Después de unos quince minutos de faena salvaje, un hombre del que no diré el nombre me coge del pelo con esa pizca de brusquedad que nos pone a mil a las mujeres, tal vez por reminiscencias de un machismo que llevamos en la sangre casi genéticamente -qué le vamos a hacer, Florence. Me pongo boca abajo con las piernas muy juntas y dejo que el innombrable me embista de nuevo con movimientos fuertes que generan un golpe en la estocada, como si estuviéramos en una clase de percusión y no propiamente de armonía.

El panorama que tiene es insoportable. Está encima de una hembra que lo mira de reojo mientras gime conteniendo los gritos en una almohada y si baja la mirada para soportar, se encuentra con un canal de piel dorada formado por los dos músculos que rodean la espina dorsal, hasta llegar a dos huequitos que pocas mujeres tenemos. Luego del valle de los romboides (así se llaman los huequitos) se levanta, imponente y en movimiento, mi culo. A lo mejor él ni se ha percatado del lomo o de los romboides, porque sus ojos llegan directamente hasta mi culo, pero lo cierto es que está a punto de venirse, no se aguanta. Me lo dice al oído, ya sin control. Entonces le pido que se venga en mi espalda y siento ese canal empaparse rápidamente. Se derrumba sobre mí. Estamos húmedos y casi pegados. Después de un beso en la nuca se hace a un lado y me pregunta que si acaso no estaba tomando pastillas. Sí, tomo pastillas, le contesto sin añadir nada y completamente desencantada.

Cuando una mujer pide que se vengan por fuera, no siempre es por evitar un embarazo, ni mucho menos porque sea alérgica al semen, señores. El fetiche no solo los contagió a ustedes. La fiebre del semen que promulgan en las películas porno también caló en algunas de nosotras y llegó a ser más que un cliché cinematográfico de los años setenta. En mí es tan fuerte que a veces hasta me pregunto si no será por otra cosa más profunda y a lo mejor hasta a mi abuelita, que nunca vio porno, le gustaba aunque la reprimieran sus modales refinados y austeros en la cama.

Puede que en un principio la explosión de semen en las películas porno haya tenido que ver con cuestiones sanitarias o de control natal. Nada tendría de raro que a una diva le hubiera dado por exigirlo para evitar un embarazo no deseado, o porque le daba asco su colega. Pero hay una tesis más fuerte: tal vez fue producto de la necesidad de mostrar la veracidad de los orgasmos masculinos -la mujeres, ya lo saben, podríamos llevarnos la verdad sobre los nuestros a la tumba. Sea cual sea la explicación, me gustaría saber de quién fue la idea. Y si fue producto de una mente masculina, felicitarlo por haber marcado -ingenua o premeditadamente- la historia sexual de muchos.

Es verdad. El fin último del semen es estar en la vagina. No hablemos ya del recorrido que harán los espermatozoides en busca de un óvulo para fecundar. Lo cierto es que biológicamente el receptor ideal del semen es la vagina. Nada que hacer. Ay, pero no saben el placer que siento al verme embardurnada por todas partes con ese manjar que a veces resulta empalagoso en la boca, o desapercibido en la vagina. El semen, con todas sus propiedades, es a veces más excitante fuera de contexto. Tengo una amiga que se lo unta en el pelo porque dice que lo pone lindo y no sé qué más historias. No sé si sirva de algo. Para mí es el arte por el arte. Me es placentero por el simple hecho de untarme de hombre.

Así a veces nos empeñemos en complicarlo todo con un "componente psicológico" imprescindible para arrecharnos hasta el orgasmo, también somos capaces de excitarnos por cosas sencillas como esta. Digamos que es una manera de olvidarnos de tanta complejidad y darnos permiso de actuar como animales, aunque desde niñas nos hayan dicho que eso está muy mal. Yo, por mi parte, aseguro que eso de agarrarse de detalles carnales e instintivos para venirse es liberador en todo el sentido de la palabra. Por eso los invito a empapar a sus mujeres por dentro y por fuera. Al diablo los higiénicos que quieren lavados de bidé y que nos hacen sentir como en el ginecólogo cada vez que nos quieren penetrar. No sé si sea una regla femenina, pero a mí me gustan, aunque no completamente sucios, sí algo marranos -y ojo que la comparación con los cerdos no es gratuita.

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