-Aquí contratamos extras extras. Los de cero parlamento. Lo que se llama extrazo.
Sandra Ulloa es muy clara con todos los que estamos en la fila esperando inscribirnos en su agencia.
-Si los llamamos para una escena ustedes van a recibir 25 mil pesos. No les pago yo, les paga directamente la productora y la plata les sale dos meses después.
Sandra es una de las agentes de extras más serias. Entrega un carné que sirve para ingresar a las grabaciones. Compromete a los productores con el almuerzo y la comida para los extras y con un auxilio de transporte si la grabación se extiende después de las diez de la noche. Aunque parezca poco, eso es mucho en este ambiente. Mis colegas aspirantes, que ya son extras de otras agencias, me dicen que en algunas realizaciones no les dan comida, les pagan apenas 12 mil pesos por trabajar una hora o un día, no les reconocen transporte y se gastan en el taxi lo que se ganan. Si quieren café les dan un vaso desechable para que lo reciclen durante toda la jornada. En agencias que usualmente se ofrecen por el periódico los aspirantes pagan por una inscripción, esperan y esperan, llaman a preguntar y les responden que no han sido elegidos. Hasta que desisten.
De todo eso nos habla nuestra nueva representante. Advierte que en la televisión solo quieren bonitos, pero es obvio que casi ninguno de los que estamos en la fila reúne ese requisito. Aun así nos da esperanza:
-Por lo menos aquí recuperan los cinco mil pesos de la inscripción, porque yo meto un feo entre 35 bonitos y ahí graba aunque sea una escena.
La agencia es en realidad la residencia de su gerente y propietaria. Está ubicada en cercanías del Coliseo El Campín de Bogotá. Hasta allí llegué, como lo hacen decenas de personas todos los sábados a las 11 de la mañana, cumpliendo las exigencias que me había hecho por teléfono: saco y corbata, una hoja de vida con foto y los cinco mil pesos. No sé por qué, pero fui el único que ese día cumplió con lo de la pinta. Claro, a ninguno lo devolvieron por no ir vestido de esa forma, pero Miriam, al lado mío en la fila, sí me hizo saber la importancia de haber llenado ese requisito:
-A usted lo tratan según como esté presentado. Nada de raro que lo pongan por ahí de abogado. Hasta se me parece a uno que hace un programa de televisión por allá a medianoche.
Miriam tiene unos 25 años y llegó a la fila con su hermana Sandra. Estaban cansadas. El día anterior habían grabado en la telenovela Amor a la plancha y tuvieron que permanecer al aire libre desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. Miriam no estaba allí por vocación de actriz. Pocos meses atrás perdió su puesto en una compañía de seguros y, como me lo confesó luego, mientras tomábamos gaseosa y pan en la tienda de la esquina, "iba a estar un mes más en esto y si no buscaba otra cosa". Pero le había ido bien. Esa semana tenía en su historial tres telenovelas diferentes y ahora, como yo, aspiraba a entrar a Pasión de Gavilanes, donde oyó decir que pagaban y trataban muy bien. Llegó al oficio por Sandra, una hermana menor que lleva un par de años asistiendo como extra, pero por razones muy diferentes: ella sí quiere ser actriz.
Son diversas las motivaciones para medírsele al oficio de extra, que como me recordó Ernesto McCausland, más que un arte de actuar, es un arte de esperar. La mayoría lo hace por necesidad (el 90 por ciento de los representados de Sandra viven de este trabajo); otros, porque sueñan con ser actores, y unos pocos, porque quieren conocer actores. Yo preferí incluirme entre los que lo hacen porque quieren actuar, pero no encontré mucho eco entre mis compañeros de aventura. Me recordaron que para eso mejor se mete uno en clases.
-Aunque dicen que Diego Cadavid empezó de extra -anotó Paula, de unos 17 años, que también se presentó con su hermana. Esto de ir acompañadas es muy común entre las mujeres aspirantes. Gloria llevó ese día a su mamá, de aproximadamente 65 años. Ángela, una madre joven de jeans y ombliguera, estaba inscribiendo a su hija.
