Decía Rubén Darío: "Los Estados Unidos
son potentes y grandes..." Estoy de acuerdo. Y no me gusta que sean potentes; pero sí lo grandes que han sido, y siguen siendo, cuando saben sobreponerse a su potencia y a su prepotencia. Me parece abominable el poderío de los Estados Unidos, y me parece admirable su grandeza.
Mucha gente, gente enemiga de los matices, me lo reprocha:
-Pero ¿acaso usted no odia los Estados Unidos? ¿Cómo sale ahora con que le parece bonita la espalda de Marilyn Monroe?
Es que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Y, además, es que yo no odio a los Estados Unidos.
Aunque bueno, sí, claro: una cosa sí tiene que ver con la otra. La espalda de Marilyn Monroe no habría sido lo que fue, lo que sigue siendo en la permanencia del cine, que es donde yo la he conocido, si no fuera por los Estados Unidos. No es una espalda italiana, ni etíope: es una espalda norteamericana. Una espalda escoliósica de niña blanca pobre de orfanato de la Gran Depresión de los años treinta transfigurada en rubia oxigenada californiana. Una espalda tibia y suave de muchachita maltratada, de mujer explotada, de actriz triunfal de Hollywood. Supongo que todos mis lectores habrán visto la espalda de Marilyn Monnoe en aquellas fotos famosas del final de su vida, ya madura, desnuda tras unos velos translúcidos de gasas de colores, ligeramente borracha. Recuerdo haber visto por primera vez esas fotos publicadas (y censuradas por la hipócrita pacatería institucional de los Estados Unidos, que es una de las cosas de ese país que no me gustan) en aquella a un tiempo magnífica y espantosa revista Life. Muchos años después conocí la serie completa, sin censura, y era mucho mejor: bañada en naturalidad.
Aunque bueno, no, tampoco: pongo aquí el ejemplo de la espalda frágil y deliciosa de Marilyn Monroe, pero eso no significa que sea la espalda que más me gusta. Ni en las fotos, ni en el cine, ni en la vida real de carne y hueso. Tampoco es ella la mujer de celuloide o de papel que prefiero, habiendo tantas. Ni las mujeres que más bellas me parecen son las norteamericanas, frente a, qué sé yo, las italianas o las etíopes. Hablo en general, y a sabiendas de que hablar en general es engañoso. Si menciono la espalda -preciosa, pero no perfecta- de Marilyn Monroe para hablar de las cosas que me gustan de los Estados Unidos es por su valor ejemplar, por su calidad de, digamos, "espalda patrón", en el sentido en que se habla de "patrón oro". Esa espalda es el canon, como el dólar. No porque sea la mejor (siendo espléndida), sino porque la conocemos todos. Gracias al cine. El cine norteamericano es lo que todos los habitantes de la tierra compartimos, como en otros tiempos imperiales todo el mundo civilizado compartía el latín.
El cine, no el idioma inglés. En muchísimos sitios el cine norteamericano se ve doblado a la lengua vernácula, como la Misa, o con subtítulos: en árabe, en lituano, en hindi, en español. Es el cine, no la lengua, lo que es universal.
Y el cine que se hace en los Estados Unidos no es solo el que vemos todos en todas partes (¿alguno de mis lectores ha visto alguna película vietnamita sobre la guerra de Vietnam alguna vez?), sino que también es el mejor cine del mundo. (Y el peor). Y, además, una de las más grandes creaciones estéticas de la historia del arte. Es una invención gringa, el cine, digan lo que digan los hermanos Lumière, a quienes solo se les ocurrió que el cinematógrafo servía para registrar la llegada de un tren a la Gare Saint Lazare de París. Olvidemos aquí el peor cine gringo: solo me importa el mejor. Las películas mudas de Buster Keaton, las verbosas películas de Woody Allen; las persecuciones frenéticas de Mack Sennett, las galopadas de John Ford, las inmovilidades de Jim Jarmush; las comedias de Billy Wilder, los derramamientos de sangre de Coppola, las fantasías bíblicas de Cecil B. DeMille; los documentales de tigres o de focas de la National Geographic; las torponas imágenes saltarinas de los primeros astronautas en la Luna, que, según dicen los incrédulos, fueron filmadas en un estudio de Hollywood. Y, si es cierto que lo fueron, eso también contribuye a la grandeza del cine norteamericano: porque el cine, como todas las artes, se hizo para mentir.
