Cuando era virgen, y lo fui hasta bien grandecita, conocía a la perfección clichés estúpidos como que después de tirar, por alguna razón, era delicioso un cigarrillo y que un juego de esposas y látigo era la "la sexta mejor forma de reavivar la pasión de tu hombre". Sin embargo, no tenía ni idea de asuntos mucho más importantes, como que existieran irritaciones o infecciones vaginales y que no usar condón, además de peligroso, implica que las sábanas de la cama se manchan con semen, a menos de que uno salga corriendo a limpiarse en un intento desesperado por desafiar la ley de gravedad. Ninguna película nos muestra que dos apasionados amantes interrumpan la escena de arrancamiento de ropa (no es claro cómo vuelven a vestirse después con los jirones) para ir por un pedazo de papel higiénico que tienen listo en la mesa de noche. Eso sería asqueroso para la estética gringa que hemos adoptado como propia. En cambio, el cine, la publicidad, las revistas, y la cultura popular nos bombardean día a día de mitos sexuales ridículos que no tienen nada que ver con la realidad.

Para empezar, están los estereotipos de la industria pornográfica. Esta nos enseña verdades tan profundas como que las mucamas inglesas, aeromozas, enfermeras, niñeras y profesoras de secundaria son todas unas adictas al sexo que al menor descuido se desabotonan la blusa y comienzan a jadear. Del porno también podemos inferir teorías sociológicas como aquella muy famosa que dice que en el fondo todas las mujeres son lesbianas. Lo curioso es que no son verdaderas lesbianas, porque todas están dispuestas a invitar a un hombre a que las acompañe en sus pícaros juegos. Y, claro, todos hemos oído que así le sucedió al primo de un amigo. También están los mitos estéticos. De todos, mi favorito es el de que las mujeres tienen el pelo púbico en forma de un diminuto triángulo equilátero. Si supieran lo antinatural y doloroso que resulta obtener el triangulito...



Hay otros mitos de ética sexual, como el que argumenta que una mujer no debe perder la virginidad antes del matrimonio. Pero, curiosamente, en nuestra cultura la castidad masculina es vista como un rasgo afeminado y, por lo tanto, despreciable. Por eso hace unos años el mismo padre que encerraba a su hija para mantenerla pura, llevaba a su hijo a un prostíbulo para que se volviera hombrecito. Desde muy jóvenes las mismas mujeres nos acostumbramos a despreciar a nuestras compañeras ?fáciles? y tenemos un miedo injustificado de perder la virginidad. Tal vez nuestra mente está permeada por imágenes de rubias adolescentes que cuando cedían a las peticiones de sus novios terminaban descuartizadas por maniáticos con máscara y motosierra.



Por último, la sabiduría popular también tiene sus mitos, como aquel que asegura que las personas que bailan bien son mejores en la cama. No quiero imaginarme en acción a Michael Jackson, el inventor del break dance, pero los hechos hablan por sí solos: cuando se casó, decidió inseminar artificialmente a su mujer, y la única relación íntima suya de que se tiene noticia fue con un niño de catorce años que recibió una enorme suma para que desistiera de demandarlo por abuso sexual. Una posible derivación del mito del baile dice que los latinos son buenos amantes. Pero la verdad es que estos tienden a ser machistas, celosos y, por lo tanto, egoístas en la cama. Hay que tener en cuenta que el mito del ?latin lover? viene del llamado mundo desarrollado, donde todo lo que producen los trópicos es visto con una fascinación condescendiente que en cambio de enorgullecernos debería indignarnos.

Ciertamente, todos estos mitos son muy importantes, pues nos dicen muchas cosas (aunque algo tristes) de la cultura que importamos. Pero, eso sí, no nos enseñan nada del sexo.

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