-Aquí se reciben desde niños de tres años hasta ancianos que puedan moverse por sí mismos -afirman los asistentes de Sandra.
María Teresa tiene 52 años y ha sido extra durante nueve años. Ese sábado estaba inscribiendo a sus dos nietas de 7 y 5 años. No es que le guste la actuación. Es más, cuando le pregunto si los actores son amables con los extras, se precia de decir que ni siquiera los conoce.
-Una vez me tocó al lado de una que yo decía... a esta la conozco... después me dijeron que era Amparo Grisales.
La inscripción en el registro de extras es más sencilla y más rápida que la espera: nombre, edad, teléfono, color de ojos, talla de ropa y número de calzado. Yo creí que iba a grabar ante una cámara de video y que hasta improvisaría algún parlamento.
-Esto no es una audición -me recordó uno de los asistentes.

Patiño debió soportar largas filas para inscribirse en una agencia y llenar un registro con su nombre, edad, teléfono, color de ojos, talla de ropa y número de calzado.

El maquillaje no es igual para un extra. Toma cinco minutos, apenas una espolvoreada.

Aun así me tomaron una foto "para tener su registro" y me pidieron que sonriera. Después de la inscripción y de recibir el carné, la tarea consistía en hacer lo que un extra sabe hacer mejor que nadie: esperar.
La llamada llegó pronto, aunque un poco tarde: tres días después, a las 11:30 de la noche. Sandra me avisaba que tenía grabación en la locación del Bar Alcalá (un reconocido rumbeadero de la Zona Rosa de Bogotá), donde ocurren todos los amores de Rosario Montes (Zharick León) en Pasión de Gavilanes. Tenía que estar allí a las siete de la mañana con jeans, camisa a cuadros y chaqueta.
Exageré un poco la puntualidad. Cuando llegué sólo estaba parqueado un camión de la producción. Pero en minutos la calle alrededor del bar se fue llenando de colegas. Ningún actor a la vista, ni maquilladores, ni vestuaristas. Los primeros llegaron treinta minutos después. Me sorprendió no ver alguno de los que estaban conmigo el sábado, hasta que aparecieron mis aliadas de ese día: Miriam y Sandra. Pero esta vez no estaban tan cálidas.
-Usted sí es el del programa ese. ¡Hágase! Anoche me trasnoché viéndolo -me dijo Miriam.
Para mis propósitos actorales la escena en el bar era ideal, pues todos están caracterizados de rancheros y podía ser "menos yo" (algo que les he oído a los actores). Pensaba en eso mientras escuchaba hablar con mucho entusiasmo a Alejandra, una adolescente que a pesar del frío de la mañana no tenía inconveniente en lucir una diminuta blusa y sus hombros destapados. Estaba compartiendo las fotos que se había tomado con los actores de una telenovela de RCN la semana anterior. Estaba especialmente orgullosa de una en que aparecía abrazada a Marcelo Cezán.
El llamado a vestuario no tuvo mayor misterio. Consistía en pararse frente a un furgón lleno de ropa colgada. Desde adentro, una mujer decía quiénes subían y quiénes no.
-¡Suba! -me dijo después de una rápida mirada de pies a cabeza-. Quítese la camiseta que lleva por debajo, déjese la chaqueta y póngase este sombrero.

Durante un total de 13 segundos, y después de una mañana de sábado de espera y un miércoles entero de grabacion, sin cobrar sus honorarios como extra, el codirector de Caracol Noticias aparecerá en el capitulo 175 de la novela mas vista en Colombia..

Tener sombrero siempre ha sido para mí un problema y no voy a explicar por qué. Pero como quería pasar lo más desapercibido posible no puse ninguna objeción. Durante quince minutos estuve caminando por los alrededores del centro comercial Andino, sintiéndome como un vaquero escapado de la Hacienda de los Reyes hasta que nos llamaron para ingresar al bar. Nos reunieron a 60 personas en un pequeño cuarto y apareció Sandra. Regañó a quienes llegaron tarde, nos recordó que "ella ponía el pecho por todos", aclaró una vez más el tema del pago y nos dijo que podíamos tomar el café que quisiéramos. El problema era encontrar dónde.
