Contra las caleñas

Contra las caleñas

Yo me pregunto qué piensa una mujer cuando le preguntan por su lugar de nacimiento y responde con una frase que suena literalmente así: "Mirá, io joy másss caleña quel champússs". O mejor, ¿piensa una mujer que da tal respuesta?


¿Qué le ve de bueno compararse con una bebida hecha de maíz, panela y lulo, que además de ser color lenteja, no se sabe si es para tomar o para cucharear?

¿Acaso han oído decir a una bogotana: "Hola, yo soy más rola que el ajiaco"? No lo hacemos porque aunque nacimos en la capital del país —no solo de un departamento como ellas—, sabemos que afuera de Bogotá también hay vida. Pero las caleñas, en cambio, se comieron el cuento de que "Cali es Cali y lo demás es loma".

Basta oír música con una de ellas para notar que su mundo se reduce a cuatro canciones. Hagan la prueba. Pueden estar en un matrimonio, en un bar, en una tienda de barrio, en un concierto de la Sinfónica interpretando música colombiana, o en la sala de una casa con el iPod en random; pero si suena "Caaali... pa-changuero", la caleña presente se para a cantar a grito herido, se aprieta el pecho con las dos manos, da vueltas sobre un mismo punto y baila como si esa canción fuera un cántico de libertad después del fin de una guerra.

Y ni hablar de las conversaciones: todas se remiten a su ciudad natal. Todo está cargado de una nostalgia como si vinieran de Rusia. Niñas: Cali está a media hora de Bogotá en avión, pueden ir cuando quieran, no se sobreactúen. Esa nostalgia exagerada se ve mucho cuando hablan de comida: una caleña habla de los platos de su tierrita como si no hubiera punto de comparación. Pueden estar comiendo sushi, langosta o fritanga, siempre cierran los ojos y se saborean anhelando un sancocho valluno, una lulada, un cholado, un manjar blanco, o los perros calientes de Mario Bross, así, con doble 's'. Es que a las caleñas les encanta esa letra, la 's'. Siempre la añaden al final de una frase. "Oís, ¿vos te enterastes?", "ve, vos jupistes que…". Debe ser que voseo calentano sin 's' al final de cada verbo no les suena tan bonito y por eso el énfasis permanente. Pero la 's' no es el único problema de las caleñas. Con ellas no se sabe si quieren decir 'm' o 'n' porque siempre confunden las dos letras, dicen "pam", pero también "puntocón".

Con las caleñas nunca se sabe. No se sabe si son fáciles o queridas en exceso porque abrazan a todo el mundo y son melosas con cualquiera. No se sabe si de verdad son buenas amigas o están dando una puñalada en la espalda. No se sabe si tienen buen culo o no porque porque casi siempre usan los engañosos 'jeans symbol' (SiM bolsillos, dirían ellas). No se sabe si son tetonas o no porque todas usan magic up —el famoso brasier con relleno—, y eso lo sabemos porque caleña que se respete siempre viste blusa manga sisa de color vistoso, apretada y con escote que deja ver el brasier que es casi siempre de encaje, y lo más importante: color beige oscuro, parecido al champús.

Por ese sentido de pertenencia exagerado con su ciudad es que las caleñas nunca pasan desapercibidas. Por no decir que siempre son unas "aletosas", como ellas mismas dicen. Es imposible estar en el mismo lugar con una mujer caleña sin que su presencia incomode. Si están en cualquier esquina de Bogotá con frío extremo y lluvia, ellas son las únicas en ingeniárselas en ponerse ropa de tierra caliente para dejar ver su bronceado. Si están en una rumba siempre tienen que invadir la mitad de la pista para bailar el ritmo que sea con perfecto coqueteo y movimiento de cadera provocador. No es un secreto, las caleñas practican el baile embrujador que cautiva muchas miradas de hombres con mucha plata y poco gusto.

Van a decir, estoy segura, que me retuerzo de la envidia porque no tengo su tono de piel ni su sabor calentano, pero se equivocan. No me parece halagador tener una personalidad arrolladora que me dé licencia de sacarme los calzones atrapados delante de cualquiera, o de saltar y aplaudir cuando por fin entiendo un chiste y me muero de la risa. La verdad, me parece perfecto ser una rola engreída y, de corazón, no las envidio.

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