Yo sé que es la fantasía sexual de todos los hombres, que todos se mueren por eso. ¿Pero se han puesto a pensar qué sentimos las mujeres? Exactamente el mismo placer. Besar a otra mujer no solo es delicioso, es necesario. Y no es que sea gay, por supuesto que no, si me fascinan los hombres, lo que pasa es que a veces son las mujeres las que nos dan más placer.

Mi atracción por las mujeres comenzó desde los trece años, cuando las veía en el colegio, sentándose con sus uniformes cortos sobre el pasto. Al comienzo pensaba que simplemente admiraba sus cuerpos, pero esa atracción no pasó nunca.

Luego vino una etapa de duda. ¿Será que me gustan las mujeres más que los hombres? Pero se disipó rápidamente, porque para mí no hay nada mejor que un hombre, no solo que sea bueno en la cama sino fuera de ella.

¿Qué tenían entonces las mujeres que las hacía tan atractivas? Tal vez que ya las conocía, como me conocía a mí misma. Que un beso con ellas era tan seguro como cuando era niña y jugaba a besarme en el espejo.

Entonces comencé a experimentar con amigas en la casa. Los juegos eran quién besa más rico, qué lengua se sabe mover mejor… todas nosotras estábamos en lo mismo, éramos niñas, nunca nos habíamos dado un beso antes con nadie y era justo que aprendiéramos entre nosotras.

A medida que íbamos creciendo, vinieron más cosas. Si el tipo con el que salíamos nos besaba, nos explicábamos el beso con lujo de detalles. Si nos tocaba, nos tocábamos las unas a las otras para contar cómo era, mientras que había un par que miraban en un teatro improvisado con las almohadas de las camas haciendo de butacas.

Tuve una relación un poco más seria con mi mejor amiga, una mujer alta que tenía una obsesión enfermiza por su bronceado. Era mi amiga de colegio, pero cuando crecimos y nos empezamos a acostar con tipos, dejamos a un lado los juegos de la adolescencia y nos limitamos a contarnos historias cuando salíamos a almorzar.

Contar cómo nos había comido alguien estaba fuera de las posibilidades. Como si hubiera un tabú entre nosotras, que se instaló apenas ella perdió su virginidad, a los 16 años.

Nos contábamos peleas, reconciliaciones, terminaciones y coqueteos. Alguna vez ella llegó a mencionar el tamaño del pene de un amante excepcional, pero eso fue todo.

Esa noche coincidió con que las dos habíamos terminado con nuestros respectivos novios. Compramos mascarillas para la piel y un litro de helado de chocolate para aliviar nuestro dolor y alquilamos Sleepless in Seattle y Sabrina y yo nos sentamos a verla. Cuando Harrison Ford le dio un beso a Julia Ormond, nos dimos cuenta de que estábamos llorando, con la boca llena de chocolate derretido, en una escena patética.

Yo le dije que habría sido más dulce si Ford y su novia tuvieran chocolate, y terminamos besándonos y lamiéndonos el dulce de la boca.

La historia de amor en la televisión siguió mientras que mi amiga y yo tuvimos la nuestra. Nos quitamos la piyama, nos acostamos en la cama y comenzamos a acariciarnos, ya no como en el colegio, en juego, sino de verdad. Hicimos lo que solo pueden hacer las amigas muy íntimas. Nos mostramos dónde teníamos que tocarnos para excitarnos, y descubrimos que teníamos casi los mismos sitios en común: el clítoris, por supuesto; las piernas, las nalgas, la cintura, los pezones, la quijada. Esos sitios en los que habíamos experimentado de niñas y que todavía nos traían buenos recuerdos, o que simplemente habíamos aprendido a manejar con habilidad.

Al día siguiente cada una salió en una cita a ciegas y yo terminé saliendo con el tipo, así que volvimos al viejo ritual del chisme en el almuerzo, pero estoy segura de que apenas yo termine con este, si ella no está saliendo con nadie, en lugar de comerme un helado y llorar con pepinillos fríos en los párpados, voy a ir a buscarla, con cualquier comedia romántica bajo el brazo, y eso será suficiente para quitarme la tristeza por lo menos por un rato.

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