Después llegó el momento en que yo imaginaba que el director nos explicaría la escena en detalle. No fue propiamente así, pues fue un director asistente el que nos dio algunas recomendaciones: debíamos imaginarnos que eran las dos de la mañana, parecer muy contentos, coquetear con las mesaras, pero ¡ojo!: no tocarlas.
-Es que ha habido problemas -me murmuró uno de mis colegas vaqueros.
En la escena no habría diálogos y eso me dejaba frustrado, pues creí que uno de los privilegios de ser extra era saber anticipadamente qué ocurría en la novela. Tampoco estaría Rosario Montes, que es como la reina del lugar, y nadie podía gritar ni un ¡güepajé! o un ¡ay ay ay!, a pesar de que se sintiera motivado por la música. A algunos nos asignaron pareja, pues íbamos a tener un rol específico: bailar. A mí me correspondió Alejandra, la joven de la blusa diminuta y las fotos con famosos. Parecía una experta. Ni siquiera se preocupó por mirar al parejo asignado. Como no lo había hecho con ningún otro extra, el actor Juan Sebastián Aragón la saludó con mirada de Armando (su personaje) y ella, emocionada, le recordó en qué escena había estado con él y la foto que les habían tomado. Mientras el parejo ignorado observaba, otro integrante del elenco, Víctor Rodríguez (Memo), le dijo que le diera el telefóno para llamarla a un casting. Al menos ella ya tenía cumplido su propósito: saludar al galán y asegurar otro llamado, y no iba a perder el tiempo hablando con el extra maluco que le tocó en suerte.
A las nueve de la mañana comenzó el movimiento. La música a todo volumen, el humo inundando el salón, las bailarinas contorsionando sobre el mesón y media docena de meseras a lo texano de aquí para allá. Mi papel era difícil, pues consistía en parecer enrumbado y feliz. Sin haber tomado jamás un curso y basado en lo que he oído decir, apliqué mi propio método (con perdón de Stanislavsky): imaginé cómo me vería a mí mismo y cómo me verían los demás en esta situación y lo logré: sonreí.
Me habían dicho que yo no hablaba, pero no me advirtieron que alguien del reparto me hablaría. Panchita, la cantante del bar, me eligió entre los muchos extras para dedicarme parte de su corrido texmex. Mirándome fija y pícaramente a los ojos, se acercó, micrófono en mano, y me dijo el primer parlamento que escucharía en mi naciente carrera de actor:
-¡Eres un perro de lo peor!
Reaccioné, me sentí comprometido a actuar e hice mi mejor cara de asombro, mientras ella seguía su recorrido entre el público. Para qué, pero estaba orgulloso de mi papel. Yo sabía que no podía estar pasando inadvertido y que en la cabina alguien me podría escoger para mejores cosas hasta que se me acercó un asistente y me dijo:
-Venga que no lo estamos viendo. Está de espaldas a la cámara.
O sea que mi carrera de actor había pasado del anonimato a la clandestinidad. La escena se repitió otras diez veces, aunque en ninguna otra Panchita me determinó. En cada toma cambiaba de elegido para soltarle la frase del "perro de lo peor". Pero mi motivación interna continuaba y cuando ya había pasado al brinco del baile, Alejandra me dijo con toda su veteranía:
-Pare que ya no estamos en cuadro.
-¿Cómo sabe?
-Desde aquí veo el monitor.
Me sentí, como se dice, sobreactuado.
