"Ana, hay mujeres que nunca se vienen. O sea, que no tienen orgasmos. Un orgasmo es parecido al vacío que uno siente cuando se columpia. ¿Sí sabes lo que es vacío?". Y luego me repetían hasta el cansancio que "lo que pasa es que los tipos se conforman con cualquier cosa. Por eso tienes que pensar primero en tu placer". Me explicaban que en África a las mujeres les cortaban el clítoris, esa montañita que hay delante de la vagina, para poderlas tener más sometidas. "Porque el sexo es una forma de liberación? ¿Sí entiendes?".

Cuando estaba triste por algún motivo empezaban a decirme que lo que me hacía falta era un buen "descorche" o que me "rompieran el tomate" y le contaban mi "problema" a cualquier desconocido que se unía a la conversación. Y yo me aguantaba, porque ellas tenían una vida sexual, mientras que yo era la última virgen del universo.

No es que yo me negara, y hacía mucho que no creía que la primera vez tenía que ser romántica, pero durante todo el colegio fui más bien flacucha y sin curvas y no les atraía a los hombres. En la universidad todo cambió. Noté que les empezaba a gustar incluso a los más churros, pero ya no era el momento de novios formales, porque la gente andaba enloquecida con la libertad adquirida, y ningún levante ocasional de las noches de rumba parecía dispuesto a cargar con el compromiso de ser mi primer hombre.

Se convirtió en una obsesión. Cuando iba en un bus y se sentaba a mi lado una mujer con sastre color zapote pensaba: "Esta no tiene ni idea de vestirse, pero seguro que no es virgen". Nubia, la profesora de cálculo bigotuda de la que todos los primíparos se burlaban, seguramente se había pegado sus revolcaditas, como todo el mundo, menos yo. Empecé a ver películas pornográficas y en lo único que pensaba era que era imposible que esas cosotas me fueran a caber (en efecto, aún creo que no me caben, lo que pasa es que los hombres de la vida real no son actores porno). Aunque me daba mucho susto el famoso dolor, quería liberarme del 'karma'.

Mis amigas habían tenido el grandísimo detalle de contarles a todos los hombres de nuestro círculo de amistades. Por eso un buen día, Daniel, un amigo de toda la vida con una fama de promiscuo bien ganada, me dijo que fresca, que si quería él me quitaba el problemita, que a él lo que más le gustaba era desvirgar mujeres. Daniel era muy buen mozo. Alto, de ojos verdes y completamente estúpido. Era perfecto, porque me atraía, pero no corría ningún riesgo de enamorarme. Fuimos una noche a su casa, él se empelotó primero y luego regó mi ropa por todo el cuarto. No se aguantó las ganas de tirárselas de profesor y me dio una clase de anatomía masculina mientras me enseñaba a poner un condón. Yo le dije que una vez había tratado, pero que me dolió mucho y tuve que parar. Entonces me dio la mejor teoría que he oído acerca de la virginidad: "Eso es como quitar un esparadrapo; nada de que con agüita y despacito; de una, de un sólo tirón y ya". Y así lo hizo. En efecto, el dolor no fue grave y mi primer polvo fue tan bueno que a media noche le pedí repetición, hasta que sentí un orgasmo mucho más rico que el de ningún columpio. Daniel, aunque fue todo un caballero, y hasta me acompañó a coger un taxi por la mañana, ha sido quizás el hombre menos importante en mi vida. Pero desde que lo conocí, creo que el sexo es ligero e inofensivo a pesar de que lo tenemos completamente mitificado. Y la virginidad, pues no es más que un esparadrapo que hay que quitarse sin mucho reparo. Todo lo demás, desde la virtud de la pureza hasta la liberación femenina a través del sexo, es pura carreta.

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