviones.
- La palabra 'naufragio' en los poemas urbanos y sin barcos. A cualquier tristeza ya se le quiere dar la dimensión de un Titanic.
- Las tetas de silicona. Simétricas como totumas y faltas de la mínima ley de gravedad. Además ya cubren las clavículas.
- El comercial ese de chocolate Corona con sus berridos patrioteros: "Aquí en mi corazón tengo a Colombia, tengo lo que me permite levantarme cada mañana.". Me hace sentir vergüenza ajena.
- La siguientes frases que de tanto abuso han empobrecido los conceptos que querían encarnar: 'Sentido de pertenencia', 'construir nación', 'modelo de ciudad', 'recomponer el tejido social', 'tejedores de sociedad'.
- La palabra 'escenario'. Ya se trasteó del mundo del espectáculo al de los análisis socioeconómicos.
- Las revistas de recursos humanos de las empresas que celebran los nacimientos de los hijos de sus empleados de la siguiente forma: "La familia de Seguros Tequendama se alegra con la llegada de un nuevo tequendamita".
- El restaurante Andrés Carne de Res. El que quiera comer tranquilo y departir con privacidad, ni se aparezca por allá. En ese lugar se le sienta a uno en la mesa una gente disfrazada a hacerle chistes malos y para ir al baño hay que abrirse paso por entre un mundo de niños que ensucian cartulinas bajo las instrucciones de un recreacionista.
- Los libros de Paulo Coelho. Hay quienes lo llaman el Julio Iglesias de la filosofía.
- Los manifiestos públicos de solidaridad o de protesta que se inician siempre con esta frase: "Los abajo firmantes, trabajadores al servicio de la palabra.".
- Los requisitos para inscribirse en un registro de proveedores.
- Los restaurantes macrobióticos.
- La música de la película El Golpe, tocada con sintetizador, que le ponen a escuchar a uno por teléfono mientras espera a que le pasen a la persona que necesita.
- El verbo 'regalar' usado para comprar o solicitar un servicio: "Me regala un tinto", "me regala su cédula".
- Expresiones como: "Para decirlo de alguna manera", "por decir algo", "un poco como"... Tengo la sensación de que esta epidemia de ambigüedades surgió cuando se derrumbó el lenguaje preciso de la bipolaridad o de la guerra fría. Son frases truncas que intentan sustituir conceptos desconocidos. También pueden ser muletillas para allanar una crisis generalizada de léxico proveniente de la hegemonía de lo mediático. Y la prueba reina de que donde hay un déficit de ideas puede perfectamente recurrirse a un superávit de palabras.
- La sustitución del verbo 'poner' por el verbo 'colocar': alguien un día decidió que 'poner' era un verbo que solo conjugaban las gallinas al 'colocar' un huevo, y la gente, para evitarse comparaciones avícolas, empezó a descontinuar la noble palabra. "Dios mío, en tus manos colocamos este día que ya pasó." fue el inicio memorable de esa conspiración que desde entonces ha tenido derivaciones insoportables: "Le coloqué toda mi atención", "voy a colocar una carta al correo". En donde sí ha logrado mantenerse invicto el verbo prístino, es en las palabras compuestas. Tuvo que aliarse con otras para sobrevivir: 'Magistrado ponente' (¿algún día le dirán 'colocante'?). 'Repuesto' (¿será que se llegará al extremo de llamarlo 'recolocado'?). Y así sucesivamente pasando por 'posponer', 'deponer', 'suponer', que será el lector quien deba imaginarse cómo sonarían si también hasta ellas llega la abominable y sospechosa limpieza.
- El comercial pacifista que pone en labios de un niño la siguiente, originalísima, frase: "Los niños queremos la paz, porque somos el futuro de la patria".
- Los prefijos 'super' y 're', de uso agobiante por parte de los jóvenes: "Superbien", "relargo".
- Los intensos de cualquier doctrina.
- Diomedes Díaz.
- La expresión paisa: "¡Entonces qué, papá!".
- El tal "Yo veré".
- Las enfermeras que diminutizan las palabras con que tratan a sus pacientes: "Aquí le traje su sopita y se la va a tomar bien juiciosito". Estas profesionales acostumbran, además, demagógicamente, exaltarle a sus atendidos sus potencialidades sexuales: "Se me toma esta lechita, para que cuando vengan a visitarlo las muchachas de su oficina esté como un torito".
- Y por último, el mensaje que lo asalta a uno en el auricular cuando el teléfono al que llama está ocupado. Se trata de la voz del Alcalde advirtiendo que ese mensaje no le va a costar nada al usuario, y previniéndolo para que no se le atraviese al tren de Bogotá.

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