Al decir que los gringos inventaron el cine -de pe a pa, del travelling al montaje, del technicolor a la actuación: porque hay grandes actores que no son gringos, claro está; pero todos, ingleses o japoneses, y hasta los actores "naturales" del neorrealismo italiano, son actores de teatro: solo Gary Cooper o Marlon Brando son actores de cine-, se me viene a la cabeza que una de las cosas que me gustan de los Estados Unidos es su capacidad de invención. No solo en el cine -inventaron el cinemascope y la pantalla panorámica para que pudieran caber los inmensos paisajes horizontales de América del Norte- sino en todos los campos. Salvo las cosas tradicionales que inventaron los chinos -el papel, el remo, la música- los norteamericanos han inventado prácticamente todo. El bombillo eléctrico, el avión, el esquí acuático, el frisbee, la bomba atómica, el computador personal. Aparatos, juegos, materiales, medicamentos, formas nuevas de arte. Y siguen inventando cosas sin parar, útiles o inútiles o deliberadamente perversas, como las bombas de fragmentación. Y patentándolas todas. Un viejo chiste geopolítico de la Guerra Fría decía que según los científicos soviéticos el inventor más ingenioso y prolífico del mundo era uno de ellos, de apellido ruso: Reguspatoff: la sigla de Register U.S. Patent Office. Patentan incluso, sin que les tiemble el pulso, cosas que no han inventado: por ejemplo, la ayahuasca, un bejuco de la selva amazónica del que los chamanes indios extraen el jugo alucinógeno y sagrado del yajé. O, por ejemplo, el genoma humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. El cual, como es sabido, es norteamericano.

Caballero probando típica comida gringa, de la que no se sabe si le
gusta o no.
Pero sin contar a Dios, lo cierto es que no todos los autores de las cosas inventadas y patentadas en los Estados Unidos han sido norteamericanos de origen. Los bluyins, por ejemplo, que son el invento más norteamericano que quepa concebir, los inventó un inmigrante alemán a partir de telas importadas de Francia: de Nîmes, exactamente; de ahí el nombre denim. Y es natural. Los Estados Unidos han sido siempre un país de inmigrantes, y de notable receptividad para con sus inmigrantes (eso sí, una vez exterminados los naturales). Han recibido y asimilado al que llegue, con la posible excepción de los "espaldas mojadas" que cruzan ilegalmente el Río Grande desde México. En ciencias puras: Einstein. En ciencias aplicadas: los cohetes espaciales que llevaron la bandera norteamericana a la Luna (si es que salió de Hollywood) fueron obra de científicos nazis venidos de Alemania. En música: el jazz de raíces africanas de los negros llegados como esclavos, la salsa de los inmigrantes puertorriqueños. En arte: el expresionismo abstracto con el cual, en la segunda posguerra, Nueva York sustituyó a París como capital universal de la pintura es creación de emigrados rusos como Rothko u holandeses como De Kooning. Y, a propósito: ¿quién inventó esa maravilla de los tiempos modernos que es la ciudad de Nueva York, con sus calles profundas como cañones de ríos y sus muchedumbres de todos los colores venidas de todos los rincones del mundo y sus museos cargados de todos los tesoros? Una ciudad artificiosa, hermosa y contrahecha, absurda, inverosímil, como inventada para una tira cómica.
Los cómics: otro invento norteamericano que me encanta. Porque tal vez no sea desatinado ver los frisos del Partenón de Atenas como antecesores formales y lejanos de la tira cómica, pero los cómics de verdad los inventaron los gringos con el "Yellow Kid" de los periódiocos de Hearst. Y siguen haciendo los mejores del mundo (así en Polonia los haya mejor dibujados). Hacen los mejores cómics que podríamos llamar "serios", como Supermán o Batman; y los mejores cómics cómicos, empezando por los que producían las fábricas de Walt Disney en los tiempos del "Tío Rico MacPato", cuando la hipocresía norteamericana no había desarrollado todavía hasta sus últimas y asoladoras consecuencias la llamada corrección política. Aquellos fueron también los buenos tiempos de otro prodigio: los dibujos animados. Y Walt Disney es, sin discusión posible (y no solo para mal), la más grande influencia visual que produjo el siglo XX: más importante que Pablo Picasso.