La grabación terminó tres horas y diez minutos después de mi llegada y, según todos, nos podíamos dar por bien servidos, pues fue corta. Mientras los técnicos recogían cámaras, cables y luces y Armando cambiaba la pinta seductora para salir en su bicicleta, los extras hacíamos otra fila, esta vez para firmar una planilla que nos daría, dos meses más tarde, el derecho a cobrar nuestro sueldo. Pero tuvimos más que eso. Sandra estaba muy molesta por la poca motivación de sus pupilos. No me di por aludido porque estaba seguro de mi compenetración. Y no me equivoqué. Un asistente llegó para decir que necesitaba un grupo de estos figurantes, co mo también se nos llama, para otra escena en la boutique de Leandro. Cuatro horas después estaba en los estudios de RTI, preparándome para mi segunda escena del día. Una carambola que pocos logran.
-¡Calzarás 43! -me sentenció Claudia, una de las encargadas del vestuario. Yo necesitaba unos zapatos 41 para mi caracterización como cliente elegante pero no había de otra. Si ya tenía en los pantalones un dobladillo con cinta de enmascarar, ¿por qué me iban a incomodar con unos zapatos grandes? Al fin de cuentas así podría entrar pisando fuerte al mundo de la actuación. La pequeña sala de vestuario de extras está ubicada a unos pasos de la de los protagonistas, y aunque no nos lo dicen de manera explícita, hay personas pendientes de que entremos al lugar equivocado.
-Quédense aquí, pero sin estorbar -nos dijo Paulo, en un tono a pesar de todo amable. Es el coordinador de la agencia de Sandra, pero demuestra con su ejemplo que la carrera de extra sí tiene futuro para algunos. Empezó de extrazo y ahora no solo coordina, sino que tiene personaje en Pasión. y hasta dice algunos parlamentos. Es lo que llaman un extra con parlamento.
El coordinador nos marcó nuestros movimientos. Para ser un extra debutante no me iba mal, tenía que hacer como cinco actividades sucesivamente. Pero otra vez el karma. En el primer movimiento, con el que comenzaba la escena, mi supuesta esposa y yo debíamos acercarnos a un muestrario de sombreros donde me medía uno por uno. En el primer ensayo pude ubicar el más cómodo y, sin permiso de Julio Jiménez, armé un libreto en el que yo decidía que sólo me gustaba un sombrero.
A pesar de ser en estudio, y con menos gente, la grabación fue más dispendiosa. Era una escena larga, sin cortes, con veinte extras moviéndose, dos actores jóvenes que hablaban mientras caminaban y tres actores veteranos que recorrían por completo el salón. Cada nuevo intento debía repetirse desde el comienzo, lo que contrariaba a mis compañeras. Las extras habituales se quejaban de los más nuevos en el reparto.
-Mire que siempre son ellos los que se equivocan. En cambio los otros (se refería Julio del Mar y a Consuelo Luzardo) no se caen.
Mi mística ya se estaba agotando, pero en mis compañeras no había ninguna. Querían salir rápido de eso. Igual que yo, estaban desde las siete de la mañana en el cuento y ya eran casi las seis de la tarde. Mucho tiempo para dos escenas, pensé. Pero no podía quejarme en mi primer y único día como actor.
-¡Queda, gracias! -dijo el coordinador de piso con ese tono cantado que tienen todos los de su oficio. Rápidamente, antes de que los actores de verdad se fueran, hice lo que Alejandra me había enseñado: pedirles una foto. Solo alcancé a Julio del Mar y Ana Lucía Domínguez. Consuelo se me fue.
-Pero flash, flash -me dijo Julio, haciendo saber que no tenía mucho tiempo.
Ambos miraron sonrientes a la cámara, pero nunca al extra que los había acompañado por tres horas y les pasaba el brazo por la espalda.
Tal vez ningún televidente se haya percatado, como tampoco ninguno de los que compartieron escena, pero en el capítulo 175 de la telenovela más vista en Colombia y en Hispanoamérica, durante un total de 13 segundos y después de una mañana de sábado de espera y un miércoles entero de grabación, sin cobrar aún los 50 mil pesos que me corresponden, y sin un tinto entre pecho y espalda, aparezco yo.
¿Así habrá comenzado Diego Cadavid, que actúa en dos novelas simultáneas y ya gana premios? Prefiero no saberlo. Como extra es mejor saber esperar.

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