Ocurrió un viernes reciente. Seis mujeres, de esas que de tanto en tanto se reúnen a beber unos vinos de más, llamaron a uno de esos hombres bien dotados que prestan servicios al antojo de la consumidora. Fue fácil. Siete números y a los 45 minutos apareció Arturo, de 36 años, bogotano, presto a todo por unos pesos de más.

La sorpresa para Arturo fue mayúscula. Todas dijeron sentirse ‘bien comidas’, para usar el término más usual en la jerga femenina y por eso, sin rodeos, le dijeron al prostituto que dejara a un lado aceites y demás instrumentos utilizados en su trabajo porque lo único que querían era hablar.

El hombre, sabio en lucubraciones femeninas, se sirvió un whisky y a rajatabla les dijo: “Aquí todas están mal comidas. Díganle a sus parejas que las trate como amantes y dejen atrás esa cara de farsantes porque positivamente sé que están queriendo muchas cosas”.

Fue entonces cuando habló de porcentajes. El 85 por ciento de las mujeres que lo llaman, de todos los estratos, razas y hormonas le piden, apenas cruza el umbral de la puerta, que las tumbe en la cama y les haga sexo oral. Van más lejos: lo obligan a que las trate con la sutileza con que los hombres tratan a las amantes y le piden que se desfogue con ellas como si fueran ese fruto que a veces, sólo a veces, está disponible porque son prohibidas, porque están y no están, porque pasan todo un día deseándolas y cuando llegan a cualquier cuarto, por desvencijado que sea, las arrastran por los pisos, sudan, se queman y las llevan a la estratosfera de los orgasmos múltiples.

“Sean sensatas —remató Arturo—, los hombres quieren que sus mujeres sean unas putas en la cama y unas damas en la sala”.

El sexteto de ‘bien comidas’ cambió de color. Se llenaron las copas y la verdad reinó al fin. Porcentajes, para ponerlos en términos cuantificables. De diez polvos, máximo dos traen consigo un tímido, muy tímido sexo oral y otra serie de fantasías como, por qué no, sentirnos las más violadas de las violadas. Sépanlo señores. Nada mejor que verlos liberados, gozones y felices con nosotras rendidas a sus pies. Nada mejor que un polvo sudado, infinito, permisivo y libre, de esos en los que uno se siente a sus anchas sin estar pendiente de olores, sabores, factores (a propósito, si quieren que su mujer se parezca en la cama más a una puta que a una dama, vayan diciéndole si se sienten cómodos o no con el sexo oral porque, la impresión del sexteto, es que a los hombres les gusta que les hagan y no hacer).

El mensaje es claro. Hagan con nosotras lo que quieran. Se permiten frutas, vinos, elíxires, aguas, termales, masajes, palabras, palabrotas, palabritas. Eso sí: putas, sí, con todo gusto, pero con amor y dignidad. Miren a ver cómo conjugan esta ecuación.

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