Los cómics, por su parte, no son más que una de las muchas y admirables manifestaciones del humor gráfico norteamericano, que también es el mejor del mundo. Se podrá decir lo que se quiera de Daumier y de Hogarth, y buscar precedentes en oscuros códices medioevales de Alemania, pero es en los Estados Unidos donde el humor gráfico ha llegado a la cima, desde la genialidad gráfica y filosófica de Saul Steinberg (otro inmigrante, rumano esta vez) hasta la cotidianidad venenosa de los dibujantes del New Yorker o de Playboy. Porque ¡ah, las revistas norteamericanas, llenas de cosas qué mirar y qué leer. Y, en general, la prensa norteamericana. El mejor diario que yo conozco es el norteamericano International Herald Tribune, que se edita en París. Es una constante ya antigua: de los Estados Unidos lo mejor suele expatriarse en cuanto puede, del mismo modo que de los demás países del mundo llega allá lo mejor: Greta Garbo, digamos, o Albert Einstein. Eso se nota en los grandes poetas norteamericanos, que siempre se van: T.S. Eliot, que salió de Missouri para volverse completa y absolutamente inglés, o Ezra Pound, a quien por irse de Idaho para convertirse en italiano (y mussoliniano) sus (ex) compatriotas encerraron en una jaula en Pisa, creo, declarándolo no solo traidor a los Estados Unidos sino también, tal vez por eso mismo, loco de atar.
Siguiendo por esta línea, y salvo los ya citados Eliot y Pound, no son muchos los poetas norteamericanos que me interesan. Los encuentro a todos -de Whitman a Ginsberg, pasando por Frost- demasiado... sí: demasiado gringos. Pero entre los escritores en prosa -novelistas, cuentistas, autores de teatro, guionistas de cine- los de mi gusto son demasiado numerosos para que quepan aquí (aunque tampoco cabrían, me temo, los que no son de mi gusto).
Y qué más, a ver, y qué más... En este tipo de enumeraciones se quedan siempre por fuera cosas importantísimas: Sinatra cantando a Cole Porter, los lobos del Yukon, el puente Golden Gate de la bahía de San Francisco, el Gran Cañón del Colorado, la mantequilla de maní. Las contra-culturas de los años sesenta: los hippies y lo que fue la esperanza liberadora de las drogas, de la marihuana y del LSD, antes de que se convirtieran en un negocio de la DEA y de las mafias. Las protestas de las minorías, antes de que se volviera obligatorio formar parte de una tribu minoritaria de protesta étnica o sexual: de género, como dicen los colonizados que no piensan sino que traducen del inglés: de gender. Porque también, claro está, hay cosas que me gustaron y que ya no me gustan. Bob Dylan, por ejemplo.
Pero entonces, si son tantas las cosas que me gustan de los Estados Unidos, de su sociedad, de su cultura, incluso de su historia, ¿por qué cree la gente que odio a ese país?
Bueno: porque lo odio, aunque dijera que no al comienzo de este artículo. Ya digo: odio su prepotencia. Para ponerlo en términos literarios: odio de los Estados Unidos lo que representa el escritor Ernest Hemingway (aunque me gustan, y mucho, muchos de sus cuentos), de quien su colega Scott Fitzgerald dijo que "usaba peluca en el pecho". Odio esa presencia grandota y ruidosa, agobiante, que tienen los gringos: esos muslos de cincuenta kilos, esos carros de catorce metros, esas cervezas tomadas de seis en seis, esas tetas apocalípticas, esas gorritas de béisbol llevadas con la visera sobre la gruesa nuca roja, esos chicles de mascar, esos rifles de doble cajón cargados con balas dum-dum, esos telepredicadores evangélicos...
Y, sobre todo, odio los gobiernos de los Estados Unidos: agresivos, dañinos, arrogantes, matones, haciendo guerras, bombardeando ciudades, derrocando gobiernos, aniquilando pueblos, saqueando continentes, envenenando océanos, matando gente por su propio bien. Gobiernos criminales.
Bueno: como han sido criminales -y odiosos- los gobiernos de todos los imperios a lo largo de la historia del mundo. Quizás en muchos aspectos, y por comparación, el imperio norteamericano haya sido más benévolo que otros. Pero es el imperio que a mí me tocó en suerte. No odio el imperio bizantino de hace mil años, ni el británico de hace cien, ni el chino que vendrá dentro de cincuenta, ni el ruso del que nos libramos por un pelo. Y me imagino lo perjudicial y feroz y mezquino que podría ser un improbable imperio colombiano, y me estremezco.
Para resumir en un párrafo lo que vengo diciendo. Lo que de verdad me gusta de los Estados Unidos son quienes los critican, de Henry David Thoreau a Noam Chomsky, y quienes se burlan de ellos, de Mark Twain a Gore Vidal. Y reconozco, con admiración y respeto, que ninguno de ellos ha muerto asesinado.

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