Tener o no tener, esa es la cuestión. Desde la pubertad, las mujeres comenzamos a obsesionarnos con el tamaño de las tetas. Andamos en la eterna búsqueda de la talla perfecta que está en algún lugar entre los mamoncillos y los melones. Antes de la aparición de Eva Herzigova y su famoso wonderbra que levanta a los caídos, une a los separados y engrandece a los pequeños, la falta de materia prima para rellenar el brasier tocaba solucionarla con remedios caseros. ¿Cuántas jovencitas no dejaron volar su imaginación y fabricaron teticas postizas con toallas higiénicas, medias viejas, hombreras, esponjas amarillas de cocina, algodón y papel toilette.

Sin embargo, la magia tiene su precio y la voluptuosidad engañosa desaparece tan pronto el brasier push-up sale volando. Entonces les dimos la bienvenida a las cremas de dudosa composición y acogimos gustosas las pastillas de estrógenos probadas en ratones, las dietas de hinojo y los ejercicios pectorales. Aprovechándose de nuestros complejos y frustraciones, las diosas de las televentas no tardaron en seducirnos con los tratamientos en frío, la estimulación con electrodos y la succión de las bombas al vacío. Como era de esperarse, las únicas que crecieron fueron las billeteras de los vendedores. Frágiles y despechadas, algunas mujeres llegaron hasta el quirófano esperanzadas en la promesa del cirujano, que les aseguraba haber encontrado esa media naranja de silicona que les hacía falta para sentirse completas.

A las mujeres nos cuesta estar satisfechas con el tamaño de nuestras tetas. Resulta irónico, pero mientras los hombres fantasean con naufragar en medio de un par de senos jugosos y opulentos, nosotras nos acomplejamos si comenzamos a atraer más miradas de las deseadas. Y es que esconder las tetas es más difícil que mostrarlas. ¿Cómo atajar esas mamas poderosas que amenazan con desbordarse arrastrando a su paso cremalleras y botones? Aunque a los señores les suene a sacrilegio, existen brasieres reductores capaces de disimular lo que Dios nos dio en varias tallas y de camuflar unos potentes 40B en unos coquetos 38C. Sea como sea, grandes o pequeñas, el encanto de las tetas está en la mano del que las aprieta.

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