(Un dato extra: todas las mujeres, a no ser que tengan algún tipo de disfunción, sean ciegas o hayan nacido lejos de la civilización y crecido, digamos, entre una manada de lobos, han visto pornografía. Incluso las feministas). A los 16 años encontré en la memoria del computador de mis papás una serie de paginitas muy gráficas, muy sucias y muy amenas, casi todas de porno amateur. Pipís iban y venían —y se venían en cantidades de semen inimaginables y, tengo que agregar, en los más extraños lugares—; y las cucas abiertas, húmedas, de mil colores, texturas y tamaños palpitaban mientras esperaban que algo, lo que fuera (dildos, máquinas o frutas), las penetraran. Todo un universo revelado ante mis entonces virginales ojos.

Mi hermano mayor había dejado un rastro de su pubertad en la memoria del computador y yo iba a disfrutar del asunto. Y lo hice. Desde entonces he visto páginas de sexo con asiáticas, con latinas, con negras, con teens (las de la abuelas y de las grandes firmas del porno, francamente, no me producen nada), páginas de lesbianas y gang-bangs; todo lo que se puede encontrar en los índices de pornografía en la red y se puede descargar gratis y cómodamente en la intimidad de la propia casa. Muchas noches pasé en vela esperando el softcore de The Film Zone y cuando la cosa se ponía monótona o simplemente no daba más, hice las más arriesgadas maromas oculares intentando adivinar algo de sexo entre las líneas distorsionadas con fondo azul-verdoso del Playboy Channel y Venus, canales que por alguna razón mis papás nunca adicionaron a su cuenta de televisión por cable.

Por eso, cuando hace un par de años un noviete me dijo que tiráramos mientras veíamos porno, el asunto no me sorprendió, y me lancé a la lid con brazos y piernas bien abiertas. Error. Una noche en su casa, él acomodó el televisor para que los dos pudiéramos ver sin rompernos el cuello, lo prendió y pasó los canales hasta llegar a Venus (que él, por supuesto, sí había tenido la delicadeza de pagar).

 En la pantalla una pareja ya había empezado a tirar y en primer plano un pipí gordo y perfecto penetraba una cuca bien afeitada, delicada y húmeda muy rápido, muy fuerte, mientras su dueña gritaba "¡Fuck, fuck, yeah, oooohhhh, fuck!". Pasaron cinco segundos y me empecé a mojar, pero no lo toqué: me entregué a disfrutar mi papel de inocente voyerista. Él, en cambio, poseído por quién sabe qué espíritu del porno, se bajó lo pantalones, me saltó encima, bajó los míos y me penetró muy rápido, muy fuerte, al ritmo de nuestra querida pareja virtual. Tan fuerte y tan rápido, debo decir, que más que sexo desenfrenado la cosa terminó siendo una triste imitación del machote que aparecía en la pantalla. Y mientras este noviete, convertido ahora en un actor porno de medio pelo, seguía su frenético ritmo (si en la pantalla daban palmadas, él daba palmadas, si la rubia gemía, él por instinto reflejo gemía), yo pasaba de mirarlo horrorizada, a mirar la pantalla, a mirar la penetración, intentando mantener mi arrechera, repitiendo la misma secuencia varias veces, pero llegó un punto en el que me di por vencida: la pantalla me había robado su atención. Se estaba masturbando. Conmigo, pero se estaba masturbando. 

A los pocos minutos acabó y se durmió tan rápido como se vino: la pantalla también le había ganado a él (y, déjenme decirles, demasiado pronto). No hubo poder humano ni televisivo que hiciera venirme después de tan ridículo espectáculo de jadeos masturbatorios.

Separemos, por favor, la paja del polvo. Cualquier confusión, pasada cierta edad, es imperdonable. Y otra cosa: ¿nunca oyeron eso de no repetir lo que ven en la películas en casa? Pues eso también aplica a las películas porno. Corren el riesgo si no de salir lastimados, de poner en evidencia su falta de imaginación. La pornografía es para verla en privado, aunque algunos adolescentes acostumbren a hacerlo en manadas. Asumiendo que este no es su caso, la pornografía sirve para arrecharse solitos y para satisfacerse solitos. 

Cualquier intento de hacer lo contrario, resultará en imitaciones pobres que ponen en cuestión su muy preciada masculinidad o en polvos con una característica muy particular: la absoluta carencia de contacto físico real, algo que, como todos sabemos, es imprescindible hasta en los polvos regulares. En cualquier polvo que no sea paja.

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