Suráfrica es la primera potencia del continente negro. En su interior está el estado independiente de Lesoto y tiene fronteras con cinco países: Namibia, Botsuana, Suazilandia, Mozambique y Zimbawe. La bañan el océano Índico y el Atlántico. Tiene más o menos los mismos habitantes que Colombia, aunque es un poco más grande y más rica, pues con respecto al Producto Interno Bruto está en el puesto 29 mientras Colombia ocupa, según Wikipedia, el puesto 42. La vida cultural surafricana es muy fértil, producto de la colonización portuguesa, holandesa e inglesa, en conjunción con las expresiones autóctonas que aún se conservan. Quizá el primer atisbo surafricano que tuvimos en estas latitudes vino por cuenta de la miniserie Shaka Zulu, sobre el ascenso y caída de quien convirtió a la tribu de los zulúes en la nación guerrera más poderosa de África. Entre los surafricanos ilustres, que no son pocos, se encuentra Christian Barnard, el primer médico que realizó un transplante de corazón, quien al morir en 2001 dejó además dos novelas y un interesante libro de memorias. En esa misma tradición, Suráfrica vio nacer a J.R.R. Tolkien, célebre autor de El señor de los anillos, a Nadine Gordimer y a John Maxwell Coetzee, ganadores del Premio Nobel de Literatura en 1991 y 2003, respectivamente.

También tienen un Nobel de la Paz, el arzobispo Desmond Tutu, presidente de la Comisión de Verdad y Reconciliación que volvió a unir el país después de 33 años de un régimen racista y atroz. Una comisión que atendió todas las denuncias de violaciones a los derechos humanos y logró la paz que todos esperaban. Se trata de un verdadero ejemplo para la problemática, inicua y débil experiencia de verdad y reparación colombiana, siempre burlada por los genocidas paramilitares y sobre la cual ya anidaron las Águilas Negras. Y tienen a un verdadero revolucionario: Nelson Mandela, quien en nada se parece a los despiadados, brutos, criminales y también genocidas comandantes guerrilleros nuestros.

Por eso, en nombre de toda la gente decente que habita esta nación, todos los colombianos de bien, la gente íntegra que espera de sus mandatarios no una "inteligencia superior", sino al menos un poco de decoro, quisiera pedirle perdón al pueblo surafricano por el nombramiento del señor Carlos Moreno de Caro como embajador en su país. Quisiera que supieran, amigos surafricanos, que nunca estuvimos de acuerdo con esa decisión presidencial y que aunque hemos hecho suficientes méritos ("meritocracia", le dicen por acá) para ser considerados una república bananera, nunca se nos habría pasado por la mente, además, que su comitiva fuera integrada por René Higuita, Faustino Asprilla, el 'Pibe' Valderrama y Vanessa Mendoza. Menos mal que no pudieron o no quisieron ir. Aprovecho también para enviarles mis condolencias a todos los estudiantes de Relaciones Internacionales y a los diplomáticos de carrera que se han matado estudiando y preparándose, por el triste espectáculo y el irrespeto a su profesión que supuso el nombramiento de Moreno de Caro.

Amigos surafricanos, los colombianos de bien, no importa si están a favor o en contra de este gobierno, tampoco aprobamos el nombramiento del señor locutor Édgar Perea en su reemplazo. Tampoco entendemos que el presidente Uribe hubiera pedido que no votáramos por Samuel Moreno Rojas para la Alcaldía de Bogotá porque, según él, compraba votos, y luego le ofreciera la embajada surafricana a Perea, quien hace poco dio una lección de política sucia y rastrera cuando, en su campaña por la Alcaldía de Barranquilla, se alió con el cacique José Name Terán para que este le mandara buses a sus votantes. Solo en este país del Sagrado Corazón un par de excrecencias del folclorismo administrativo, chabacanos y mal preparados como son Moreno de Caro y Édgar Perea obtienen de recompensa por sus servicios al mandamás una embajada en un país digno de respeto como el suyo.

De ustedes,

Antonio García

*Publicado en 2008

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.