Entre las montañas y riscos de Antioquia hay un pueblo muy bello. Ahí nacieron mis padres y mis abuelos. Y ahí pasé todas las vacaciones de mi infancia entre caballos y bicicletas a las que les poníamos bombas de colores en los radios para que sonaran como moto.

En la plaza estaba la iglesia, unas casas coloniales con balcones enormes de madera oscura y blanca, todos llenos de flores. En la esquina diagonal a la iglesia estaba la tienda de abarrotes de mi padre. Dos puertas más a la derecha había una escalera larga y empinada que llevaba a la casa donde vivíamos. Existía un cuarto muy especial porque ahí dormían mis padres y abajo quedaba la cantina más grande de este pueblo llamado Carolina del Príncipe. 

Recuerdo que desde cuando tenía unos siete años me acostaban muy temprano y ese cuarto grande era mi preferido. Las tablas del piso, la cama y las mesitas de noche temblaban por el sonido de la pianola de la cantina, siempre a todo volumen. Las paredes de tapia se querían caer. Yo me agachaba a mirar por las rendijas entre las tablas del piso y veía la cantina, los sombreros de los borrachos hablando o dormidos encima de la mesa llena de botellas de cerveza vacías. Cuanta más gente llegaba, más le subían al volumen de la pianola.

Y ahí, todas las noches, sin falta estaba Octavio Mesa. Mejor dicho la musica de Octavio Mesa. Su música me arrullaba, y de tanto oírla me aprendí todas sus canciones. Lo que oía y veía cada noche me quedó marcado para toda la vida. La música de Octavio Mesa se quedaba dando vueltas en mi cabeza. Me sabía todas las letras y melodías de sus canciones. Cuando fui creciendo descubrí el heavy metal, me volví loco con la guitarra eléctrica pero nunca pude olvidar su música. Era un cóctel muy extraño. Metallica y Octavio Mesa. Difícil explicarles esto a mis  parceros cuando nos parchábamos a oír el álbum Reign in Blood de Slayer. Me miraban como a un animal raro. No me entendían y todavía no me entienden. 

Para mí, Octavio Mesa era un verdadero punketo, metalero de verdad, un Rock Star en todo el sentido de la palabra porque estaba metido en la cabeza, en el corazón, y en los pies de los que lo seguían, escuchaban o cantaban su música arreando mulas, sembrando la tierra o llorando borrachos en la cantina de las plazas de los pueblos de Antioquia.

Él le dio duro a la vida y la vida le dio duro a Octavio Mesa. 

En 1960 le decía hijueputa a su patrón, mandaba a comer mierda a todo el que se metiera con él, era un Eminem, un Molotov de esa época con el alma y los cojones llenos de verraquera. 

Su palabra preferida es la de muchos de nosotros cuando algo nos jode, o simplemente cuando queremos mentar la madre como se dice por ahí, esta palabra era !HIJUEPUTA! Era su preferida y la usaba para todo, para pelear, para amar, para reír, para llorar, para trabajar. Le sonaban muy bonitos los hijueputazos a Octavio Mesa.

A todo el mundo le decía que él me había enseñado a decir hijueputa  y, la verdad, es que sí…

Recuerdo cuando estaba en un estudio grabando su canción Cante al revés. él estaba al otro lado de la mesa y lo veía por una ventanita cuando abría los micrófonos y me gritaba "¡pronunciá bien malparido!". Y yo extrañado porque me decía a cada rato "hijueputa", pero nunca, nunca malparido. 

Y seguía gritando, arrastrando las letras, "¡pronunciá bien malparido!", y yo le decía, cómo así, maestro. ¿No le gusta como estoy cantando o qué? Y él decía sí, pero pronunciá bien malparido. Y viendo que yo no entendía se cagó de risa y me dijo: "¡No seas güevón! Que  pronunciés bien la palabra 'malparido', que no se te entiende…" A los pocos meses, murió. 

Para ser un caballero no necesariamente hay que haber leído y estudiado toda la vida, Octavio fue un gran trabajador, campesino verraco, chofer de camión y su arte lo hizo caballero. Un poeta con la genialidad de contar historias simples de gente con vidas simples, de amores, desamores, injusticias, preguntas y trabajo. Un personaje total para los que tuvimos el placer y el honor de conocerlo, de escuchar sus cuentos interminables, desde sus fiestas con Pablo Escobar, hasta las aventuras de los conciertos en todos y cada uno de los pueblos de Antioquia.

Tuve el placer de compartir escenario con Octavio Mesa en el concierto que hicimos en las calles del centro de Medellín. Ahí se llevó los aplausos de más de 150.000 personas. Mientras él, con su sombrero alón, carriel al hombro y machete al cinto, cantaba sus canciones tan originales y pegajosas, jóvenes y viejos bailaban, reían y le aplaudían.

Octavio fue un campesino verraco en bajada y en subida, no tenía pelos en la lengua para decirle nada a nadie, fue arriero de siete mulas y jamás le causó vergüenza. Como muchos campesinos, salió del campo a vivir o sufrir en la ciudad. Le costó, pero al final lo consiguió.

A sus 77 años pudo finalmente grabar su música como siempre lo soñó, pero lamentablemente nunca la oyó porque se lo llevó la vida dura, que no dura. 

Justo dos semanas ante de fallecer, me fui a visitarlo al hospital. Ya estaba en sus últimas y con lágrimas en los ojos, Toby, uno de su productores, y yo, le mostramos su disco. Lloró y lloró y a duras penas pudo hablar, como un niño recién nacido. Fue la muestra de que somos todo y no somos nada. 

Octavio, desconocido para muchos, nunca valorado por otros como compositor campesino, parte de nuestra cultura, es hoy un ídolo del pueblo o por lo menos de mi pueblo: Carolina del Príncipe.

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