Tengo un amigo que asegura que no soy ninfómana, sino sinfómana, y es verdad. No tanto por lo que él dice -que veo un músico y me mojo, lo cual es cierto-, sino porque soy una enferma del ritmo. A mí me encanta bailar, pero digamos que bailar bien no es un requisito para nada ni para nadie en la vida. En cambio tener buen tumbao en la cama sí habla muy bien de uno. De hecho, he tenido amantes que son pésimos bailarines, pero excelentes en el compás de la cama, que es ese que se debe seguir con el instinto y no con una coreografía.

Tal vez sea algo que no se puede enseñar del todo, porque, como dije, depende mucho del instinto, pero siempre se puede mejorar. El talento en la cama es como el talento en la música: hay personas que a punta de técnica logran dominar un instrumento como nadie, pero hay otras a quienes les sale del alma la música. Las canciones tienen puentes, coros, estrofas. Así son los buenos polvos: pasan por diferentes momentos, unos van in crescendo, otros son adagios y otros, allegro. Lo cierto es que, como dice Cortázar en alguna parte de Rayuela -"hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas (.) el piano iba por su lado y el violín por el suyo y de eso salía la sonata, pero ya ves, en el fondo no nos encontrábamos"-, los músicos deben hacer lo suyo, al tiempo que van con los demás. Si uno toca el chelo como Yoyoma, pero no sabe lo que está haciendo el que está al lado de uno (en la cama o en el escenario), está perdido. Puede sonar lindo, pero jamás alcanzará niveles catárticos, ni, en el caso del sexo, orgasmos inolvidables.

La cadencia de los cuerpos no puede ser siempre la misma. Los solos en el sexo, como en la música, tienen que estar bien justificados. Le doy gracias al cielo por estar ya lejos de esa época de polvos adolescentes sin ningún ritmo. Hay hombres que creen que son más machos y que uno siente más si se mueven todo el tiempo como si estuvieran oyendo reggaeton. Tengo que confesar haber tenido miedo de quedar completamente frígida después de esas experiencias. Recuerdo con terror a ese solista de la adolescencia que se tiraba encima de mí y arrancaba a moverse como un animal, torpemente, mientras la cama sonaba como una matraca y yo con los ojos muy abiertos mirando al techo y pensando "esto no puede ser el sexo, tiene que ser algo más divertido". Afortunadamente dejé de "tocar" con el solista y me conseguí un noviecito que sabía mucho de ritmo. O me hacía montar encima de él sólo para desacelerar la canción y mostrarme que despacito también podían sentir cosas inimaginables. Y que si me movía no sólo de arriba abajo, sino de lado a lado, descubriría puntos jamás antes explorados.

Conocer los ritmos de una mujer es exactamente lo mismo que saber enloquecerla, y no les estoy exagerando. Todo tiene que tener un momento adecuado. Hay situaciones en que uno quiere que se lo coman con hambre, pero hay otras en que uno quiere que se lo coman con parsimonia. No hay nada que me ponga más "caliente" que un tipo que me hace esperar para entrar y que, cuando entra, sigue con atención el tiempo de mi respiración para moverse como debe ser: unas veces lento, otras veces rápido, otras veces rapidísimo, otras veces durísimo y vuelta a empezar.

No. No estoy diciendo que moverse salvajemente sea aburrido. Jamás. Para tratar de hacerme entender les pongo un ejemplo: no es lo mismo oír una de esas bandas metaleras de Rock al Parque en las que no se entiende nada, que oír a Led Zeppelin. La fuerza de una canción está en su capacidad para llevarnos por un camino. Igual que un polvo. Un hombre que nos lleve de un estado a otro sin mostrarnos un camino, no tiene ningún mérito. Un hombre que nos muestra que con cada movimiento está buscando más placer, se gana el cielo y va con nosotros hasta allá.

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